Mundo ficciónIniciar sesiónEl teléfono de Nuria vibró en su mano como una granada a punto de estallar.
Había cometido el error de encenderlo en cuanto salió de la Torre Onyx. Estaba sentada en un banco de un parque cercano, intentando recuperar el aliento y la dignidad, La gente pasaba a su lado, oficinistas con sus cafés y madres con carritos, mirándola de reojo y no era para menos, Nuria Alcázar, la heredera de una de las constructoras más grandes de la ciudad, parecía una vagabunda, su vestido crema de diseñador estaba arrugado y manchado, sus pies descalzos estaban sucios y su cabello era una maraña indomable.
Pero lo peor estaba en la pantalla de su móvil.
78 llamadas perdidas: Gael (40), Mamá (12), Papá (5), Irene (1).
El mensaje de Irene brillaba en la parte superior y la curiosidad morbosa la obligó a abrirlo.
Irene: "Espero que hayas disfrutado tu caminata de la vergüenza, gorda. Gael está furioso, pero no te preocupes, yo lo estoy consolando haznos un favor y no vuelvas."
Nuria sintió una arcada violenta, bloqueó el número de Irene con dedos temblorosos, luego, abrió los mensajes de Gael.
Gael: "¿Dónde estás? Tienes mis tarjetas." Gael: "Tu padre ya lo sabe y dice que eres una vergüenza." Gael: "He cancelado todo, no tienes un centavo, vuelve a casa de rodillas y tal vez, solo tal vez, no te interne en una clínica psiquiátrica."
Maldito hijo de perra —susurró Nuria, las lágrimas de rabia pinchándole los ojos.
Se puso de pie, no iba a volver antes prefería dormir bajo un puente que volver a esa casa donde la trataban como ganado, tenía que ser fuerte, tenía sus propias cuentas bancarias, dinero que sus abuelos le habían dejado antes de casarse.
Caminó hasta un cajero automático en la esquina e introdujo su tarjeta de débito personal, la que supuestamente solo estaba a su nombre.
Tecleó su PIN. Procesando…
La pantalla parpadeó en rojo. TARJETA RETENIDA POR ORDEN DEL TITULAR DE LA CUENTA MANCOMUNADA.
Nuria golpeó la máquina con la palma de la mano.
¡Es mi dinero! —gritó, sin importarle que un guardia de seguridad la mirara—. ¡Es mi maldito dinero!
Gael había sido metódico durante los tres años de matrimonio, con la excusa de "simplificar las finanzas", la había convencido de firmar documentos que le daban poder sobre todo, ella ciega de amor y confiada en su papel de esposa perfecta, había firmado su propia sentencia.
No tenía efectivo, no tenía tarjetas, solo tenía el collar de diamantes que llevaba puesto, el regalo hipócrita de cumpleaños de ayer y tenía una última esperanza: su familia.
La mansión de los Alcázar era una fortaleza de piedra blanca en la zona alta de Puerto Andraka, Nuria llegó tras caminar casi cinco kilómetros bajo el sol abrasador, le dolían los pies, le ardía la piel y sentía que el vestido le apretaba en todas partes, recordándole cada gramo de su cuerpo, cada curva que ahora le parecía un defecto monstruoso.
Llamó al interfono.
Rosa, soy yo. Nuria, ábreme, por favor.
Hubo un silencio largo, luego el clic eléctrico de la reja.
Nuria cruzó el jardín delantero, conteniendo las ganas de llorar de alivio, al menos sus padres la ayudarían, su padre era un hombre duro, sí, pero era su sangre. La puerta principal se abrió antes de que ella llegara, pero no fue su madre quien salió a recibirla.
Fue Rafael Alcázar, su padre.
Estaba de pie en el umbral, vestido con su traje de negocios gris, bloqueando la entrada como un guardián implacable, su rostro, una máscara de decepción fría, la escaneó de arriba abajo con evidente disgusto.
Papá… —Nuria dio un paso adelante—. Tienes que ayudarme, Gael me ha…
No entres —dijo Rafael, su voz no era un grito, era un látigo seco.
Nuria se detuvo en seco.
¿Qué?
Mírate —escupió su padre con desdén—. Pareces una prostituta barata. ¿Es cierto lo que me dijo Gael? ¿Qué te fuiste de tu propia fiesta para revolcarte con un desconocido en un bar?
¡Gael me engañó! —gritó Nuria, la desesperación agrietando su voz—. ¡Lo encontré con Irene en su despacho! ¡Se estaban burlando de mí, papá! ¡Dijo que yo le daba asco por estar gorda!
Rafael no se inmutó.
Los hombres tienen necesidades, Nuria, si tú no fueras tan… descuidada con tu físico, si fueras más mujer y menos quejica, tal vez tu marido no buscaría fuera.
El mundo de Nuria se detuvo, sintió como si le hubieran dado una bofetada física.
¿Me estás culpando a mí? —susurró, incrédula.
Te estoy culpando de poner en riesgo la fusión de mi empresa con Armand Holdings, Gael es el futuro de este imperio, tú solo eres mi hija y tu deber es estar a su lado, callada y digna, vuelve con él, pídele perdón y deja de comer tanto, quizás así te respete.
No voy a volver, me ha robado, papá.
Bien hecho —sentenció Rafael—. Quizás cuando pases hambre aprendas a valorar al hombre que te mantiene, no vas a entrar en esta casa, Nuria.
La puerta se cerró en su cara con un portazo definitivo. Nuria se quedó mirando la madera barnizada, estaba sola, completamente sola.
Se dio la vuelta y caminó hacia la calle, arrastrando los pies, el sol de mediodía era implacable, se detuvo frente a una casa de empeño con rejas en las ventanas. «Dinero Rápido».
Entró y el dependiente la miró con sospecha.
Quiero vender esto —dijo Nuria, quitándose el collar de diamantes.
El hombre lo tomó, lo examinó y luego tecleó algo en su ordenador y su expresión cambió.
Espere un momento, tengo que verificarlo en la trastienda.
Pasaron cinco minutos eternos, de repente, escuchó el sonido de sirenas acercándose, el dependiente volvió a salir con una sonrisa cruel.
Ya vienen, señora, hay una alerta policial, esta joya fue reportada como robada esta mañana por el señor Gael Armand.
¡Es mía! —gritó Nuria, golpeando el cristal—. ¡Es un regalo!
Dígaselo a la policía.
Nuria retrocedió, el pánico cerrándole la garganta, Gael se le había adelantado, la quería en la cárcel.
Salió corriendo de la tienda, dejando el collar atrás, corrió por la acera, girando en una callejuela, el corazón latiéndole en los oídos, se detuvo en un callejón sin salida, apoyándose contra una pared de ladrillo sucio, jadeando.
Estaba atrapada, no tenía dinero, ni familia, ni joyas, y la policía la buscaba, se deslizó por la pared hasta quedar sentada en el suelo.
Se acabó —sollozó—. Ganaste, Gael.
El sonido de un motor potente rompió el silencio, unas llantas chirriaron sobre el asfalto. Nuria levantó la cabeza, asustada, esperando ver una patrulla, pero no eran luces azules, era un sedán negro, pulido y enorme, un Maybach que gritaba poder, el coche bloqueó la salida del callejón y la puerta trasera se abrió.
Unos zapatos de cuero italiano negro pisaron el asfalto sucio, luego, unas piernas largas enfundadas en un traje oscuro impecable.
Nuria contuvo la respiración.
El hombre se agachó frente a ella, sin importarle que el suelo estuviera lleno de basura, la sombra que proyectaba la cubrió por completo.
Te dije que eras mía, Nuria —dijo una voz profunda, grave y peligrosamente familiar—. Y yo cuido mucho mejor mis posesiones que tu estúpido marido.
Nuria levantó la vista y se encontró con los ojos grises de tormenta de León, no había burla en ellos, había una furia contenida y una promesa de violencia para cualquiera que la hubiera puesto en esa situación.
León extendió una mano grande hacia ella.
—Levántate, se acabó el huir ahora empieza la guerra.







