Mundo ficciónIniciar sesiónLa luz del amanecer en Puerto Andraka no tuvo piedad, entró por los ventanales del ático como un reflector de interrogatorio, iluminando el desorden de sábanas de seda gris, la ropa tirada en el suelo y la realidad de lo que acababa de suceder.
Nuria abrió los ojos, desorientada, el aroma a sándalo y almizcle impregnaba la almohada, por un segundo, una sonrisa estúpida curvó sus labios; su cuerpo se sentía pesado, dolorido en el buen sentido, vivo, recordó las manos grandes de Alejandro recorriendo sus curvas, su voz ronca adorándola, llamándola "banquete".
Pero entonces, su mirada cayó sobre el espejo de cuerpo entero frente a la cama y la sonrisa murió al instante.
A la luz cruda de la mañana, los fantasmas regresaron, vio la curva suave de su vientre desnudo sobre la sábana, vio la plenitud de sus brazos, vio a la mujer que Gael había llamado "vaca" hacía menos de doce horas.
«¿Qué he hecho?»
El pánico le cerró la garganta, se había acostado con un desconocido, un hombre peligroso y poderoso que, seguramente, ahora que la viera a la luz del día, se daría cuenta de su error, la magia de la noche y el alcohol se habían disipado. Giró la cabeza con cuidado, Alejandro dormía boca abajo a su lado, su espalda ancha y musculosa subía y bajaba rítmicamente, parecía un dios pagano descansando tras la batalla, era demasiado hombre para ella, demasiado perfecto, si se despertaba y la miraba con decepción… Nuria no lo soportaría, prefería huir con el recuerdo de su deseo intacto que enfrentar el rechazo matutino, además, el miedo legal la golpeó: Gael, si su marido se enteraba de esto, la destruiría, la dejaría en la calle acusándola de adulterio y usaría su infidelidad para quitarle hasta el apellido, tenía que desaparecer antes de que este hombre supiera quién era ella.
Se deslizó fuera de la cama conteniendo la respiración, sus pies descalzos tocaron la alfombra fría, recogió su vestido crema del suelo; estaba arrugado y tenía una mancha de licor seco, pero era lo único que tenía, se vistió con manos temblorosas y buscó su ropa interior, pero no encontró las bragas de encaje negro entre el caos de las sábanas y no se atrevió a rebuscar por miedo a despertarlo, se puso el vestido directamente sobre la piel desnuda, sintiéndose expuesta y vulgar.
Miró a Alejandro una última vez, una parte de ella quería quedarse, acurrucarse contra esa espalda fuerte y pedirle protección, pero la parte racional, la que llevaba tres años siendo machacada psicológicamente, ganó.
Adiós —susurró al aire.
Salió de la habitación descalza, con los zapatos en la mano, cruzó el inmenso salón y llamó al ascensor, cuando las puertas de acero se cerraron, ocultando el paraíso prohibido, Nuria se apoyó contra el espejo y rompió a llorar en silencio.
León se despertó veinte minutos después, su mano se estiró instintivamente hacia la derecha, buscando calor, sus dedos encontraron sábanas frías. Abrió los ojos de golpe, sus instintos de alerta activándose al instante, se incorporó, la habitación estaba vacía.
¿Nuria? —su voz salió ronca, profunda por el sueño.
Nadie respondió.
Se levantó desnudo y caminó hacia el baño, nada. Revisó el salón, nada.
Se había ido.
M****a —gruñó, pasándose una mano por el cabello revuelto.
Sintió una punzada de frustración en el pecho que lo sorprendió por su intensidad, hacía años que una mujer no se escapaba de su cama antes del desayuno, normalmente, eran ellas las que intentaban quedarse. Pero Nuria… Nuria solo había buscado refugio y ahora huía como si él fuera el monstruo.
Volvió al dormitorio, al pie de la cama, algo negro llamó su atención en el suelo. Se agachó y lo recogió.
Su braguita de encaje.
León sostuvo la prenda delicada en su mano grande, la tela era suave, rota en un lateral por su propia impaciencia de la noche anterior, se la llevó a la nariz, olía a ella, cerró el puño alrededor de la prenda, sintiendo cómo la posesividad oscura se despertaba en su sangre.
No te vas a escapar tan fácil, preciosa —murmuró.
Caminó hacia la mesita de noche, tomó su teléfono y marcó un número rápido.
Dígame, señor —respondió Adrián al primer tono.
Se ha ido —dijo León, sin preámbulos, mientras se dirigía a la ducha—. Quiero que la encuentres ahora.
¿A la chica del bar?
Sí. Revisa las cámaras de seguridad del edificio, quiero saber a qué hora salió y hacia dónde fue y quiero el informe completo de quién es: Nombre, dirección, antecedentes, todo.
Señor, tengo una reunión con los abogados en una hora…
Cancélala —cortó León—. Prioridad absoluta, Adrián. Quiero saber quién es Nuria antes de que llegue a la oficina.
Una hora más tarde, en la planta 40 de la Torre Armand Holdings.
León estaba de pie frente al ventanal que dominaba Puerto Andraka, llevaba un traje negro hecho a medida, impecable, proyectando la imagen del CEO intocable que todos temían.
La puerta se abrió y Adrián entró, no traía su habitual expresión estoica, parecía tenso e incómodo.
¿La tienes? —preguntó León, girándose.
Sí, señor. El reconocimiento facial del lobby dio positivo.
¿Quién es? ¿Está casada? Mencionó a un marido imbécil.
Adrián carraspeó y se aflojó el nudo de la corbata.
Señor… creo que es mejor que vea esto usted mismo.
Dejó la tablet sobre el escritorio de caoba y la deslizó hacia León, él se acercó y miró la pantalla, había una foto oficial de un evento social y en ella, una mujer posaba rígidamente junto a un hombre, llevaba el pelo recogido en un moño severo y un vestido que ocultaba su figura, haciéndola ver mayor y apagada, su sonrisa era triste.
León tardó un segundo en reconocer los ojos color miel, era ella, pero una versión gris, reprimida y triste de la diosa apasionada que había tenido en su cama.
Luego, sus ojos se movieron al hombre que estaba a su lado en la foto, el hombre que le pasaba el brazo por los hombros con arrogancia posesiva.
Gael.
El aire se congeló en la oficina.
León leyó el texto al pie de la foto: NURIA ALCÁZAR DE ARMAND, esposa de Gael Armand.
León sintió como si el suelo desapareciera bajo sus pies.
¿Gael? —su voz bajó a un susurro letal—. ¿Es la mujer de Gael?
Sí, señor —confirmó Adrián, dando un paso atrás por precaución—. Se casaron hace tres años, usted estaba en Singapur, envió un regalo, pero nunca la conoció en persona, los informes decían que era una… cazafortunas superficial.
León soltó una risa seca, oscura, carente de humor.
«Cazafortunas».
Recordó su propio prejuicio, cómo había despreciado a "la esposa de su sobrino" sin conocerla y recordó la noche anterior: la vulnerabilidad, las cicatrices emocionales, la forma en que ella creía que su cuerpo era un defecto cuando en realidad era un paraíso.
Gael la tenía, Gael tenía ese tesoro en casa y lo trataba como basura, la llamaba "vaca".
La furia de León no fue glacial.
Señor —advirtió Adrián—, es la esposa de su sobrino, es familia política y si esto se sabe… es un escándalo.
León levantó la vista de la Tablet, sus ojos grises brillaban con una determinación aterradora.
Gael la rompió —dijo León, apretando el puño—. La humilló, la hizo sentir que no valía nada, perdió su derecho sobre ella en el momento en que la hizo llorar, me importa una m****a el escándalo, Adrián.
Caminó hacia la puerta, tomando su chaqueta.
¿A dónde va, señor?
A buscarla.
¿Para qué?
León se detuvo en el umbral, y su sombra pareció alargarse, cubriendo toda la oficina.
Para recordarle a mi sobrino que en esta familia, el que no sabe cuidar lo que tiene, lo pierde, voy a reclamar lo que es mío.







