Mientras la violencia estallaba en el piso de abajo, en el silencio de la planta 40, otra transformación estaba ocurriendo.
Por aquí, señorita Alcázar.
Adrián abrió una puerta panelada en la pared de la oficina que estaba tan bien disimulada que Nuria ni siquiera la había notado, La apertura reveló un cuarto de baño privado que era más grande que el dormitorio principal de cualquier apartamento de la ciudad. Mármol negro veteado en oro, toallas grises de algodón egipcio y una ducha con mampara de cristal que parecía una cascada moderna.
En las bolsas hay ropa, calzado y artículos de aseo —dijo Adrián, dejando los paquetes con logotipos de la Quinta Avenida sobre la encimera de granito—. El señor Armand fue muy específico con las tallas, Tómese su tiempo, Yo estaré fuera custodiando la puerta.
Nuria asintió, agradecida, y cerró la puerta con pestillo.
Al quedarse sola, el silencio la envolvió, caminó hacia el espejo iluminado y se enfrentó a su reflejo, la imagen era desoladora: el ríme