El trayecto hacia la residencia privada de León fue silencioso, pero no era un silencio vacío, era un silencio cargado de electricidad estática. Nuria miraba por la ventanilla del Maybach mientras la ciudad de Puerto Andraka daba paso a la carretera costera, las luces de los rascacielos quedaron atrás, sustituidas por los acantilados oscuros y el rugido del mar.
León vivía en La Fortaleza, una mansión modernista incrustada en la roca, alejada de las miradas curiosas de la sociedad.
Cuando el coche cruzó las enormes rejas de hierro negro, Nuria sintió un escalofrío, no era miedo, exactamente, era la certeza de que estaba entrando en un territorio donde las reglas normales no se aplicaban.
Bienvenida a casa —dijo León cuando el chófer abrió la puerta.
La casa era impresionante, hormigón, cristal y madera oscura, fría, imponente y masculina, igual que su dueño.
En el vestíbulo, una mujer mayor con uniforme gris los esperaba.
Buenas noches, señor Armand —dijo la mujer, inclinando la cabeza