El ascensor privado que conectaba el garaje subterráneo con la planta ejecutiva de la Torre Armand Holdings subía en un silencio sepulcral, pero la cabeza de Nuria era un hervidero de ruido. Aún sentía el calor de la mano de León envolviendo la suya, no la había soltado desde el coche, su agarre era firme, posesivo, una cadena invisible que le recordaba el pacto que acababa de firmar con su sangre y su dignidad: venganza a cambio de sumisión.
Las puertas de acero pulido se abrieron con un ding s