El ascensor privado que conectaba el garaje subterráneo con la planta ejecutiva de la Torre Armand Holdings subía en un silencio sepulcral, pero la cabeza de Nuria era un hervidero de ruido. Aún sentía el calor de la mano de León envolviendo la suya, no la había soltado desde el coche, su agarre era firme, posesivo, una cadena invisible que le recordaba el pacto que acababa de firmar con su sangre y su dignidad: venganza a cambio de sumisión.
Las puertas de acero pulido se abrieron con un ding suave.
Nuria instintivamente bajó la cabeza, intentando usar su cabello enmarañado como cortina para ocultar su rostro, se sentía grotesca, iba descalza, con los pies manchados de grasa del callejón, y su vestido de diseñador, parecía un trapo sucio. Estaba a punto de entrar en el corazón financiero de la ciudad, donde todos vestían trajes de mil dólares y la perfección era la norma.
León se detuvo antes de salir, soltó su mano solo para agarrarla de la barbilla y obligarla a levantar la vista.
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