Quince años pasaron como un suspiro, pero La Fortaleza se encargó de guardar cada recuerdo en sus paredes. La casa que alguna vez fue un búnker silencioso y frío, ahora era un campo de batalla lleno de vida, gritos y puertas azotándose.
—¡Dámelo, Mateo! ¡Es mío! —el grito agudo de Diego retumbó desde la planta alta.
Segundos después, dos torbellinos idénticos bajaron corriendo por las escaleras de madera, derrapando en el último escalón. Los gemelos tenían doce años y eran el dolor de cabeza of