Mundo ficciónIniciar sesiónVanesa Hayes no tiene nada, salvo un hijo que aún no ha nacido y el recuerdo de una sola noche. En un crucero de lujo, siendo trabajadora de cocina, tomó prestado un vestido, se coló en una gala de máscaras, y se entregó a un desconocido de ojos verdes. Él tenía un lunar hereditario en el costado; ella usaba un perfume único creado por su madre. Al amanecer huyó dejando un nombre falso. Creyó que nunca volverían a verse. Pero el destino, que es más impredecible que uno, ya estaba tejiendo la trampa. Cinco años después, Vanesa es madre soltera de Alessandro, que nació con ese mismo lunar. Necesita trabajo y entra como administrativa en una corporación llamada Grupo Knight. Su primer día, en el ascensor, un hombre de traje azul la mira fijamente: su perfume lo ha paralizado. Es Rowan Knight, el CEO de la empresa, el padre de su hijo. Lo que ninguno sabe es que Lysandra Camila Valois, la amiga envidiosa de Vanesa, ya le ha robado su identidad, su perfume y hasta la historia. Vive con Rowan haciéndose pasar por la mujer de la mascarada. Cuando la verdad empieza a salir a la luz, él le propone a Vanesa un contrato matrimonial: un año de prueba para proteger su imperio. Ella firma para proteger a su hijo. Ninguno imagina que ese papel será el campo de batalla de un amor que tendrá que demostrarse cada día. Pero el amor de verdad no necesita firmas. Tras superar usurpaciones, amenazas, el nacimiento de su hija Luna y la aparición de un hermano perdido, Rowan quemará el contrato delante de Vanesa. Juntos construirán una familia, un imperio y un legado que ni el tiempo podrá borrar.
Leer másEl agua caliente me quemaba los antebrazos, pero eso era lo de menos. Llevaba ocho horas fregando platos en la cocina del crucero Aurora y me quedaban otras cuatro por delante. El jefe de cocina, un hombre con bigote de cepillo y mal aliento, me gritó algo sobre la vajilla del capitán. Asentí sin escuchar. Mi cabeza estaba en otra parte.
En la cubierta superior, a solo dos pisos de distancia, sonaba la música de la gala de máscaras. La más exclusiva del viaje. Pasajeros de alta sociedad, champán francés y vestidos que costaban más de lo que yo ganaría en toda mi vida.
No debería importarme. Vine a este crucero a trabajar, no a soñar.
Pero esa noche, algo dentro de mí se negaba a aceptarlo.
—Vanesa —susurró Clara Méndez, la única compañera que me dirigía la palabra sin asco—. He visto el vestido.
Levanté la vista. Clara tenía los ojos brillantes, como si estuviera a punto de contarme un secreto prohibido.
—¿Qué vestido? —pregunté, aunque ya lo sabía.
—El de la señora Fernández de la Torre. Lo mandaron a lavandería esta mañana porque se manchó de vino. Está colgado en el armario de la plancha. Nadie lo vigila.
Mi corazón dio un vuelco. La señora Fernández era una viuda adinerada que viajaba en la suite presidencial. Había visto su vestido de gala colgado en la percha del pasillo de lavandería: un diseño de seda color marfil, con encaje en el escote y una caída que rozaba el suelo. Era el vestido más hermoso que había visto jamás.
—¿Y qué quieres que haga? —pregunté, aunque ya lo sabía.
—Que te lo pongas —dijo Clara como si fuera lo más normal del mundo—. Que subas a la gala. Que por una noche dejes de ser la chica que friega platos y te conviertas en alguien más.
Me reí. Era una locura.
Pero esa noche, mientras el barco se mecía sobre el mar y la música de la gala atravesaba los conductos de ventilación como un susurro de otro mundo, me encontré subiendo las escaleras de servicio con las manos vacías. Y luego, de vuelta en la lavandería. Y luego, con el vestido de seda entre los dedos.
Lo que no sabía es que la señora Fernández, desde su camarote, había visto por el pequeño monitor de seguridad del pasillo a una chica delgada llevándose su vestido. En lugar de llamar a seguridad, sonrió. «Que se divierta», murmuró, y apagó la luz.
El vestido era suave. Olía a jazmín y a dinero.
Me lo puse frente al espejo roto del baño de personal. Me lo puse y por un instante, solo un instante, no fui Vanesa Hayes la pobre. Fui alguien que merecía estar arriba. Me sentí como las princesas de los cuentos de hadas.
Me puse la máscara que Clara me había regalado de plumas negras y cintas de raso, y subí las escaleras con el corazón en la garganta.
Al cruzar la puerta, el mundo se detuvo.
Luces de cristal, hombres de esmoquin, mujeres que parecían sacadas de una revista. Y en medio de todo eso, un hombre con una máscara negra que me miró como si me conociera de otra vida.
No supe su nombre. No supe nada.
Solo supe que cuando sus ojos verdes, brillantes como esmeraldas bajo la máscara, me encontraron entre la multitud, yo dejé de ser la chica que robó un vestido.
Me convertí en la mujer que estaba a punto de perderlo todo por una noche.
Sonrió. Me tendió la mano.
Yo la tomé sin pensar.
Y al fondo, en el armario de lavandería, el colgador vacío esperaba el amanecer.
No sabía que ese vestido me devolvería la vida. Tampoco sabía que me costaría cinco años de silencio.
La dirección estaba escrita en un pequeño papel doblado dentro de mi bolso. Lo había leído tantas veces durante el trayecto en autobús que ya me lo sabía de memoria.“Entrevistas laborales – Torre Beaumont.”No decía nada más. Ni empresa. Ni nombre corporativo. Ni absolutamente nada que pudiera prepararme para lo que estaba a punto de pasar.Apreté con fuerza la carpeta contra mi pecho mientras observaba el enorme edificio de cristal elevarse sobre mí. Era demasiado elegante. Demasiado limpio. Demasiado caro.No parecía un lugar donde contrataran mujeres como yo.—Mamá, es gigante —susurró Alessandro sujetando mi mano.Sonreí apenas y bajé la mirada hacia él.Mi hijo llevaba la pequeña camisa azul que había planchado la noche anterior con muchísimo cuidado. Su cabello oscuro estaba peinado hacia un lado, aunque ya empezaba a despeinarse.Y esos ojos verdes… Dios.Cada día se parecían más a los de Rowan.Sentí el viejo dolor atravesarme el pecho.Cinco años.Cinco años criando sola al
Bajé las escaleras de servicio con el corazón golpeándome las costillas. Cada paso me alejaba de Rowan. Cada escalón destruía un poco más la fantasía.Todavía llevaba la máscara puesta. Me la arranqué apenas crucé la puerta de lavandería y me miré en el espejo empañado del cuarto de plancha.Volvía a ser yo. Vanesa Hayes. La chica pobre. La empleada invisible. La mujer que había cometido la locura más grande de su vida.El vestido marfil seguía pegado a mi piel como un recuerdo caliente. Me lo quité con cuidado, alisando la seda con las manos temblorosas.No quería dañarlo. No después de todo lo que me había dado. Lo colgué nuevamente en la percha donde Clara lo había encontrado horas antes.Después busqué un pequeño papel entre los formularios viejos de lavandería y escribí:“Gracias por el préstamo. Lo devuelvo mejor de lo que lo encontré.”Dejé la nota por dentro del vestido.Y por primera vez desde que empezó aquella noche, sentí ganas de llorar. Pero no lloré. Porque la cocina de
Su cama era enorme. Sábanas suaves, blancas, limpias. Olían a él. A cedro, vino caro y algo peligrosamente masculino. Estaba desnuda bajo aquellas telas, con la máscara todavía cubriendo parte de mi rostro, y aun así no sentía vergüenza. Sentía miedo. Un miedo extraño. Como si aquella felicidad tuviera fecha de caducidad.A mi lado, Rowan dormía boca arriba. La luz azulada de la luna le marcaba las facciones. Sin la dureza del salón de gala, parecía más joven. Más humano. Su mano seguía apoyada en mi cintura, como si incluso dormido temiera que desapareciera.Lo observé durante un largo rato. Quise memorizarlo todo. La pequeña cicatriz sobre la ceja izquierda. La sombra oscura de su barba. La forma en que respiraba. Porque en el fondo sabía que aquello terminaría al amanecer.Sus párpados se movieron apenas. Después abrió los ojos.Verdes. Intensos. Directos hacia mí.—Camila… —murmuró con voz ronca—. ¿Sigo soñando?Mi corazón tropezó dentro del pecho.—No —susurré—. Sigo aquí.Sonrió
Su mano era cálida. Grande. Las yemas de sus dedos rozaron mi palma como si supieran exactamente dónde apoyarse.—¿Bailamos? —preguntó.Su voz era grave, con un dejo de autoridad que no necesitaba gritar para imponerse. Llevaba una máscara negra que le cubría medio rostro, pero dejaba al descubierto unos ojos verdes intensos, brillantes como esmeraldas a la luz de las lámparas de cristal.Asentí sin hablar. No fiarme de mi voz. Tenía miedo de que si abría la boca, todo el glamour de la noche se desmoronara y él descubriera que yo no era más que una impostora con un vestido prestado y las manos llenas de callos de fregar ollas.Me guio hasta la pista. La orquesta tocaba un vals lento, de esos que se bailan pegados. Demasiado pegados. Su pecho rozaba el mío y yo podía sentir su respiración en mi cuello.Olía a cedro y a algo más oscuro. A hombre. A noche.—¿Cómo te llamas? —me susurró al oído.Mentí. Había ensayado este momento en el baño de personal, delante del espejo roto.—Camila —d
Último capítulo