La llama tocó el papel, y por un instante que se sintió eterno, no pasó nada.
Después, una pequeña lengua de fuego naranja empezó a treparse por la esquina inferior del contrato, despacio primero, como si el propio papel dudara en dejarse ir después de haber cargado tanto tiempo con el peso de nuestra historia. Vi cómo la tinta de mi firma temblorosa de hacía más de diez años se ennegrecía, cómo las cláusulas frías que una vez me habían aterrado se transformaban en ceniza, cómo el humo se eleva