El zumbido constante del aire acondicionado de la torre parecía sincronizarse con el tic-tac de mi reloj de pulsera. Habían pasado varias horas desde el tenso encuentro en el pasillo entre Rowan, Frank y yo. Me había refugiado por completo en las hojas de cálculo de la computadora, intentando ignorar las miradas curiosas de las demás secretarias y el peso invisible de los secretos que amenazaban con aplastarme.
Alessandro estaba a salvo en la guardería de la planta baja, y esa era mi única ancl