Mundo ficciónIniciar sesiónLa dirección estaba escrita en un pequeño papel doblado dentro de mi bolso. Lo había leído tantas veces durante el trayecto en autobús que ya me lo sabía de memoria.
“Entrevistas laborales – Torre Beaumont.”
No decía nada más. Ni empresa. Ni nombre corporativo. Ni absolutamente nada que pudiera prepararme para lo que estaba a punto de pasar.
Apreté con fuerza la carpeta contra mi pecho mientras observaba el enorme edificio de cristal elevarse sobre mí. Era demasiado elegante. Demasiado limpio. Demasiado caro.
No parecía un lugar donde contrataran mujeres como yo.
—Mamá, es gigante —susurró Alessandro sujetando mi mano.
Sonreí apenas y bajé la mirada hacia él.
Mi hijo llevaba la pequeña camisa azul que había planchado la noche anterior con muchísimo cuidado. Su cabello oscuro estaba peinado hacia un lado, aunque ya empezaba a despeinarse.
Y esos ojos verdes… Dios.
Cada día se parecían más a los de Rowan.
Sentí el viejo dolor atravesarme el pecho.
Cinco años.
Cinco años criando sola al hijo de un hombre que probablemente ya había olvidado aquella noche en el crucero.
Pero Alessandro jamás sería un error. Nunca.
Me arrodillé frente a él y acomodé mejor el cuello de su camisa.
—Recuerda portarte bien en la guardería, ¿sí?
Él infló el pecho con seriedad.
—Soy un hombre importante. Solté una pequeña risa.
Rowan decía exactamente eso cuando intentaba parecer arrogante aquella noche.
El recuerdo me golpeó tan fuerte que tuve que respirar despacio.
No. No podía pensar en él. Necesitaba este trabajo.
Después de semanas enviando currículums y recibiendo rechazos, aquella entrevista era mi última oportunidad antes de que el alquiler volviera a atrasarse.
Entramos al edificio.
El lobby parecía un hotel de lujo. Mármol blanco. Ventanales enormes. Personas elegantemente vestidas caminando con prisa.
Me sentí fuera de lugar inmediatamente.
Intenté no mostrarlo.
La recepcionista indicó dónde estaba la guardería temporal para hijos de empleados y candidatos. Dejé a Alessandro allí después de prometerle nuevamente el helado de chocolate si todo salía bien.
—Te amo, mamá —dijo antes de entrar.
Sentí el corazón apretarse.
—Yo más.
Esperé hasta que desapareció detrás de la puerta y entonces caminé hacia los ascensores. Mis manos sudaban. No por la entrevista. Por miedo.
Miedo de seguir fallando.
Miedo de no poder darle una vida mejor a mi hijo.
Miedo de seguir sobreviviendo en lugar de vivir.
Las puertas del ascensor se abrieron y entré junto a otras personas.
Planta treinta y dos. Administración corporativa.
Mientras subíamos intenté ordenar mi respiración.
Podía hacerlo. Era buena trabajando.
Había sobrevivido demasiado como para dejarme vencer por una entrevista.
Las puertas se abrieron finalmente. Y apenas puse un pie fuera del ascensor, escuché a una secretaria decir:
—El señor Knight llegará en unos minutos.
Mi cuerpo entero se congeló.
Knight.
El aire desapareció lentamente de mis pulmones.
Giré la cabeza.
Y entonces lo vi.
“KNIGHT CORPORATION.”
Las letras plateadas estaban grabadas detrás del mostrador principal.
Sentí que el piso desaparecía bajo mis pies.
No. No podía ser. Claro que podía.
Yo sabía perfectamente quién era Rowan Knight. Lo había buscado años atrás cuando descubrí mi embarazo. Había leído artículos, visto fotografías, aprendido el apellido del hombre que nunca supo que tenía un hijo.
Pero jamás imaginé que terminaría buscando trabajo precisamente en SU empresa.
Mi corazón empezó a golpear tan fuerte que me mareé.
Debía irme. Ahora mismo. Antes de que él apareciera. Antes de que todo explotara.
Pero entonces pensé en Alessandro.
En las cuentas atrasadas. En la nevera casi vacía. Y obligué a mis piernas a permanecer quietas. No importaba que Rowan fuera dueño del edificio.
Nunca me reconocería.
Aquella noche yo llevaba máscara.
Además… habían pasado cinco años.
Ya no era la misma mujer.
—¿Señorita Hayes?
Levanté la mirada rápidamente.
La mujer de recursos humanos me sonrió.
—Puede esperar aquí unos minutos.
Asentí automáticamente y me senté junto a otros candidatos. Intenté respirar. Intenté pensar.
Intenté convencerme de que podía sobrevivir a aquello.
Entonces el lobby cambió. No sabría explicarlo de otra manera.
Las conversaciones disminuyeron. Las secretarias se enderezaron.
El ambiente se tensó. Y segundos después Rowan apareció caminando desde el ascensor privado. Mi corazón dejó de latir. Seguía igual.
No. Peor. Más atractivo. Más hombre. Más peligroso.
El traje oscuro abrazaba perfectamente sus hombros anchos. Su mandíbula estaba más marcada. Su expresión… fría.
Muy fría.
Nada quedaba del hombre que me sonrió desnudo bajo la luz de la luna en el crucero.
Ahora parecía alguien incapaz de necesitar a otra persona.
Pero cuando pasó cerca de mí…
Se detuvo. Solo un segundo. Su respiración cambió. Muy leve.
Imperceptible para cualquiera. Excepto para mí. Conocía esa mirada.
Porque la había visto cinco años atrás.
Rowan giró lentamente la cabeza hacia mi dirección.
Y sentí el pánico subir por mi garganta.
Mi perfume. Dios mío. Mi perfume.
El aroma suave a jazmín, vainilla cálida y almendras amargas seguía sobre mi piel.
La creación de mi madre. Única. Irrepetible. Solo yo tenía la fórmula porque me la dejo antes de morir. Último regalo. Recordé perfectamente sus palabras mientras mezclaba esencias en la vieja perfumería:
“Este aroma será solo tuyo, Vanesa. Para que nunca olvides quién eres.”
Y Rowan lo estaba reconociendo.
Sus ojos verdes recorrieron el vestíbulo lentamente.
Buscando.
Mi respiración empezó a fallar.
Pero entonces uno de los ejecutivos se acercó para hablarle y Rowan siguió caminando.
Desapareció tras unas puertas de vidrio oscuro.
Yo seguía sin poder moverme.
Porque por un instante… sentí que había vuelto a encontrarme.
—
La entrevista fue un desastre.
O al menos eso creí.
Contesté preguntas automáticamente mientras mi corazón seguía atrapado afuera.
Experiencia laboral. Organización. Disponibilidad. Manejo de sistemas.
No recuerdo la mitad de lo que dije.
Solo recordaba la expresión de Rowan cuando percibió mi perfume. Como si un fantasma hubiera pasado cerca de él.
Cuando terminó, la entrevistadora sonrió amablemente.
—Necesitamos cubrir la vacante lo antes posible.
Parpadeé confundida.
—¿Eso significa…?
—Que si acepta el puesto, puede empezar mañana mismo.
Sentí ganas de llorar.
Trabajo.
Por fin trabajo estable. Salario digno. Seguro médico. Guardería corporativa
Dios mío.
—Sí —respondí rápidamente—. Acepto.
La mujer extendió la mano.
—Bienvenida a Knight Corporation, señorita Hayes.
Y por primera vez en mucho tiempo sentí un poco de esperanza.
Aunque no sabía que el destino acababa de ponerme nuevamente frente al hombre que nunca olvidé.
—
Esa noche casi no dormí. Cada vez que cerraba los ojos recordaba el momento exacto en que Rowan se detuvo al percibir mi perfume.
¿Y si realmente me recordaba?
¿Y si algún día descubría a Alessandro?
Mi hijo dormía abrazado a su oso de peluche mientras yo lo observaba desde la puerta. El lunar de estrella descansaba oculto bajo su pijama.
La marca de Rowan. La prueba viviente de aquella noche.
Me acerqué lentamente y besé su frente.
—Todo estará bien —susurré.
Aunque no estaba segura de creerlo.
—
Mi primer día empezó peor de lo esperado.
Llegaba tarde.
Alessandro había derramado leche sobre su ropa y tuve que cambiarlo completamente antes de salir del apartamento.
Corrí por el lobby sosteniendo café y documentos al mismo tiempo.
Las puertas del ascensor empezaban a cerrarse cuando una mano masculina las detuvo.
Mi corazón dejó de latir inmediatamente.
Rowan.
Entró solo al ascensor.
El espacio se volvió demasiado pequeño. Demasiado íntimo. Demasiado peligroso.
Las puertas se cerraron.
Silencio.
El perfume masculino de Rowan llenó lentamente el aire.
Cedro. Cuero. Oscuridad.
Cinco años desaparecieron de golpe. Mantuve la mirada fija al frente.
No podía mirarlo.
No podía respirar normalmente cerca de él.
El ascensor empezó a subir.
Y entonces él habló.
—¿Nueva empleada?
Su voz grave me atravesó el cuerpo entero.
—Sí, señor.
Sentí sus ojos sobre mí inmediatamente. Pesados. Intensos.
Demasiado atentos.
Entonces Rowan inhaló lentamente.
Una vez.
Dos.
Y el aire cambió.
Lo sentí.
Su cuerpo entero se tensó apenas.
—Ese aroma… —murmuró casi para sí mismo.
Mi corazón empezó a golpear tan fuerte que dolía.
No. Por favor no.
—¿Perdón?
Rowan giró lentamente hacia mí.
Sus ojos verdes se clavaron directamente en mi rostro.
—Su perfume.
El mundo pareció detenerse.
—¿Qué pasa con él?
Hubo un silencio extraño. Peligroso. Como si estuviera intentando atrapar un recuerdo imposible.
—Lo conozco.
Mi garganta se secó completamente.
No podía ser. Nadie conocía ese perfume. Solo mi madre y yo.
Porque ella misma había creado la fórmula artesanal años atrás en su pequeña perfumería.
No existía otro igual en el mundo.
Y Rowan jamás había podido olvidarlo.
Las puertas del ascensor se abrieron finalmente.
Salí demasiado rápido. Pero antes de alejarme, él volvió a hablar.
—Señorita.
Me detuve lentamente.
—¿Sí?
—¿Cuál es su nombre?
Sentí el miedo subir por mi espalda.
—Vanesa Hayes.
Sus ojos se estrecharon apenas.
Como si el nombre no encajara con el recuerdo.
Pero luego simplemente asintió.
—Bienvenida a Knight Corporation, señorita Hayes.
Y las puertas se cerraron.
Yo seguí inmóvil en el pasillo varios segundos. Temblando. Porque Rowan Knight todavía no me había reconocido. Pero su memoria… sí.
Horas después escuché a varias secretarias murmurar emocionadas.
—La señorita Lysandra Camila Duarte ya llegó.
El nombre me hizo levantar la cabeza inmediatamente.
Camila.
Mi corazón empezó a latir demasiado rápido. No podía ser casualidad.
Entonces el ascensor privado se abrió. Y el mundo volvió a romperse.
Lysandra apareció elegantemente vestida, sonriendo como si perteneciera naturalmente a ese lugar.
Y entonces lo sentí.
Mi perfume.
Mi perfume sobre su piel.
El mismo aroma. La misma esencia.
Las últimas gotas del frasco que desapareció cinco años atrás junto al neceser intercambiado.
Lysandra levantó la vista. Nuestros ojos se encontraron.
Y el horror atravesó inmediatamente su rostro. Porque me reconoció.
Porque sabía exactamente quién era yo. Y segundos después Rowan apareció detrás de ella. Su mano rodeó naturalmente la cintura de Lysandra. Como un hombre acostumbrado a tocarla.
Mi corazón se hizo pedazos. Entonces Rowan habló sin notar la tensión mortal entre nosotras.
—Lysandra, ¿ocurre algo?
Ella seguía mirándome pálida. Aterrada.
Y yo finalmente entendí toda la verdad.
Mi mejor amiga había robado mi lugar.







