El motor del auto de Frank se apagó, pero el zumbido en mis oídos continuó. Mi mirada permanecía fija en la silueta que fumaba bajo el farol parpadeante, Agustín López arrojó la colilla al suelo y la aplastó con la punta de su bota gastada, sus ojos oscuros y cargados de malicia recorrieron el vehículo de lujo con una codicia evidente.
Un frío paralizante me recorrió el cuerpo, recordé perfectamente las palabras de Lysandra hace cinco años, antes de que su ambición la corrompiera por completo.