Mundo de ficçãoIniciar sessãoEl motor del auto de Frank se apagó, pero el zumbido en mis oídos continuó. Mi mirada permanecía fija en la silueta que fumaba bajo el farol parpadeante, Agustín López arrojó la colilla al suelo y la aplastó con la punta de su bota gastada, sus ojos oscuros y cargados de malicia recorrieron el vehículo de lujo con una codicia evidente.
Un frío paralizante me recorrió el cuerpo, recordé perfectamente las palabras de Lysandra hace cinco años, antes de que su ambición la corrompiera por completo. Ella solía llorar por culpa de Agustín, describiéndolo como un hombre sin escrúpulos que solo buscaba dinero fácil. Sabía que ella esperaba un hijo suyo, pero a él no le importó en absoluto y la abandonó. Verlo ahora, precisamente afuera de mi edificio, me provocaba un terror profundo.
—¿Vanesa? ¿Pasa algo? —la voz de Frank me devolvió a la realidad, el Director de Finanzas observaba la calle con el ceño fruncido, notando mi repentina rigidez—. ¿Conoces a ese hombre?
—No... no estoy segura —mentí, tragando saliva con dificultad mientras apretaba la mano de Alessandro—. Debe ser algún vecino nuevo o alguien que busca una dirección, no tienes de qué preocuparte, Frank.
Frank no pareció completamente convencido, pero su caballerosidad le impidió presionar. Se bajó del auto con agilidad y ayudó a bajarnos, su sola presencia alta hizo que Agustín diera un paso hacia atrás, ocultándose parcialmente en las sombras del callejón lateral, aunque sin dejar de mirarnos de forma calculadora.
—Los acompañaré hasta la puerta principal —insistió Frank, tomando la mochila de Alessandro—. No me gusta la vibra de este vecindario a estas horas.
—Muchas gracias, de verdad —respondí con una inclinación de cabeza, cargando a mi hijo en brazos, el pequeño ya se había quedado dormido, apoyando su cabecita pesada en mi hombro.
Caminamos a paso rápido por la acera agrietada, sentía la mirada de Agustín clavada en mi espalda como una aguja caliente. Al llegar al vestíbulo del edificio, Frank me entregó la mochila y me dedicó una sonrisa cálida que logró disipar un poco el miedo que me oprimía el pecho.
—Descansa, Vanesa, tuviste un primer día sumamente intenso en la torre, mañana nos espera una jornada clave con la preparación de la junta general, y necesito que tu mente esté al cien por ciento —dijo con suavidad.
—Así será, Frank, gracias por todo lo que hiciste por mí hoy —contesté sinceramente.
Esperé a que el auto de Frank se alejara antes de subir las escaleras hacia mi pequeño apartamento, rl pasillo olía a humedad y el techo goteaba con suavidad sobre el balde viejo del fondo. Al entrar, acosté a Alessandro en su cama con el mayor cuidado posible, le quité los zapatos y lo cubrí con su manta favorita de ositos. Al ver su rostro pacífico, me arrodillé a su lado y acaricié su frente. Esos ojos verdes ocultos bajo sus párpados eran el recordatorio constante del peligro que nos rodeaba.
Me acerqué a la ventana de la sala y aparté la cortina desgastada con cuidado de no ser vista, Agustín seguía allí abajo. Estaba recostado contra una pared de ladrillos, mirando hacia arriba, analizando cuál era mi ventana. Una horrible certeza me golpeó la mente, él no estaba allí por mí, él estaba buscando rastros de Lysandra. Como fuimos mejores amigas en el pasado y vivíamos muy cerca, Agustín estaba usando mi hogar como el primer hilo para jalar la madeja de mentiras de mi examiga, él ya debía saber que ella estaba viviendo con un hombre sumamente poderoso, y venía a reclamar su parte del botín.
El miedo por la seguridad de mi hijo se transformó en una fría determinación, forjado en la necesidad y el aislamiento de estos cinco años, me decía que debía ser inteligente. Si Agustín descubría la verdad sobre Eric y Alessandro antes de tiempo, desataría una tormenta que terminaría por destruirnos a todos.
La noche pasó lenta, interrumpida por mis constantes viajes a la ventana para vigilar la calle, para cuando el sol empezó a salir detrás de las estructuras de la ciudad, Agustín ya se había marchado, dejando el suelo lleno de colillas de cigarrillos.
A la mañana siguiente, el movimiento en la torre corporativa era frenético, los pasillos del área de administración estaban repletos de ejecutivos corriendo con carpetas de cuero y secretarias imprimiendo documentos a toda velocidad. La gran junta directiva anual del Grupo Knight se celebraría en dos días, y el ambiente respiraba una tensión absoluta.
Me senté en mi escritorio y comencé a organizar las facturas internacionales que Frank me había dejado. El aroma puro y fresco de jazmín y vainilla de mi perfume artesanal comenzó a llenar mi cubículo, era mi sello, el legado de mi difunta madre que preparaba con tanto esmero en lotes pequeños. Inhalar esa fragancia me devolvió el centro y me recordaba quién era yo en realidad.
—Señorita Hayes —un tono de voz gélido y cargado de superioridad me hizo levantar la cabeza de golpe.
Lysandra estaba de pie frente a mi escritorio, llevaba un vestido sastre de un color azul rey impecable, pero sus ojos reflejaban un cansancio profundo que el exceso de maquillaje no lograba ocultar, su postura era rígida, y sus dedos enjoyados apretaban con fuerza una carpeta negra.
—Buenos días, señorita Valois —respondí, manteniendo una distancia profesional estricta.
Lysandra se inclinó hacia adelante, apoyando sus manos en la madera de mi escritorio para bajar la voz de forma dramática.
—No sé qué clase de juego sucio estás intentando armar con Frank Villanueva, Vanesa —siseó con veneno—. Ayer vi cómo te defendía frente a Rowan, y cómo te sacaba de la torre en su auto, te lo advierto por última vez, mantén tu cabeza baja y haz tu trabajo de secretaria sin llamar la atención. Si intentas usar tus artimañas baratas para escalar en esta empresa, yo misma me encargaré de que termines en la calle de la peor manera posible.
Miré a mi antigua amiga directamente a los ojos, en lugar de intimidarme, sentí una profunda lástima mezclada con indignación, me acerqué un poco más a ella, permitiendo que el aire llevara la fragancia fresca de mi cuello directo a sus facciones, vi cómo su mandíbula se tensaba al percibir la pureza del aroma.
—Yo no juego sucio, Lysandra —respondí con un hilo de voz firme y pausado—. Solo hago el trabajo para el que fui contratada legítimamente, pero veo que tú estás muy nerviosa. ¿Qué pasa? ¿Acaso sientes que el suelo se está moviendo bajo tus pies?
Lysandra inhaló de forma forzada, y en ese instante pude notar que el olor que emanaba de su propia piel era rancio, adulterado con alcohol medicinal para intentar estirar las últimas gotas del frasco que me había robado hace cinco años, su tiempo se estaba agotando de forma acelerada, y ambas lo sabíamos perfectamente.
—Rowan me ama, y Eric es un Knight legítimo —replicó ella, intentando convencerse a sí misma—. No eres nada en comparación con el imperio que yo represento.
Antes de que pudiera responderle, el ascensor privado del piso se abrió con un sonido electrónico, Rowan Knight caminaba con paso firme hacia la oficina de la presidencia, rodeado de sus principales asesores, su porte imponente y sus ojos verdes esmeralda barrieron la planta con total frialdad, deteniéndose de inmediato en la escena que protagonizábamos Lysandra y yo.
El CEO se detuvo un segundo, sus ojos se oscurecieron al percibir la clara confrontación entre su prometida y la nueva administrativa, una extraña chispa de duda cruzó su rostro al notar cómo mi perfume llenaba el aire de la oficina con una fuerza arrolladora, mientras que el olor de Lysandra parecía una copia barata que se desvanecía, Rowan apretó los puños, dio media vuelta y entró a su despacho, cerrando la puerta con fuerza.
Lysandra me dedicó una última mirada cargada de odio puro y caminó de prisa hacia la oficina de Rowan, buscando reafirmar su posición antes de que todo se derrumbara.
Me quedé sola frente a la computadora, sintiendo que las mentiras corporativas se volvían peligrosas, el precio de las sombras comenzaba a cobrarse en cada rincón de la torre.







