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CAPÍTULO 9: EL PRECIO DE LAS SOMBRAS

El motor del auto negro de lujo rugía con un ronroneo amortiguado. A través de la ventanilla, los intensos ojos verdes de Rowan Knight seguían clavados en nosotros, su mirada iba de arriba  abajo como escaneando un código sin decodificar, congelándome la sangre. Sentí un frío glacial recorrerme la columna vertebral cuando su mirada descendió lentamente, deteniéndose nuevamente en el rostro de mi pequeño Alessandro. El aire alrededor de la acera de la torre se volvió denso, pesado, casi imposible de respirar.

Mi hijo, ajeno al peligro que corría nuestro secreto, repitió de forma inconsciente ese gesto de arrogancia que tanto caracterizaba al CEO. Se acomodó el cuello de su pequeña camisa azul con un movimiento rápido de su manita, inflando el pecho.

La puerta trasera del auto se abrió con un chasquido electrónico, Rowan bajó del vehículo con una elegancia imponente, su traje oscuro abrazaba sus hombros anchos, y su mandíbula permanecía tensa, su sola presencia bloqueó la salida, atrayendo las miradas de los empleados que abandonaban el edificio.

—Señorita Hayes —su voz grave y profunda cortó el aire como un cuchillo templado—. No sabía que tenía un hijo, y me alegro mucho que las administrativas de la torre utilicen la guardería corporativa en su primer día.

—Señor Knight —respondí, intentando con todas mis fuerzas que mi voz no temblara—. Es un beneficio para los empleados, se lo agradezco mucho y Recursos Humanos me autorizó a traer a mi hijo mientras me adapto al horario.

Rowan dio un paso hacia adelante, acortando la distancia entre nosotros, en ese instante, una ráfaga de viento suave llevó el aroma de mi cuello directo hacia él. El aire puro de jazmín, vainilla y almendras amargas lo golpeó de frente, vi cómo sus ojos esmeralda se dilataban por completo, su respiración se volvió errática por un breve segundo, atrapado de nuevo por el fantasma de la noche del crucero Aurora.

—Este perfume… —murmuró Rowan, dando un paso más, quedando a escasos centímetros de mí—. No es una coincidencia, nadie usa esta fragancia, excepto una persona.

El pánico se apoderó de mi mente, si Rowan continuaba indagando, si decidía observar más de cerca a Alessandro, todo se derrumbaría, la amenaza de Lysandra en el baño resonó en mis oídos, perdería a mi hijo, si la verdad salía a la luz, ya que no tenía dinero ni el poder para poder confrontarlo, Rowan podía reclamar su paternidad y con su dinero e influencias quedarse con mi hijo. Tengo que ser inteligente en todas mis decisiones.

—Es una esencia común, señor —mentí, tragando saliva con dificultad—. Una mezcla barata que compro en el mercado local, si me disculpa, mi hijo está cansado y debemos tomar el autobús de regreso a casa.

Rowan no pareció escuchar mi excusa, su atención se desvió por completo hacia el niño. El CEO se inclinó levemente, entornando los ojos mientras escaneaba las facciones de Alessandro. El parecido físico era innegable: el mismo cabello oscuro, la forma idéntica de las cejas y, sobre todo, esos ojos verdes brillantes que parecían dos gemas bajo la luz de la tarde.

—¿Cómo se llama el niño? —preguntó Rowan, y por primera vez de su habitual armadura de hielo brotó confusión.

—Alessandro —respondió mi hijo por sí mismo, dando un paso al frente con valentía, soltándose de mi agarre—. Y soy un hombre importante y valiente, como mi mamá.

Una chispa de sorpresa cruzó el rostro del poderoso empresario. El temperamento del pequeño era el vivo reflejo del suyo, Rowan estiró una de sus manos, como si un impulso magnético lo obligara a tocar al niño, Le estiró la mano a mi hijo.

—Mucho gusto Alessandro—, le dijo.

—Mucho gusto Señor—-, le contestó.

Estrechando su mano con la de su hijo. Sus dedos se acercaron peligrosamente al borde de la camisa de Alessandro, justo del lado derecho, sentí que me iba a desmayar, si levantaba esa tela, vería la estrella de tres puntas, vería la marca de nacimiento que solo los herederos de la familia Knight poseían en la piel.

—¡Vanesa! —un grito oportuno interrumpió la escena, rompiendo el hechizo que nos mantenía estáticos.

Frank Villanueva apareció caminando a toda prisa desde las puertas de vidrio de la torre, el Director de Finanzas sostenía su portafolios de cuero y avanzaba con paso firme hacia nosotros, con una expresión de absoluta seriedad en el rostro. 

Su oportuna llegada hizo que Rowan retirara la mano de inmediato, enderezándose con lentitud mientras recuperaba su porte frío y distante. No sabía que iba hacer, ni que pasaba por su mente.

—Frank —dijo Rowan, entornando los ojos al ver al ejecutivo colocarse justo a mi lado, en una clara postura de protección—. Veo que sigues muy pendiente de la nueva empleada, incluso después del horario de oficina.

—Buenas tardes, señor Knight —replicó Frank, manteniendo una cortesía impecable, pero sosteniendo la mirada del CEO sin mostrar un ápice de sumisión—. Solo venía a asegurarme de que Vanesa y su hijo llegaran bien a la estación.

— Y quería felicitarla personalmente por su excelente desempeño bajo presión, el informe de auditoría que redactamos esta tarde fue un éxito rotundo.

Rowan desvió la mirada de Frank hacia mí, y luego hacia Alessandro. Los celos posesivos y la desconfianza tiñeron sus ojos de un verde más oscuro, la tensión entre los dos hombres era tan alta que casi se podía escuchar el crujir del aire en la acera.

—La eficiencia se premia en esta empresa, Villanueva, pero la familiaridad excesiva puede nublar el juicio profesional —sentenció Rowan de forma gélida, dando un paso hacia atrás, en dirección a su vehículo de lujo—. Señorita Hayes, espero ver ese mismo rendimiento mañana a primera hora, no tolere distracciones.

—Así será, señor Knight —respondí con una inclinación de cabeza, sintiendo que el aire regresaba finalmente a mis pulmones.

Rowan subió al auto sin decir una palabra más, la puerta se cerró con suavidad y el vehículo avanzó de inmediato, perdiéndose en el caótico tráfico de la gran avenida. 

Dejé escapar un largo suspiro de alivio, abrazando a Alessandro contra mi cuerpo con fuerza, sintiendo el rápido latido de su corazoncito, estuvimos a un milímetro de la destrucción total.

Frank se giró hacia mí, con una expresión de profunda preocupación en sus ojos oscuros.

—¿Estás bien, Vanesa? —preguntó—. Noté desde la entrada que el señor Knight te estaba presionando demasiado. Su comportamiento con el personal nuevo a veces raya en la paranoia.

—Estoy bien, Frank, de verdad, muchas gracias por intervenir. No sé qué habría pasado si no hubieras aparecido en ese preciso instante —dije sinceramente, mirándolo con gratitud.

—No tienes que agradecerlo, te prometí que te protegería en esta torre, y hablo muy en serio —afirmó con una sonrisa cálida, dándole una suave palmadita en la cabeza a Alessandro—. 

Tienes un hijo muy valiente, Vanesa. Se parece mucho a ti en la mirada.

Forzé una sonrisa, sintiendo una punzada de culpa por no poder confesarle la verdad completa a Frank, él estaba siendo un caballero perfecto, un aliado indispensable en este nido de víboras, pero el secreto del origen de Alessandro era demasiado peligroso para compartirlo, además no debía confiar en nadie, así se mostrará muy amable.

—Es hora de irnos. El autobús no tardará en pasar —comenté, tomando la mochila del niño.

—De ninguna manera voy a permitir que camines hasta la estación de autobuses a esta hora con el niño cansado —insistió Frank con amabilidad, señalando su propio auto estacionado a unos metros—. Déjame llevarlos a su apartamento. Insisto, no aceptaré un no por respuesta.

Miré a Alessandro, quien ya bostezaba del cansancio, y terminé aceptando la generosa propuesta del Director de Finanzas. Subimos a su cómodo vehículo y nos alejamos de la inmensa estructura de cristal,  Frank conversó de forma amena durante el trayecto, logrando que me relajara un poco.

Al llegar a la esquina de mi calle, divise una silueta conocida parada justo debajo del viejo farol que iluminaba la entrada de mi edificio de apartamentos. Un hombre de aspecto descuidado, con una chaqueta de jean vieja y las manos metidas en los bolsillos, fumaba un cigarrillo mientras miraba hacia las ventanas de mi piso.

El corazón se me saltó del pecho al reconocer la complexión física y la postura de ese individuo, no era un desconocido, era Agustín López, el hombre vividor del pasado de Lysandra, el mismo tipo que se había marchado hacía años sin importarle nada, sabiendo que ella esperaba un hijo suyo. ¿Qué hacía Agustín acechando mi hogar? El pánico regresó con fuerza, las sombras del pasado de mi examiga comenzaban a rodear mi propia casa.

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