Mundo de ficçãoIniciar sessãoEl pasillo de la torre corporativa parecía más largo de lo normal. Mis pasos, apresurados y silenciosos, marcaban el ritmo de mi corazón desbocado. Dejar atrás a Lysandra en aquel baño había requerido toda mi fuerza de voluntad. Sentía que mis piernas flaqueaban, pero me obligué a mantener la columna recta, sosteniendo las carpetas administrativas contra mi pecho como un escudo protector contra el mundo hostil que me rodeaba.
No podía permitirme el lujo de caerme a pedazos, no aquí, donde cada rincón respiraba poder, dinero y secretos. Tenía un hijo que mantener, Alessandro dependía por completo de mí, de mi capacidad para soportar la humillación, el miedo y la injusticia de ver a mi antigua mejor amiga viviendo una mentira dorada que no le pertenecía por derecho.
Llegué a mi zona de trabajo en el área de administración, el espacio era amplio, pulcro, moderno y frío, me senté frente a mi escritorio, encendí la computadora, sin embargo, los números en la pantalla se emborronaban ante mis ojos. La imagen de Lysandra, enjoyada y altanera, amenazándome con arrebatarme a mi hijo si abría la boca, regresaba a mi mente una y otra vez como una tortura constante.
—¿Señorita Hayes? —una voz masculina, profunda y de un tono marcadamente educado, interrumpió mis pensamientos atormentados. Di un pequeño respingo en la silla y levanté la mirada de golpe.
Frente a mí se encontraba un hombre alto, de complexión atlética y facciones notablemente atractivas, vestía un traje de tres piezas, su cabello castaño estaba impecablemente peinado y unos ojos oscuros, inteligentes y curiosos, me observaban con una amabilidad que no había experimentado desde que puse un pie en esta inmensa torre corporativa.
—Sí, señor —respondí de inmediato, aclarándome la garganta. Soy Vanesa Hayes. ¿En qué puedo ayudarlo?
El hombre sonrió con suavidad, una sonrisa genuina que arrugó apenas las esquinas de sus ojos. Extendió una mano varonil hacia mí.
—Mucho gusto, Vanesa. Soy Frank Villanueva, el Director de Finanzas de la corporación. He estado revisando los informes de contratación de esta mañana y me di cuenta de que te asignaron directamente a mi sector para dar apoyo en la auditoría de los nuevos presupuestos trimestrales.
Tomé su mano con timidez, su agarre fue cálido, firme pero cortés, sentí una extraña oleada de alivio al notar que no todos en este lugar me mirarían con desprecio o sospecha.
—El gusto es mío, señor Villanueva, haré mi mejor esfuerzo para tener toda la documentación en orden lo antes posible —aseguré, forzando una ligera sonrisa de cortesía.
—Por favor, puedes llamarme Frank cuando estemos aquí en la oficina —dijo él, apoyando una de sus manos en el borde de mi escritorio, inclinándose un poco hacia adelante—. No soy muy fanático de los títulos excesivamente rígidos fuera de las juntas directivas. Además, por lo que he oído de Recursos Humanos, tu currículum demuestra que eres sumamente eficiente y organizada, eso es exactamente lo que mi departamento necesita en este momento de transición.
Mientras Frank hablaba, percibí que su mirada se detenía con sutil fijeza en mi rostro, no era una mirada lasciva, sino una llena de un interés genuino, casi fascinado, mis mejillas se tiñeron de un leve color rosa y bajé la vista hacia los papeles para ocultar mi repentino nerviosismo.
Lo que ni Frank ni yo notamos en ese preciso segundo fue que el ambiente de la planta cambió de inmediato. Giré la cabeza instintivamente hacia el pasillo que conectaba con los ascensores privados. Rowan Knight caminaba con paso firme y decidido, rodeado por dos de sus asistentes principales, su porte era imponente, irradiando una autoridad incuestionable que hacía que todos los presentes se enderezaran de inmediato en sus asientos de trabajo, su mirada, fría como el hielo de un glaciar, escaneaba el lugar con total desapego.
Sin embargo, al pasar a escasos metros de mi escritorio, Rowan se detuvo de golpe. Sus asistentes casi chocan contra su espalda debido a la brusquedad de su movimiento.
El CEO inhaló de forma profunda, expandiendo su amplio pecho bajo el fino traje oscuro, vi cómo sus nudillos se volvían blancos al cerrar los puños con fuerza, sus intensos ojos verdes, brillantes y peligrosos, abandonaron las carpetas que sostenía entregandolas a uno de sus secretarios y se fijó directamente en el espacio que compartimos Frank y yo.
El aire se volvió espeso, casi imposible de respirar en la planta. Rowan miró a Frank y luego desplazó sus ojos esmeralda hacia mí, pude ver confusión y hostilidad, su mandíbula se tensó tanto que una pequeña línea se marcó en su mejilla, era obvio que mi perfume, ese aroma puro a jazmín y vainilla que su memoria no lograba soltar, lo había vuelto a golpear con la fuerza de un impacto físico.
—Villanueva —la voz de Rowan resonó en el área común, grave, cortante y carente de cualquier calidez—. No sabía que el Director de Finanzas tenía tanto tiempo libre como para pasarlo de pie haciendo vida social en el área de administración.
Frank no se inmutó ante el evidente tono de reprimenda de su superior, al contrario, se enderezó con total tranquilidad, manteniendo una sonrisa educada en el rostro y sosteniendo la mirada del temido CEO sin mostrar un ápice de temor.
—Señor Knight —respondió Frank con tono firme y pausado—. No es vida social, estoy dándole la bienvenida formal a la señorita Hayes, la nueva administrativa asignada a mi área, estábamos coordinando los detalles para la revisión de las auditorías de fin de mes.
Rowan no apartó los ojos de mí mientras escuchaba a Frank, su mirada era pesada, escudriñadora, como si estuviera intentando desvestir mi mente para encontrar el secreto que ocultaba detrás de mis pestañas bajas.
Sentí un escalofrío recorrer mi columna vertebral, recordé la noche del crucero, debatiéndome entre el deseo de ser reconocida y el miedo por mi hijo Alessandro.
—La señorita Hayes debe concentrarse en su trabajo escrito, Villanueva. Los informes contables no se redactan solos mediante charlas en los pasillos —sentenció Rowan de forma gélida.
—Descuide, señor. No hay problema, sé cómo liderar mi departamento, no le quedaremos mal, —replicó Frank, manteniendo una cortesía impecable.
Rowan emitió un gruñido casi imperceptible, dio media vuelta y continuó su camino hacia la oficina de la presidencia, sus asistentes lo siguieron a toda prisa, visiblemente aliviados de salir de esa zona de tensión.
Frank soltó un suspiro bajo y giró a mirarme, con una expression de disculpa en el rostro.
—Lamento eso, Vanesa. El señor Knight suele ser un hombre bastante rígido y de temperamento complicado, no te lo tomes como algo personal.
—No se preocupe, señor Villanueva... Frank —respondí, intentando que mi voz no temblara—. Entiendo perfectamente que es un lugar de alta exigencia, dolo quiero hacer mi trabajo de la mejor manera.
—Y estoy seguro de que lo harás —afirmó él con amabilidad, dándome un ligero toque de ánimo con la mirada—. Te dejaré trabajar en paz, si necesitas cualquier cosa, mi oficina está al final de este pasillo, las puertas siempre están abiertas para mi equipo de finanzas.
Asentí con gratitud. Frank me dio una última sonrisa cálida y caminó hacia su despacho con paso elegante. Al quedarme sola, dejé caer mi espalda contra la silla, cerrando los ojos por un breve instante, estaba atrapada en medio de fuerzas invisibles que amenazaban con destruirme. Por un lado, la amabilidad e interés de Frank; por el otro, la fría hostilidad y la perturbadora cercanía de Rowan, el padre de mi hijo.
A lo lejos, cerca de la puerta de la oficina presidencial, alcancé a divisar a Lysandra, estaba de pie, observándome con los ojos llenos de odio puro, apretando su costoso bolso de diseñador contra su cuerpo, sabía que ella no se quedaría de brazos cruzados. La guerra apenas había comenzado en esta inmensa torre de cristal, el peligro acechaba en cada esquina, pero por Alessandro, yo resistiría hasta el final, sea cual sea la tormenta.







