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CAPÍTULO 2: EL DESCONOCIDO DE LA MÁSCARA NEGRA

Su mano era cálida. Grande. Las yemas de sus dedos rozaron mi palma como si supieran exactamente dónde apoyarse.

—¿Bailamos? —preguntó.

Su voz era grave, con un dejo de autoridad que no necesitaba gritar para imponerse. Llevaba una máscara negra que le cubría medio rostro, pero dejaba al descubierto unos ojos verdes intensos, brillantes como esmeraldas a la luz de las lámparas de cristal.

Asentí sin hablar. No fiarme de mi voz. Tenía miedo de que si abría la boca, todo el glamour de la noche se desmoronara y él descubriera que yo no era más que una impostora con un vestido prestado y las manos llenas de callos de fregar ollas.

Me guio hasta la pista. La orquesta tocaba un vals lento, de esos que se bailan pegados. Demasiado pegados. Su pecho rozaba el mío y yo podía sentir su respiración en mi cuello.

Olía a cedro y a algo más oscuro. A hombre. A noche.

—¿Cómo te llamas? —me susurró al oído.

Mentí. Había ensayado este momento en el baño de personal, delante del espejo roto.

—Camila —dije.

Sonrió. —Camila. Me gusta. ¿Y qué hace una mujer como tú en un barco como este, Camila?

—Disfrutar —mentí otra vez—. ¿Y tú?

—Negocios —respondió. Su mano bajó un poco más por mi espalda, casi en la curva de mi cintura—. Siempre negocios.

Noté el bulto de su anillo de sello en mi espalda. Un hombre rico. Eso era evidente. Pero había algo más en él, algo que no encajaba con los demás pasajeros: una tristeza en la forma de sonreír, como si estuviera buscando algo que aún no había encontrado.

El vals terminó. Nadie soltó a nadie.

—¿Quieres otra copa? —preguntó.

No debería. Yo trabajaba al día siguiente. Pero él ya estaba señalando al camarero y pidiendo champán. Y yo estaba diciendo que sí.

Bebimos. Y luego otra. Y otra.

Él me contó que viajaba solo, que su familia tenía una empresa enorme, que odiaba las galas de máscaras pero que esa noche algo le había dicho que viniera.

—El destino —dijo, con los ojos brillantes por el alcohol o por algo más—. ¿Crees en el destino?

Nunca había creído en nada. Pero esa noche, con la seda del vestido rozando mis piernas y su mirada clavada en la mía, empecé a pensar que quizás sí.

Bailamos otro vals. Y otro. Perdí la noción del tiempo.

En algún momento, su mano acarició mi mejilla por debajo de la máscara. Sus dedos temblaban ligeramente.

—¿Te la quitas? —preguntó, con la voz ronca.

—No —respondí—. El misterio es más interesante.

Él sonrió. Algo en sus ojos verdes brilló con más intensidad.

—Tienes razón —dijo—. Al amanecer, quizás.

—Puedo quedarme contigo el resto de la noche —susurró—. Si tú quieres.

Mi corazón se aceleró. Sabía lo que significaba esa frase. Y sabía que si aceptaba, no habría vuelta atrás.

Pero también sabía que si decía que no, me arrepentiría el resto de mi vida.

—Sí —dije, y mi voz no tembló.

Me cogió de la mano. Me guio fuera de la sala, por un pasillo de alfombra roja, hasta una puerta de madera tallada con el número 747. Su camarote. Abrió. Dentro olía a él.

Cerró la puerta. Me besó sin quitar mi máscara, luego deslizó los labios hacia mi cuello. Sus manos recorrieron mi espalda, mis caderas, la tela de seda que se deslizaba como agua.

No pensé en el vestido. No pensé en el trabajo. No pensé en que todo esto era una mentira. No pensé en nada.

Solo pensé que sus labios sabían a vino y que esa noche, por primera vez en mi vida, no quería ser otra que yo.

El cansancio nos venció. Se quedó dormido con la cabeza apoyada en mi hombro, su mano aún en mi cadera. Yo también cerré los ojos, solo por un momento. Solo para sentir su calor un poco más.

No supe cuánto tiempo pasó. Pero cuando volví a abrirlos, la luna seguía alta. Aún era de noche.

—Todavía no amanece —susurré, y él no respondió. Dormía profundamente.

Aún tengo la máscara puesta. Él no sabe quién soy. Pero la noche no ha terminado. Tengo tiempo para saberlo todo.

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