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CAPÍTULO 6: LA CITA EN EL INFIERNO

El frío del mármol en el baño de damas no lograba enfriar el fuego que me quemaba el pecho, me apoyé contra el lavabo, sintiendo cómo el agua helada de la canilla corría entre mis dedos sin que yo pudiera reaccionar, mis manos temblaban de rabia, de horror, una profunda sensación de impotencia que amenazaba con asfixiarme.

Lysandra.

Mi mejor amiga, la persona a la que le lloré en el hombro al regresar de aquel crucero, la que sostuvo mi mano cuando le confesé, entre lágrimas, que me había entregado a un desconocido de ojos verdes.

Le conté todo, cada detalle, cada caricia, incluso el lunar de estrella de tres puntas en el costado derecho de Rowan. Y ella me lo había robado, me había robado la vida, claro por eso desapareció de la noche a la mañana hace cinco años, justo después de que yo regresará de aquel crucero con el alma rota y el cuerpo cambiado.

En aquel entonces, sumida en la pobreza, el cansancio y el shock absoluto de enterarme de mi embarazo, no tuve las fuerzas ni la claridad para notar que ella se había marchado llevándose mi posesión más valiosa, mi secreto y el neceser que contenía el frasco con el perfume único de mi difunta madre.

Ahora, cada pieza de este macabro rompecabezas encajaba con una lógica aterradora.

El destino me había traído a Knight Corporation por pura y física necesidad económica. Yo no quería buscar a Rowan, jamás estuvo en mis planes irrumpir en su vida de millonario para exigirle nada, decidí callar, ocultar la marca de estrella de mi pequeño Alessandro y salir adelante sola, con mis propias manos agrietadas por el trabajo duro, pero el destino se estaba burlando de mí en mi propia cara. Al aceptar este empleo como administrativa, lo último que esperaba era descubrir que mi peor enemiga estaba viviendo la vida que me correspondía.

La puerta del baño se abrió de golpe, el sonido de unos tacones altos y caros resonó contra las paredes, giré la cabeza lentamente, allí estaba ella.

Lysandra Camila Valois, vestía un traje de diseñador color crema y joyas que brillaban tanto que lastimaban los ojos, pero su rostro estaba completamente pálido, la arrogancia con la que caminaba del brazo de Rowan en el pasillo había desaparecido.

Cerró la puerta con seguro detrás de sí. Estábamos solas.

—¿Qué haces aquí, Vanesa? —su voz salió como un siseo venenoso, me erguí, ignorando el uniforme de administrativa que llevaba puesto, no me importó nada. En ese momento, mi Poder Femenino despertó por primera vez en cinco años, ya no era la chica indefensa del crucero, ni la ingenua e inocente, era la madre de Alessandro.

—Trabajo aquí, Lysandra —respondí con una calma que no sentía—.

 —Aunque la verdadera pregunta es ¿Qué haces tú en la vida de Rowan Knight? 

Lysandra dio un paso al frente. Sus ojos inyectados de envidia se clavaron en los míos.

—Soy su mujer, soy la madre de su heredero, Eric Knight. Así que vas a recoger tus pocas cosas y te vas a largar de esta empresa hoy mismo.

Solté una risa amarga, una risa que la hizo retroceder un paso.—¿Su mujer? —di un paso hacia ella, acorralándola contra la pared—. Me robaste mi lugar, me robaste el neceser con el perfume único de mi madre, usaste cada secreto que te confié para engañarlo a él, no puedo creer que te hayas atrevido a tanto por tu ambición, ¡Tú no eres la mujer de la máscara!.

Lysandra tragó saliva, aterrorizada de que alguien pudiera escuchar las paredes. Pero de inmediato, una sonrisa malévola se dibujó en sus labios pintados de rojo.

—¿Y quién te va a creer, Vanesa? —susurró, acercando su rostro al mío—. Han pasado cinco años, Rowan me ama, Eric tiene su apellido ante todo el mundo, él es su hijo y así seguirá siendo, si intentas abrir la boca, le diré a Rowan que eres una loca acosadora que quiere extorsionarnos, te destruiré, haré que te metan a la cárcel y perderás a tu bastardo.

Un golpe de adrenalina me recorrió el cuerpo al oírla insultar a mi hijo.

—No te atrevas a tocar a Alessandro —advertí con la voz extrañamente baja y peligrosa—. Y no olvides algo, Lysandra... Las mentiras tienen patas cortas y no llegan lejos.

Me acerqué a su cuello, inhalé profundamente de forma deliberada.

—Tu perfume se está acabando, ¿verdad? —le  dije sutilmente en el oído—. Noto el alcohol con el que intentas estirar las últimas gotas del frasco que me robaste, porque ya entiendo que no te equivocastes al intercambiar los neceseres sino que lo hiciste con toda la mala intención de quedarte con mi perfume. Pero sabes que, ese aroma es mi sello, solo yo sé cómo prepararlo, tú no tienes idea, cuando se te acabe la última gota, ¿cómo vas a retener al CEO?.

El rostro de Lysandra se desfiguró por completo, había dado en el blanco, su mayor terror quedaba al descubierto, no me quedó nada más que decir. 

Le di la espalda, quité el seguro de la puerta y salí al pasillo con la frente en alto, tenía miedo, sí, pero también tenía la verdad, lo que ninguna de las dos sabía era que, al final del pasillo, oculto detrás de la esquina de la oficina de Finanzas, un hombre de traje impecable nos observaba con atención, era Frank Villanueva. Y acababa de escuchar suficiente para interesarse por la misteriosa nueva administrativa.

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