El frío del mármol en el baño de damas no lograba enfriar el fuego que me quemaba el pecho, me apoyé contra el lavabo, sintiendo cómo el agua helada de la canilla corría entre mis dedos sin que yo pudiera reaccionar, mis manos temblaban de rabia, de horror, una profunda sensación de impotencia que amenazaba con asfixiarme.
Lysandra.
Mi mejor amiga, la persona a la que le lloré en el hombro al regresar de aquel crucero, la que sostuvo mi mano cuando le confesé, entre lágrimas, que me había entre