El agua caliente me quemaba los antebrazos, pero eso era lo de menos. Llevaba ocho horas fregando platos en la cocina del crucero Aurora y me quedaban otras cuatro por delante. El jefe de cocina, un hombre con bigote de cepillo y mal aliento, me gritó algo sobre la vajilla del capitán. Asentí sin escuchar. Mi cabeza estaba en otra parte.En la cubierta superior, a solo dos pisos de distancia, sonaba la música de la gala de máscaras. La más exclusiva del viaje. Pasajeros de alta sociedad, champán francés y vestidos que costaban más de lo que yo ganaría en toda mi vida.No debería importarme. Vine a este crucero a trabajar, no a soñar.Pero esa noche, algo dentro de mí se negaba a aceptarlo.—Vanesa —susurró Clara Méndez, la única compañera que me dirigía la palabra sin asco—. He visto el vestido.Levanté la vista. Clara tenía los ojos brillantes, como si estuviera a punto de contarme un secreto prohibido.—¿Qué vestido? —pregunté, aunque ya lo sabía.—El de la señora Fernández de la To
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