Mundo ficciónIniciar sesiónBajé las escaleras de servicio con el corazón golpeándome las costillas. Cada paso me alejaba de Rowan. Cada escalón destruía un poco más la fantasía.
Todavía llevaba la máscara puesta. Me la arranqué apenas crucé la puerta de lavandería y me miré en el espejo empañado del cuarto de plancha.
Volvía a ser yo. Vanesa Hayes. La chica pobre. La empleada invisible. La mujer que había cometido la locura más grande de su vida.
El vestido marfil seguía pegado a mi piel como un recuerdo caliente. Me lo quité con cuidado, alisando la seda con las manos temblorosas.
No quería dañarlo. No después de todo lo que me había dado. Lo colgué nuevamente en la percha donde Clara lo había encontrado horas antes.
Después busqué un pequeño papel entre los formularios viejos de lavandería y escribí:
“Gracias por el préstamo. Lo devuelvo mejor de lo que lo encontré.”
Dejé la nota por dentro del vestido.
Y por primera vez desde que empezó aquella noche, sentí ganas de llorar. Pero no lloré. Porque la cocina del crucero no era lugar para lágrimas.
Volví a ponerme el uniforme gris de trabajo. El olor a detergente reemplazó el perfume de jazmín de mi cuello. La fantasía desapareció. O al menos eso intenté creer.
Cuando llegué a la cocina, el caos del desayuno buffet ya había empezado. Platos. Gritos. Aceite hirviendo.
Clara levantó la cabeza apenas me vio entrar.
Sus ojos se abrieron de golpe.
—Madre de Dios… —susurró—. Tienes cara de haber pecado toda la noche.
Sentí calor en las mejillas.
—No digas tonterías.
Ella soltó una carcajada mientras removía huevos revueltos.
—¿Entonces por qué pareces enamorada?
Aquella palabra me atravesó el pecho.
---Enamorada?---. No.
No podía enamorarme de un hombre cuyo apellido ni siquiera conocía.
—No pasó nada —mentí.
Clara me miró largo rato.
Después sonrió de lado.
—Claro. Y yo soy reina de Inglaterra.
Intenté concentrarme en el trabajo. Pero era imposible. Cada vez que cerraba los ojos recordaba sus manos.
Su voz.
La forma en que dijo “quédate”.
Y cuanto más lo recordaba, más estúpida me sentía. Porque Rowan pertenecía a otro mundo. Uno al que jamás podría entrar. Las horas pasaron lentas. Demasiado lentas.
Al mediodía el crucero atracó finalmente en el puerto. Los pasajeros empezaron a bajar entre maletas, joyas caras y despedidas elegantes.
Yo ayudaba a descargar cajas cerca del muelle cuando lo vi.
Rowan.
El aire desapareció de mis pulmones.
Llevaba un traje azul oscuro impecable y gafas de sol que ocultaban parcialmente sus ojos verdes. Dos hombres caminaban detrás de él cargando portafolios.
Parecía poderoso. Intocable. Completamente distinto al hombre que me había besado contra unas sábanas blancas horas antes.
Mi corazón empezó a golpear tan fuerte que pensé que todos podrían oírlo.
Una parte de mí quiso correr hacia él. Quitarle las gafas.
Decirle: “Soy yo.”
“La mujer de la máscara.”
“La mujer que dejó parte de sí misma en tu cama.”
Pero me quedé quieta.
Porque en ese instante entendí algo horrible:
La noche había terminado.
Y las mujeres como yo no encajaban en la vida de hombres como Rowan.
Él siguió caminando.
No miró hacia mí.
No podía reconocerme con el uniforme, el cabello recogido y las manos manchadas de detergente.
Para él, Camila seguía siendo un misterio.
Y yo… yo volvía a ser invisible.
Sentí un dolor absurdo. Ridículo. Como si me arrancaran algo del pecho.
Entonces Rowan se detuvo. Solo un segundo. Giró apenas la cabeza.
Inspiró profundo. Una vez. Dos. Mi perfume.
El viento todavía llevaba restos de jazmín y vainilla desde mi cuello.
Vi cómo su mandíbula se tensaba. Sus dedos se cerraron alrededor de las gafas.
Por un instante creí que se acercaría. Que me miraría. Que descubriría todo.
Pero uno de los asistentes le dijo algo y Rowan siguió caminando.
Desapareció entre la multitud del puerto.
Y yo me quedé allí, sosteniendo una caja de verduras, viendo cómo el hombre más importante de mi vida se alejaba sin saberlo.
—
Dos meses después, estaba sentada en el borde de mi bañera mirando una prueba de embarazo.
Dos líneas rosas. Perfectamente marcadas.
El pequeño apartamento olía a humedad y sopa instantánea. Afuera llovía. El techo goteaba sobre un balde viejo que había puesto la semana anterior.
Pero yo no podía moverme. No podía respirar.
Las dos líneas seguían allí.
—No… —susurré.
Mi mano temblaba. Recordé inmediatamente el lunar.
La estrella de tres puntas.
“Si algún día tengo un hijo… lo heredará.”
Un escalofrío recorrió mi espalda. Quise convencerme de que era imposible. Que había un error. Pero en el fondo ya lo sabía. Apoyé la mano sobre mi vientre todavía plano.
Y pensé en Rowan. En sus ojos verdes. En la forma en que me sostuvo aquella noche.
Una lágrima resbaló finalmente por mi mejilla. Solo una.
Porque después de eso me obligué a respirar hondo. No podía derrumbarme. No tenía derecho.
La vida nunca había sido fácil conmigo y no empezaría a serlo ahora. Pasé semanas intentando averiguar quién era realmente Rowan.
Busqué en internet. En revistas. En noticias empresariales. Solo tenía un nombre. Y una obsesión.
Hasta que una tarde lo encontré.
“Rowan Knight, heredero del grupo Knight Corporation.”
Había una fotografía suya entrando a una gala benéfica.
Traje oscuro. Expresión fría.
Los mismos ojos verdes.
Me quedé mirando la pantalla durante mucho tiempo.
---Knight.
El apellido sonaba poderoso. Lejano. Imposible.Pensé en escribirle. En llamarlo. En contarle que estaba embarazada. Pero luego miré mi apartamento diminuto, las cuentas atrasadas y mis manos llenas de grietas.
¿Y si creía que quería dinero?
¿Y si pensaba que era una oportunista?
¿Y si ni siquiera me recordaba?
--No. Aquella noche había sido especial para mí. No significaba que también lo hubiera sido para él. Así que tomé una decisión.
Tendría aquel bebé sola. Y jamás le suplicaría amor a nadie.
Los meses pasaron lentos y difíciles. Trabajé hasta que la barriga empezó a notarse demasiado. Lavé platos. Limpié pisos. Serví mesas. A veces terminaba tan cansada que lloraba en silencio bajo la ducha.
Pero entonces el bebé se movía dentro de mí.
Y recordaba por qué seguía adelante. Cada noche hablaba con él.
—Tu mamá puede con esto —susurraba acariciándome el vientre—. Aunque tenga miedo.
Porque sí.
Tenía miedo todo el tiempo.
Miedo de no ser suficiente.
Miedo de no poder darle una vida mejor.
Miedo de parecerme demasiado a mi propia madre, que murió agotada de trabajar hasta el último día.
Pero había algo más fuerte que el miedo.
Amor. Un amor feroz. Salvaje. Desesperado.
El día que empezó el parto estaba lloviendo otra vez. Llegué al hospital público sola, doblada de dolor y con una mochila vieja entre las manos. Las contracciones me partían el cuerpo. Horas después escuché un llanto.
Y entonces me pusieron a mi hijo sobre el pecho.
Mi hijo. Era pequeño. Caliente. Perfecto. Lloraba con fuerza mientras sus dedos diminutos se cerraban alrededor de los míos.
—Hola, Alessandro —susurré llorando por primera vez de verdad.
La enfermera sonrió.
—Es precioso.
Asentí sin poder hablar.
Después miré automáticamente hacia su costado derecho.
Y el mundo se detuvo. Ahí estaba.
La estrella de tres puntas.
Idéntica. Perfecta. El mismo lunar. La misma marca. La misma sangre. Sentí que el aire abandonaba mis pulmones.
La enfermera inclinó la cabeza.
—Qué lunar tan curioso.
Mis dedos rozaron la pequeña marca de Alessandro.
Y pensé en Rowan inmediatamente.
En aquella noche. En el hombre que nunca supo que acababa de convertirse en padre.
—Es un sello —susurré con la voz rota—. El sello de su padre.
Apreté a mi bebé contra el pecho.
Y por primera vez en mucho tiempo, tuve una certeza dolorosa:
El destino todavía no había terminado conmigo.







