Mundo ficciónIniciar sesiónSu cama era enorme. Sábanas suaves, blancas, limpias. Olían a él. A cedro, vino caro y algo peligrosamente masculino. Estaba desnuda bajo aquellas telas, con la máscara todavía cubriendo parte de mi rostro, y aun así no sentía vergüenza. Sentía miedo. Un miedo extraño. Como si aquella felicidad tuviera fecha de caducidad.
A mi lado, Rowan dormía boca arriba. La luz azulada de la luna le marcaba las facciones. Sin la dureza del salón de gala, parecía más joven. Más humano. Su mano seguía apoyada en mi cintura, como si incluso dormido temiera que desapareciera.
Lo observé durante un largo rato. Quise memorizarlo todo. La pequeña cicatriz sobre la ceja izquierda. La sombra oscura de su barba. La forma en que respiraba. Porque en el fondo sabía que aquello terminaría al amanecer.
Sus párpados se movieron apenas. Después abrió los ojos.
Verdes. Intensos. Directos hacia mí.
—Camila… —murmuró con voz ronca—. ¿Sigo soñando?
Mi corazón tropezó dentro del pecho.
—No —susurré—. Sigo aquí.
Sonrió despacio. Como si esa respuesta le hubiera devuelto algo que llevaba años perdido.
Su mano subió por mi espalda con una lentitud peligrosa.
—Entonces quédate un poco más.
Debería haber dicho que no. Debería haberme levantado. Volver a ponerme el uniforme. Regresar a mi verdadera vida. Pero en vez de eso, apoyé la cabeza sobre su pecho.
—Me quedaré hasta que salga el sol.
Su corazón latía fuerte bajo mi mejilla.
—Me gusta cómo dices las cosas —murmuró.
Sonreí apenas.
Era absurdo sentirse cómoda con un desconocido. Y, sin embargo, con Rowan todo parecía inevitable.
—¿Y tú? —pregunté al cabo de unos segundos—. ¿Cómo te llamas?
—Rowan.
Solo eso. Ni apellido. Ni títulos. Ni empresa. Nada.
Como si durante aquella noche él también quisiera ser únicamente un hombre.
—¿Y qué haces en un crucero lleno de millonarios aburridos? —pregunté.
Soltó una risa baja.
—Negocios. Siempre negocios.
—No pareces feliz con eso.
Sus ojos se oscurecieron apenas.
—Porque no lo soy.
Aquella respuesta me sorprendió.
Los hombres ricos de las películas siempre parecían tenerlo todo.
Él no.
Había cansancio en sus hombros. Vacío en su sonrisa. Soledad detrás de aquellos ojos verdes.
—¿Y tú? —preguntó—. ¿Qué haces cuando no estás robando noches ajenas?
Mi respiración se cortó. Por un segundo pensé que lo sabía todo.
Pero luego sonrió. Estaba bromeando.
—Trabajo —respondí con cuidado—. Mucho.
—¿Y eres feliz?
No supe responder.
Porque la felicidad nunca había sido una opción para mí. Sobrevivir sí. Pagar facturas sí. Fingir que todo estaba bien también. Pero felicidad… Eso era nuevo. Y estaba acostado a mi lado.
Rowan apartó un mechón de cabello de mi cuello.
—¿Por qué no te quitas la máscara?
Mi garganta se tensó.
—Porque cuando amanezca no quiero que puedas reconocerme.
Él frunció el ceño.
—¿Por qué haría eso?
Solté una pequeña risa triste.
—Porque tú perteneces a un mundo y yo a otro.
—No sabes nada de mi mundo.
—Sé suficiente.
Sus ojos se clavaron en los míos.
—Entonces dime algo verdadero, Camila.
Me quedé quieta. No podía decirle mi nombre. No podía contarle que fregaba platos dos pisos más abajo. No podía permitir que la magia muriera tan rápido.
—La verdad —susurré— es que esta es la mejor noche de mi vida.
Vi algo romperse dentro de él. Algo suave. Algo vulnerable.
Me besó despacio esta vez.
Sin hambre. Sin prisa. Como si quisiera recordar el sabor de mis labios. Y yo lo besé igual. Porque por unas horas quería fingir que pertenecía allí. Pasamos el resto de la madrugada hablando. Bueno… él hablando y yo escuchando.
Me contó que su padre había muerto años atrás. Que había heredado una empresa demasiado grande para un hombre que nunca quiso dirigirla. Que llevaba años rodeado de personas y aun así sintiéndose solo.
—Hasta esta noche —dijo.
Sus dedos recorrían distraídamente mi brazo mientras hablaba. Y yo sentía que cada palabra me hundía más. Porque cuanto más lo conocía, más difícil sería marcharme.
En algún momento se levantó para beber agua.La luna iluminó su torso desnudo.
Y entonces lo vi. En el costado derecho, justo debajo de las costillas, había un lunar. Pero no era un lunar cualquiera. Tenía forma de estrella. Tres pequeñas puntas perfectamente marcadas. Me incorporé despacio.
—¿Qué es eso?
Rowan miró hacia abajo y sonrió apenas.
—La marca de mi familia.
Lo toqué con la punta de los dedos.
Su piel estaba caliente.
—¿Todos lo tienen?
—Todos los Knight.
Su voz se volvió más baja.
Más íntima.
—Mi abuelo lo tenía. Mi padre también. Y si algún día tengo un hijo… lo heredará.
Algo extraño me atravesó el vientre. Una sensación imposible de explicar.
—¿Y las hijas?
—También. Aunque más pequeño.
Seguía acariciando aquella pequeña estrella oscura. Era absurda la intensidad con que la recordaría después.
—Es bonita —murmuré.
Él soltó una risa baja.
—Es una maldición familiar.
—No parece molestarte.
—Porque significa que pertenecemos a algo.
Sus ojos se clavaron en los míos.
—Y yo nunca había querido pertenecer a nadie hasta esta noche.
El aire desapareció de mis pulmones. Nadie me había mirado así jamás. Como si yo fuera importante. Como si realmente pudiera cambiar algo dentro de él.
Rowan me acercó de nuevo hacia su pecho.
—Quédate conmigo después del amanecer.
Mi cuerpo entero se tensó. Ahí estaba. La tentación. La posibilidad. La locura. Podría decirle la verdad. Podría quitarme la máscara. Podría quedarme.
Pero entonces recordé mis manos agrietadas por el detergente. Mi apartamento diminuto. Mi sueldo miserable. Y comprendí algo terrible: Los cuentos de hadas solo funcionan hasta que aparece la realidad.
—No puedo —susurré.
—¿Por qué?
Porque si descubres quién soy, dejarás de mirarme así.
Pero no dije eso.
En cambio respondí:
—Porque las noches perfectas no sobreviven al día.
Él guardó silencio.
Después apoyó la frente contra la mía.
—Entonces haré que el amanecer nunca llegue.
Quise creerle. Dios mío, quise hacerlo. Pero el sol salió igual. La luz empezó a entrar por la ventana del camarote.
Rowan se quedó dormido otra vez, agotado, con una mano todavía aferrada a mi cintura. Lo observé en silencio. Mi pecho dolía. Me levanté despacio para no despertarlo.
Busqué el vestido marfil tirado junto a la alfombra. Me lo puse lentamente. Luego recogí mis zapatos. Antes de irme, dudé.
Después, muy despacio, me quité la máscara. Quería que al menos una vez pudiera verme.
Aunque estuviera dormido. Aunque jamás lo recordara.
Sus facciones permanecieron tranquilas. No despertó. Me acerqué apenas. Lo suficiente para memorizarlo una última vez.
—Adiós, Rowan —susurré.
Luego volví a colocarme la máscara. Y salí del camarote descalza. El pasillo estaba vacío. El crucero seguía moviéndose sobre el mar como si nada hubiera cambiado. Pero algo dentro de mí sí había cambiado.
Y aún no sabía que aquella pequeña estrella de tres puntas volvería a aparecer.
No en mi piel.
Sino dentro de mí.







