El bebé secreto del mejor amigo de mi hermano

El bebé secreto del mejor amigo de mi hermanoES

Chloe Laurent  Recién actualizado
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Resumen
Índice

Rosalie Russo tenía diecinueve años cuando una noche prohibida junto con Aiden King, un SEAL de la Marina y el mejor amigo de su hermano, le destrozó el corazón. Al tacharla de error y alejarla con frialdad, Aiden hizo añicos todo lo que ella creía que había entre los dos. Dos semanas más tarde, descubrió que estaba embarazada y se enteró de que Aiden había estado comprometido desde el principio. Devastada, desapareció sin dejar rastro. Siete años después, Aiden dio con ella mientras intentaba salir adelante a duras penas como madre soltera. Jamás llegó a casarse con su prometida y había pasado todo ese tiempo buscando a Rosalie. Ahora que sabía que Lucy era su hija, estaba decidido a reunir a su familia. Pero Rosalie se negaba a ceder ante el hombre que la había destruido. A medida que se desataba una encarnizada batalla por la custodia y resurgían los viejos deseos, se vieron obligados a enfrentar la verdad: Aiden la había apartado para protegerla de sus propios demonios, y Rosalie había huido en lugar de luchar por los dos. ¿Podrían dos almas rotas construir algo hermoso sobre las ruinas de su pasado?

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Capítulo 1

Capítulo 1

Punto de vista de Rosalie

Tenía diecinueve años cuando Aiden King salió de la ducha envuelto solo con una toalla. El agua le resbalaba por el pecho mientras murmuraba mi nombre como si fuera una maldición.

No tenía intención de estar ahí. Solo había subido a mi habitación a buscar el cuaderno de bocetos cuando cerraron la llave del agua. La puerta del baño había quedado entreabierta, y el vapor se filtraba hacia el pasillo como una invitación que debí haber ignorado.

Pero no lo hice.

Me quedé paralizada en el pasillo, con el corazón latiéndome con tanta fuerza contra las costillas que temí que me las rompiera.

Caía la tarde. Mi padre y mi hermano, Jeffery, estaban en la base militar en un ejercicio de entrenamiento. Se suponía que no habría nadie en casa aparte de mí, pero Jeffery había llamado dos horas antes para avisar que Aiden iba en camino. Me explicó que a su mejor amigo por fin le habían dado permiso tras un despliegue de ocho meses y necesitaba un lugar donde quedarse antes de volver a su hogar a ver a su familia.

Desde entonces, yo era un manojo de nervios.

Aiden King medía un metro noventa, de cuerpo tonificado y piel bronceada. Era el mejor amigo de mi hermano desde que se alistaron en la Marina hacía seis años. Ocho años mayor que yo, era del todo inalcanzable, y el único hombre al que había deseado con tanta intensidad como para llegar a sentir dolor físico.

Lo conocí cuando yo tenía trece años y él veintiuno. Entró a nuestra casa en uniforme, derrochando confianza y con facciones marcadas, y yo me tropecé con mis propios pies. Jeffery se echó a reír. Aiden ni siquiera se percató.

Nunca se fijó en mí.

Para él, yo no era más que la fastidiosa hermanita de Jeffery, la niña que interrumpía los ratos entre chicos. La chica que no existía a menos que escondiera el control remoto o se comiera el último pedazo de pizza.

Fui invisible para él durante seis años… hasta hacía tres meses.

Había ido a visitar a Jeffery a la base para llevarle los brownies que tanto me había suplicado que horneara. Aiden también estaba allí. Yo llevaba puesto un vestido ligero. Era verano y no le di mayor importancia al asunto, pero al agacharme para recoger las llaves, lo sorprendí mirándome las piernas, aunque fuera solo por un instante.

Apretó la mandíbula y la mirada se le ensombreció. Acto seguido, apartó los ojos con tal rapidez que creí habérmelo imaginado.

Pero sabía que no era así.

Ese día algo cambió, lo sentí hasta en los huesos. Y ahora estaba aquí, en mi casa, usando la ducha, y sentía que me faltaba el aire.

Por la rendija de la puerta, lo vi pasarse una mano por el cabello oscuro y mojado. Las placas de identificación le colgaban sobre el pecho desnudo. Su piel estaba marcada por cicatrices que siempre había deseado repasar con la yema de los dedos, y los músculos se le contraían bajo la piel con un aspecto que resultaba tan peligroso como controlado.

Entonces lo escuché. Fue apenas un murmullo.

—Rosie.

Mi nombre. Había pronunciado mi nombre.

Dejé de respirar por completo.

Deslizó la mano por el abdomen hasta hacerla desaparecer por debajo del borde de la toalla. Debí haber apartado la mirada, debí haber salido corriendo. Sin embargo, las piernas se negaron a responderme. Estaba anclada al suelo, ardiendo.

Se tensó bajo la toalla, echó la cabeza hacia atrás y soltó un gemido ronco y profundo.

—Mierda, Rosie.

Las rodillas casi me fallaron, y una ráfaga de calor me recorrió de pies a cabeza. Jamás había experimentado nada igual. A lo largo de mi vida había besado a dos chicos sin sentir nada, pero escuchar a Aiden pronunciar mi nombre de aquella manera me hizo arder en llamas.

Se quitó la toalla.

Lo vi todo. Cada centímetro de su cuerpo.

Era grueso, duro y perfecto. Cerró la mano alrededor con tanta firmeza que un jadeo se me escapó de la garganta.

De pronto, giró la cabeza hacia la puerta.

Nuestras miradas se cruzaron y el tiempo se detuvo.

Vi el instante exacto en el que se dio cuenta de que yo estaba ahí. El momento preciso en el que la sorpresa le cedió el paso a algo mucho más oscuro. Hambre, necesidad… Algo que me revolvió el estómago y me tensó hasta el último nervio del cuerpo.

Durante tres segundos, ninguno de los dos se movió.

Luego su expresión cambió. El hambre se esfumó para darle paso a la furia.

—¡Lárgate! —rugió.

Retrocedí a trompicones y me golpeé el hombro contra la pared. El corazón me latía desbocado.

—¡Ahora, Rosalie!

Salí disparada por el pasillo, me refugié en la habitación y cerré la puerta de un portazo. Temblaba de pies a cabeza, me ardía la cara y tenía los muslos apretados con tanta fuerza que casi me dolía.

Me dejé caer sobre la cama y me cubrí el rostro con las manos.

¿Qué acababa de hacer?

¿Qué acababa de ver?

Había estado pensando en mí… Pronunció mi nombre como si fuera la única palabra que importara en el mundo.

Aiden King me deseaba.

La mera idea me produjo vértigo.

Pero al mismo tiempo me acababa de gritar que me largara. Me había mirado como si yo hubiese cometido un acto imperdonable, como si hubiera cruzado una línea sin retorno posible.

Tal vez lo había hecho.

Me quedé tumbada durante lo que parecieron horas, en un intento por calmar los latidos desbocados de mi pecho, borrar la imagen que se me había grabado a fuego en la memoria e ignorar aquella punzada que se negaba a desaparecer.

No funcionó.

Hacia las seis de la tarde, escuché que se abría la puerta principal. Papá y Jeffery habían llegado. Sus voces alcanzaron la planta alta, seguidas por el timbre profundo de Aiden. Me quedé encerrada en el cuarto. No era capaz de darles la cara.

Y mucho menos a él.

A las siete, papá me llamó para cenar.

Me puse unos pantalones deportivos y una sudadera que me quedaba enorme, me recogí el cabello en un moño desaliñado e intenté lucir lo menos atractiva posible. Luego, bajé las escaleras a hurtadillas, como si me dirigiera al patíbulo.

Ya estaban todos en el comedor. Papá sacaba cervezas del refrigerador, mientras que Jeffery se reía de algo que veía en el teléfono. Por su parte, Aiden estaba recostado contra la encimera con los brazos cruzados y la vista clavada en la entrada.

Parecía estar montando guardia.

Apenas crucé el umbral, su mirada se ancló en la mía, y me quedé petrificada.

Tenía la mandíbula tensa y los ojos oscuros e indescifrables. Daba la impresión de querer asesinarme o devorarme, y yo no sabía cuál de las dos posibilidades me aterraba más.

—Ahí estás —dijo papá con una sonrisa—. Rosie, te acuerdas de Aiden, ¿verdad?

Asentí, pues no confiaba en mi propia voz.

—Claro que me recuerda —intervino Aiden, con un tono de voz grave y amenazante—. ¿O me equivoco, Rosalie?

Jeffery frunció el ceño al notar la tensión entre ambos.

—¿Todo en orden? Te ves molesto.

—Estoy bien —respondió Aiden, sin apartar los ojos de mí—. Solo cansado.

Mentiroso.

Tomé un plato y me senté lo más lejos de él que me permitía la mesa. Sin embargo, el peso de su mirada se quedó conmigo durante toda la cena. Cada vez que levantaba la vista, lo encontraba observándome. Cada vez que estiraba el brazo para tomar algo, sus ojos seguían el movimiento de mi mano.

Fue una auténtica tortura.

Terminada la cena, ayudé a papá a lavar los platos mientras Jeffery y Aiden se dirigían a la sala, y por fin me sentí a salvo. Creí que podría escabullirme a mi habitación y evitarlo por el resto de la noche.

Pero al darme la vuelta para salir de la cocina, lo encontré allí parado, recostado en el marco de la puerta, bloqueándome el paso.

—Tenemos que hablar —dijo en voz baja.

Se me paró el corazón.

—Ahora.

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