Mundo ficciónIniciar sesiónAnnabel cree tenerlo todo: un prometido encantador, un futuro brillante y la promesa de un amor eterno. En seis meses será la señora San Marco, y sueña con una vida perfecta a su lado. Lo que no sabe es que el hombre que la mira con deseo ardiente, que la acaricia como si fuera suya y que ha despertado pasiones que jamás conoció… no es Leandro, su prometido. Es Lissandro. El gemelo oscuro. El mafioso que todo el mundo teme. Un pacto secreto entre hermanos cambia su destino. Lo que sería un simple intercambio por un mes se convierte en una red de deseo, mentiras y sentimientos imposibles de contener. Annabel cree que está más enamorada que nunca. Pero mientras se entrega a un amor que la consume, la verdad late en las sombras: ella está amando Al hermano equivocado.
Leer másEPILOGOCuatro años después.Pasaron en un abrir y cerrar de ojos.La mansión ya no olía a recién nacidos ni a leche tibia. Ahora olía a pasto recién cortado, a pastel de cumpleaños y a primavera.En el jardín, bajo un cielo despejado y luminoso, los tres pequeños San Marco corrían como si el mundo les perteneciera. Risas agudas, espadas de juguete, capas improvisadas.Victoria, la princesa de la casa, estaba sentada en una manta floral jugando con su muñeca, concentrada como si organizara un reino entero.Leandro y Lissandro observaban la escena con los brazos cruzados y una sonrisa tranquila.—¿A qué hora llegarán los demás? —preguntó Leandro sin apartar la vista de sus hijos.—Deben estar por llegar —respondió Lissandro—. Ya sabes que nadie quiere perderse el cumpleaños número cuatro de los San Marco.Como si el universo escuchara, el timbre sonó.Luz y Cristian entraron primero, tomados de la mano, y detrás de ellos Aurora, que corrió directa hacia Victoria.—¡Victooooriaaa!Las d
La habitación de la clínica estaba en silencio.Un silencio distinto al de la casa el día anterior.Más limpio. Más tranquilo. Con el sonido suave de los monitores y la respiración acompasada de un recién nacido.Aurora dormía en la cuna transparente, envuelta en una mantita blanca, sus pequeños labios apenas entreabiertos.Cristian estaba sentado al borde de la cama, acariciando la mano de Luz y besando sus labios con ternura.—¿Cómo te sientes, muñequita?Luz sonrió, todavía algo pálida pero radiante.—Mejor… pensé que sería peor. Pero Aurora llegó muy rápido.Cristian miró hacia la cuna y negó con una sonrisa incrédula.—Sí… y sin avisar. Pequeña traviesa, casi le hace dar un infarto a su pobre padre.Luz soltó una risa suave y lo atrajo para besarlo.—Eres el hombre más valiente que conozco.Cristian apoyó la frente en la suya.—Valiente nada… me desmayé como un principiante.—Pero la recibiste. Eso no lo hace cualquiera.Él la abrazó con cuidado, protegiéndola como si aún pudiera
El golpe fue seco.Cristian cayó como un árbol talado.Silencio.Un segundo.Dos.Y luego——¡¡¡¡¡¡¡¡CRISTIAAAAAAAAAAAN!!!!!!!Luz intentó incorporarse, pero el cansancio la devolvió contra las almohadas.—¡No se muevan! —ordenó Luciano de inmediato, reaccionando como médico antes que como amigo.Arthur fue el primero en agacharse junto a Cristian.—¡Oye! ¡Hermano! ¡No me hagas esto ahora!Leandro dejó la pequeña bañera a un lado y se arrodilló también.—Se desmayó… nada más —dijo Luciano mientras le revisaba el pulso—. Pulso normal… respiración estable… es un simple desmayo por estrés.Lissandro apareció en la puerta con una sonrisa burlesca.—¿En serio se desmayó después de recibir a su hija?—Cállate —murmuró Arthur—, que tú casi vomitas cuando nació la tuya.Un pequeño gemido salió de Cristian.—¿Ya nació…? —susurró con los ojos cerrados.—Sí, dramático —respondió Luciano—. Y sigues vivo.Cristian abrió los ojos lentamente. Lo primero que vio fue el techo.Lo segundo, cuatro caras m
Cristian corrió hacia el baño como si el suelo se deshiciera bajo sus pies.Luz estaba casi agachada, apoyada en la pared, con el rostro pálido… y un charco de agua a sus pies.—¡Muñequitaaaaa! —su voz salió rota.Luz levantó la mirada hacia él, sudorosa, temblando.—La bebé… la bebé viene…—¡¿QUÉEE?! ¡Si faltan dos semanas!Una contracción la atravesó con violencia. Su cuerpo se dobló y estuvo a punto de caer, pero Cristian la sostuvo justo a tiempo.—Vamos al hospital, ahora mismo —dijo desesperado.Luz negó con la cabeza, respirando con dificultad.—No… no hay tiempo… creo que saldrá ahora…El rostro de Cristian perdió todo color.—¡¿QUÉEEEE?! ¡AUXILIOOOOO!Su grito retumbó en la casa.En cuestión de segundos, Luciano, Lissandro y Arthur aparecieron corriendo.—¿Qué pasa?—¡Luz! ¡Luz está pariendo!—¿Quéeeee?Luciano se abrió paso sin pedir permiso.—Déjenme ver.Cristian intentó bloquearlo instintivamente.—Oye, no le meterás la mano a mi mujer.—¡Córrete, tarado, soy médico! —esp
El aire de la clínica tenía ese olor limpio y frío que a Leandro nunca le había gustado, pero esa mañana todo era distinto. Ya no era el lugar donde sus mujeres habían sufrido, sino el lugar donde sus hijos habían llegado al mundo.—Hermano, esta es la mejor decisión —dijo Lissandro con voz firme mientras miraba por la ventana que daba al jardín —. Que Agatha pase sus diez primeros días en mi mansión, junto a Anna. Así podremos cuidarlas mejor.Leandro asintió lentamente. Tenía las manos en los bolsillos, pero su mirada estaba perdida en el jardín exterior, justo al lado de su gemelo.—Sí… además le temo demasiado a la depresión postparto. Leí que si pasan más tiempo en familia, sostenidas y apoyadas, hay menos riesgo.No era un miedo pequeño. Era uno profundo. Silencioso. De esos que no se dicen mucho, pero que pesan.—¿Cómo has visto a Agatha? —preguntó Lissandro—. ¿Te ha dicho algo?Leandro sonrió apenas.—Nada. Está feliz… cansada, claro, pero feliz. Los mira como si fueran el univ
La enfermera llegó hasta donde estaba Leandro, que permanecía embobado mirando a sus gemelos mientras Agatha dormía profundamente. La habitación estaba en silencio, apenas interrumpido por la respiración suave de ella y los pequeños sonidos que hacían los recién nacidos al acomodarse en sus cunas.—Señor San Marco —susurró la enfermera con delicadeza.Leandro levantó la vista, todavía con los ojos brillantes.—Dígame.—Su hermano pregunta si desea compartir habitación. Así estarán juntas las señoras.Por un segundo miró a Agatha, luego a sus hijos. Sonrió.—Me parece bien.—Está bien, le informaré. En un momento, cuando ella despierte, los cambiaremos.—Está bien, gracias.La enfermera salió sin hacer ruido.Leandro volvió a mirar a Agatha. Se acercó despacio, tomó su mano entre las suyas y apoyó los labios sobre sus nudillos.—Mi niña… no sabes lo feliz que me has hecho. Te entrego mi vida, mi fortuna, mi empresa… te entrego mi alma. Eres todo para mí, mi niña.Besó su mano mientras





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