Annabel no dejaba de mirar la bolsa que Lucía había puesto en sus manos horas antes. Aún le parecía increíble haberse atrevido a comprar algo así: lencería roja, delicada y provocadora, hecha para tentar al hombre que amaba.
Al llegar al departamento, se encontró con las bolsas de ropa nueva apiladas sobre el sofá. Lissandro no estaba. Revisó el teléfono y vio un mensaje.
“Salí a comprar algo para cenar. ¿Te gustaría pollo? Esta noche cocino yo.”
Annabel se llevó la mano a los labios, sorprendi