El sol se filtraba suavemente entre las cortinas, pintando la habitación con tonos dorados y cálidos. El aire estaba impregnado con el aroma inconfundible de dos cuerpos que habían compartido más que caricias: habían compartido secretos sin palabras, promesas en cada gemido, entregas que iban más allá del deseo.
Annabel abrió lentamente los ojos, aún envuelta en el calor de la noche pasada. Lo primero que vio fue el pecho desnudo de su prometido, duro y marcado, respirando acompasadamente. Sus