Mundo ficciónIniciar sesiónPara las mujeres Palacios, el amor no es un sueño, sino una condena. Una antigua leyenda familiar dicta que encontrarán al hombre ideal por partida doble, pero la tragedia las obligará siempre a elegir el camino incorrecto, sellando su destino hacia una soledad amarga. Valentina Palacios ha crecido rodeada de estas crónicas de desamor. Como organizadora de bodas, pasa sus días entre encajes y promesas de "para siempre", pero en su corazón se niega a aceptar el maleficio. Para ella, las historias de su abuela Eloísa son solo miedos heredados. Valentina está decidida a ser la arquitecta de su propia felicidad y a llevar el negocio familiar hacia un éxito sin precedentes. Sin embargo, el destino tiene otros planes. En medio del evento más importante de su carrera para la poderosa Christina Andrews, Valentina conoce a dos hombres que sacuden sus cimientos. Por un lado, Matthew Andrews, el caballero perfecto, un heredero impecable que parece ser el refugio que siempre buscó. Por el otro, Jesse Morgan, un hombre magnético envuelto en sombras y secretos que parece encarnar todo lo que su familia le advirtió evitar. Atrapada entre el deber, la ambición y un deseo que no puede controlar, Valentina descubrirá que en el juego del amor las apariencias engañan: a veces, el lobo viste piel de cordero y el villano es el único capaz de salvarte de una profecía ineludible. ¿Logrará Valentina romper la tradición y escribir su propio final feliz, o descubrirá que la sangre Palacios arrastra una verdad de la que es imposible escapar? Ella no se quedará a esperar su turno en el banquillo de la desdicha; está lista para desafiar al destino.
Leer másBato mi melena castaña en todas direcciones intentando que se comporte, mientras calzo mis pies en unos stilettos color nude y me aplico brillo labial. No hay forma de domarlo, así que lo ato en una coleta alta, dejando algunos mechones sueltos para restarle formalidad. Voy tarde. Tarde para sustituir a mi madre en una reunión con una clienta que, en un descuido impropio de ella, agendó a dos personas al mismo tiempo. No puedo decirle que no a Emilia; en el fondo, ella es el motor de todo esto.
Bajo al salón y encuentro la imagen de siempre: mi abuela, Eloísa, bordando con precisión quirúrgica un encaje de pedrería, y mi madre, Emilia, organizando un caos de revistas y tarjetas. Somos las mujeres Palacios, las dueñas de Daydream Weddings. Mi abuela viste a la novia; mi madre planea el sueño. Y yo, recién graduada en diseño de modas, estoy aquí para demostrarles que podemos ser más que bodas. Esta reunión es mi oportunidad para transformar Daydream Weddings en Daydream Events.
—Valentina, ¿tienes la dirección? —pregunta mi madre sin levantar la vista—. No digas que no a nada. Si piden un imposible, ofréceles la alternativa más lujosa. Si te bloqueas, llámame.
—Todo bajo control, mamá. Lo he repasado mil veces. Siento que la que se va a casar soy yo.
Esa es mi realidad. He crecido entre altares ajenos y banquetes de ensueño, probándome vestidos de novia solo para ayudar a mi abuela con los alfileres. He alimentado el deseo de mi propio "final feliz", pero soy realista: mi radar de candidatos está desierto. Mi última relación fue en el instituto y terminó porque me negué a dar la "prueba de amor". Mi "flor" —como dice mi abuela— sigue esperando al indicado.
—Ya verás que así será, hija —dice mi madre con optimismo—. Llegará un hombre inteligente, de buena familia...
—Y también se le aparecerá el indeseable —interrumpe mi abuela desde su rincón—. Ninguna Palacios escapa al maleficio.
—Por Dios, mamá... —Emilia suspira—. Deja la leyenda. Valentina no va a pasar por eso. Uno atrae lo que piensa, mi niña está destinada a grandes cosas, una buena vida....
—Lo mismo decía yo de ti y no tengo que decirte como terminó.
Emilia se irguió y dedicó a la abuela la mirada más letal de su repertorio, la que siempre salía cuando estaba verdaderamente furiosa, sin embargo sus palabras aunque firmes salieron con total naturalidad, como un discurso aprendido de memoria.
— No es lo mismo Mamá, el padre de Tina falleció en un accidente y no hubo ningún otro. Yo rompí el maleficio.
Escucho un murmullo burlesco salir de la voz de mi abuela más no hago caso, no intervengo. He escuchado esa disputa un millón de veces. Para mí, las brujas y los maleficios pertenecen a los libros, no a la vida real.
Un portazo corta la tensión. Es Camila, mi mejor amiga y la administradora del negocio. Entra como un torbellino.
—Llegas tarde —la regaño, tendiéndole un té.
—Lo siento, Tini, pero es que no saben... —chilla y planta su mano frente a mi cara.
El brillo de la piedra me deja sin aire. Camila está comprometida. De repente, el salón se siente más pequeño. Soy la única soltera, la única sin un plan. Por un segundo, las palabras de mi abuela resuenan en mi cabeza: ¿Y si el maleficio es que yo ni siquiera conoceré a nadie?
—¡Felicidades, Mila! —logro decir, uniéndome al abrazo grupal.
—Tú eres la siguiente, Titi, ya lo verás—dice ella con un guiño—. Te conseguiremos un novio para mi boda. Esta noche salimos de copas para celebrar.
—¿Y tu prometido no se enojará?
—Él será nuestro chófer. ¿Quién crees que nos recogerá cuando el tequila nos impida caminar?
Esa es Mila. Siempre apoyando, siempre sumando.
Pero antes de salir, mi abuela me sujeta la mano. Su mirada es inusualmente seria.
—Cuídate, niña. Lo siento en el pecho. Hoy es la noche: los vas a conocer a los dos. Recuerda: el que parezca el mejor partido, es el equivocado. Las apariencias siempre engañan.
—Tranquila, abuela. Tendré cuidado.
El auto de Mila decidió morir en el peor momento. Estábamos a mitad de la vía, el sol pegaba con fuerza y mi reloj me gritaba que la oportunidad de mi vida se estaba esfumando.
—Debes irte, Valentina —dijo Cami, frustrada y un poco histérica —. No puedo dejar el coche aquí. Busca un Uber. —Dio un manotazo al volante y tomo su celular.
—¡No hay ninguno cerca! —chillé, viendo el mapa vacío en mi teléfono. —Desde que el auto murió estuve pensando en esa opción pero todo parecía jugar en mi contra. — No podemos perder esta cita.
—¡Mira ese! —señaló una camioneta negra imponente con un distintivo en el ventanal.
No lo pensé. El pánico a fallarle a mi madre y a perder mi ascenso pudo más que la lógica. Corrí, abrí la puerta trasera y me desplomé sobre el asiento de cuero, que olía a maderas y cítricos.
—¡Siento la tardanza! Mi madre no me avisó que ya estaba aquí —solté, fingiendo una seguridad que no tenía.
El hombre al volante se giró despacio. Por un segundo, el ruido de la ciudad desapareció. Tenía unos ojos color aguamarina, tan irreales que parecían retocados digitalmente. Su barba de tres días y la forma en que su mandíbula se tensó me dejaron sin aliento.
—Señorita... no estoy en servicio —dijo con una voz grave, peligrosamente sensual—. Se ha confundido de conductor.
Me quedé helada, pero el orgullo (y la desesperación) me obligaron a mantener mi mejor cara de póker.
—¿Cómo dice? —fingí revisar mi celular—. No puede hacerme esto, voy a una reunión de vida o muerte. Por favor —añadí, suavizando el tono.
Él suspiró, mirándome con una mezcla de irritación y una curiosidad que no pudo ocultar. Finalmente, encendió el motor.
—Dígame a dónde va. Si me queda de paso, la llevo. Pero a cambio, tendrá que decirme su nombre.
La negociación terminó en una sonrisa coqueta por su parte y un trato: si llegábamos en diez minutos, le daría mi I*******m.
Mientras sorteaba el tráfico como todo un experto, su mirada conecto con la mía una vez más por el retrovisor, se estaba divirtiendo con mi nervisosismo, se notaba y lo comprobé cuando escuché sus palabras.
—¿Cuál es la prisa, señorita? —preguntó mientras esquivaba el tráfico con una destreza envidiable—. ¿Tan importante es esa reunión como para asaltar el coche de un extraño? — la sonrisa cargada de diversión que mostró envío una descarga eléctrica a mi vientre bajo, no se cómo podía afectarme tanto un desconocido.
—Es mi oportunidad —confesé, y por alguna razón, su mirada por el retrovisor me hizo ser honesta—. Mi familia cree que solo sirvo para seguir sus pasos, pero hoy tengo que demostrar que puedo liderar mi propia división. Si no llego a ver a Christina Andrews, seguiré siendo solo "la hija de la jefa" para siempre. Es mi valía la que está en juego.
Él guardó silencio un momento, y noté cómo su expresión se suavizaba.
—Entiendo lo que es tener que demostrarle algo a una familia que no espera nada de ti —murmuró, casi para sí mismo—. Bien, Valentina. Te llevaré. Pero a cambio, tendrás que aceptarme un café algún día.
No pude evitar reírme, era ingenioso no le quitaba eso. —Ese no era el trato — solo eso dije aunque moría por aceptar su invitación.
—Bueno, tampoco sabía la importancia de la misión—
—Veamos primero que tan temprano llegamos —
Cumplió su promesa. Me dejó frente al hotel más lujoso de la ciudad con una precisión casi militar.
—Me llamo Valentina—le dije, bajando del auto con una elegancia que esperaba que estuviera notando—. Búscame como Tiny Daydream.
Caminé hacia la entrada sintiendo su mirada en mi espalda, pero no tuve tiempo de regodearme. Al entrar al lobby, el destino decidió que un encuentro no era suficiente. Iba tan distraída que choqué de frente contra un muro de tela fina y músculos firmes. Unos brazos fuertes me sostuvieron antes de que mis stilettos me traicionaran.
—Lo siento mucho —balbuceé, roja de vergüenza.
Me encontré de frente con unos ojos azules profundos y un traje que gritaba "millonario". El tipo parecía esculpido por un artista.
—No pasa nada, yo también venía en las nubes —respondió con una sonrisa perfecta—. ¿Estás bien?
—Sí, gracias a usted.
—¿Tan anciano me veo para que me hables de "usted"? —rio—. Me llamo Matt. ¿Qué tal un café para compensar el susto?
—Lo siento, voy tarde.
—Lastima, para luego será.
Ambos seguimos nuestros caminos, sin embargo mientras entraba al elevador fue inevitable pensar qué en menos de veinte minutos, dos hombres espectaculares habían invadido mi espacio.
Una punzada de inquietud me recorrió la espalda al recordar a mi abuela: "Hoy es la noch
e, los vas a conocer a los dos".
¿Sería posible? ¿O simplemente era el azar burlándose de las mujeres Palacios?
La antigua Hacienda Palacios nunca se había visto tan viva, y a la vez, tan intimidante. El aire, que usualmente olía a tierra seca y a la nostalgia de los tiempos mejores de mi abuela Eloísa, ahora estaba saturado por el aroma del pino recién cortado, gardenias frescas traídas de Holanda y el barniz que los decoradores aplicaban a las estructuras de mesa.Mila y yo éramos dos generales en un campo de batalla de seda y cristal, coordinando a cincuenta personas mientras el reloj avanzaba implacable hacia la medianoche. El lugar, que por años había sido un refugio familiar algo descuidado, se estaba transformando en un bosque encantado bajo mis órdenes. Era irónico: estaba usando la herencia de mis antepasados para impresionar a la mujer que, según mi madre, era el mismo demonio.— Titi, si vuelvo a ver un mantel con una sola arruga, juro que voy a sentarme en esa fuente y a llorar hasta que se inunde el jardín —suspiró Mila, abanicándose con una de las pesadas carpetas de diseño. Su ti
Los días siguientes a nuestro encuentro en el club fueron un torbellino. Jesse no perdió el tiempo; me envió flores al estudio con notas que me hacían sonreír, me llamó cada noche y, contra todo pronóstico, logró colarse en cada minuto libre de mi apretada agenda. La promesa que nos hicimos bajo la luna de Miami en su club se estaba cumpliendo, y cada encuentro era como un capítulo más emocionante que el anterior. En mi mente, él era simplemente Jesse, el dueño de locales nocturnos con ojos de océano, mi refugio personal lejos de las exigencias de la empresa y de las sombras de mi madre.Nuestra primera "cita oficial" fue improvisada, como todo lo bueno en la vida. Después de una jornada maratónica organizando proveedores para la que yo creía que sería la boda de unos desconocidos llamados Haywood, Jesse me llamó. Mi voz debía sonar agotada, porque su primera palabra fue: "Necesitas el mar".Y así fue como, a las cinco de la mañana del sábado, me encontré sentada en el asiento del cop
El trayecto en el auto fue un torbellino de emociones. Mila (Camila) no paraba de moverse en el asiento del copiloto, ajustándose la tiara de "Novia" que brillaba bajo las luces de neón de Miami. Yo, por el contrario, apretaba el volante con fuerza, sintiendo todavía el ardor de las palabras de mi madre en el pecho.— Titi, relaja los hombros —dijo Mila suavemente, usando el apodo que solo ella y mi abuela tenían permitido—. Vas a romper el volante y apenas estamos empezando la noche.— Es que no puedo creer que me llamara principiante, Mila. Después de todo lo que hemos hecho por Daydream. Fue... cruel.Mila suspiró, buscando las palabras adecuadas. Ella odiaba los conflictos casi tanto como amaba las fiestas.— Escucha, Titi, sabes que estoy contigo al cien por ciento. Lo que dijo dolió, y estuvo mal, muy mal. Pero... ¿no te pareció raro? Tía Emilia no es así. Estaba pálida, como si hubiera visto un fantasma. Creo que no es que no confíe en ti, es que algo de esa mujer, de la tal Ch
El silencio que siguió al portazo de la habitación de Emilia no era un silencio de paz, sino uno cargado de electricidad estática, del tipo que precede a los huracanes en el Caribe. En la planta alta, el eco de los preparativos de Valentina y Camila funcionaba como un metrónomo de la ansiedad: el golpe de un frasco de perfume sobre el tocador, el abrir y cerrar de armarios, y esas risas nerviosas que solo tienen las mujeres cuando saben que están a punto de desafiar al mundo.Abajo, en la cocina de azulejos blancos y aroma a lavanda, Emilia Palacios permanecía inmóvil frente al fregadero. Sus manos, las mismas que habían bordado miles de sueños ajenos en encaje y tul, temblaban de forma imperceptible. No estaba lavando nada; simplemente dejaba que el agua fría corriera sobre sus dedos, tratando de apagar el incendio que sentía en la sangre.Eloísa entró en la estancia con la parsimonia de quien ha visto caer imperios. No encendió la luz principal; la penumbra del atardecer de Miami
Emilia había tenido razón cuando describió a la clienta. Solamente cuando me hicieron subir a una suite privada en el corazón de Brickell, supe que Christina Andrews era de esas personas que no admitiría jamás mezclarse con la plebe y que nos borraría del mapa al mínimo error. Repasé mi apariencia en el espejo del lujoso ascensor. Gracias a Dios había optado por lucir uno de los modelitos de mi abuela Eloísa: un vestido ajustado de corte recto color rosa palo que, junto al blazer blanco y un cinturón nude, me daban un aspecto elegante y profesional. Mi cabello rizado siempre desentona un poco con la rigidez estética de Miami, pero el recogido me daba la presencia necesaria para mis veintiséis años.Las puertas de la lujosa caja se abrieron dejándome en una estancia que gritaba "dinero antiguo". El mármol pulido brillaba como diamantes y las paredes crema con apliques dorados creaban una atmósfera casi irreal. Pero lo más impresionante era la vista; la última pared había sido reemplaza
Bato mi melena castaña en todas direcciones intentando que se comporte, mientras calzo mis pies en unos stilettos color nude y me aplico brillo labial. No hay forma de domarlo, así que lo ato en una coleta alta, dejando algunos mechones sueltos para restarle formalidad. Voy tarde. Tarde para sustituir a mi madre en una reunión con una clienta que, en un descuido impropio de ella, agendó a dos personas al mismo tiempo. No puedo decirle que no a Emilia; en el fondo, ella es el motor de todo esto.Bajo al salón y encuentro la imagen de siempre: mi abuela, Eloísa, bordando con precisión quirúrgica un encaje de pedrería, y mi madre, Emilia, organizando un caos de revistas y tarjetas. Somos las mujeres Palacios, las dueñas de Daydream Weddings. Mi abuela viste a la novia; mi madre planea el sueño. Y yo, recién graduada en diseño de modas, estoy aquí para demostrarles que podemos ser más que bodas. Esta reunión es mi oportunidad para transformar Daydream Weddings en Daydream Events.—Valenti





Último capítulo