La mañana del evento amaneció con una luz dorada y pesada, de esas que prometen un calor sofocante en Miami. Apenas había dormido tres horas cuando un golpe firme en la puerta de la casa de huéspedes me sobresaltó. No era Mila, ni Allan. Era una de las asistentes personales de Christina con una nota escrita en papel de hilo: "Desayuno en la terraza este. 8:30 a.m. No falte".
— Es una orden, no una invitación —murmuró Mila, asomándose por encima de mi hombro mientras terminaba de trenzar su cabe