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CAPÍTULO V — La Promesa del Alba

Los días siguientes a nuestro encuentro en el club fueron un torbellino. Jesse no perdió el tiempo; me envió flores al estudio con notas que me hacían sonreír, me llamó cada noche y, contra todo pronóstico, logró colarse en cada minuto libre de mi apretada agenda. La promesa que nos hicimos bajo la luna de Miami en su club se estaba cumpliendo, y cada encuentro era como un capítulo más emocionante que el anterior. En mi mente, él era simplemente Jesse, el dueño de locales nocturnos con ojos de océano, mi refugio personal lejos de las exigencias de la empresa y de las sombras de mi madre.

Nuestra primera "cita oficial" fue improvisada, como todo lo bueno en la vida. Después de una jornada maratónica organizando proveedores para la que yo creía que sería la boda de unos desconocidos llamados Haywood, Jesse me llamó. Mi voz debía sonar agotada, porque su primera palabra fue: "Necesitas el mar".

Y así fue como, a las cinco de la mañana del sábado, me encontré sentada en el asiento del copiloto de un descapotable negro, el cabello alborotado por la brisa y un café humeante en la mano. Jesse conducía hacia la costa, bajo un cielo que apenas empezaba a teñirse de rosa y naranja.

— No puedo creer que me hayas arrastrado fuera de la cama a esta hora, Jay —dije, bostezando, pero sin poder borrar la sonrisa de mi rostro. La emoción de su compañía disipaba cualquier rastro de cansancio.

— No te arrastré. Te rescaté, Valentina —respondió con esa sonrisa ladeada que ya empezaba a ser mi debilidad—. La jefa de Daydream necesita inspiración, y no hay mejor musa que un amanecer en el Atlántico. Además, te prometí que no te dejaría escapar tan fácilmente.

Llegamos a una playa solitaria, casi virgen, donde solo el sonido de las olas rompía el silencio. Jesse apagó el motor y nos bajamos del auto. La arena estaba fría bajo mis pies descalzos, y el aire era fresco y puro. Él había traído una manta y una canasta de pícnic. En pocos minutos, estábamos sentados en la arena, viendo cómo el sol comenzaba a asomar en el horizonte.

— Esto es… perfecto —murmuré, apoyando la cabeza en su hombro. El calor de su piel a través de la tela de su camiseta era reconfortante.

— Solo el principio, Valentina.

Abrimos la canasta. Había fruta fresca, yogures y unos croissants que olían a gloria. Comimos despacio, compartiendo anécdotas, riéndonos de las ocurrencias de Mila y Braulio, de las excentricidades de los clientes. Hablar con Jesse era fácil, natural. Era como si lo conociera de toda la vida, como si nuestras almas hubieran estado esperando encontrarse en esa playa solitaria.

— ¿Y tú? —pregunté, interrumpiendo un silencio cómodo—. ¿No tienes un imperio que manejar o un equipo de "taxistas" que supervisar?

Él se rió, su mirada de océano brillando con la luz del sol naciente.

— Mi equipo sabe manejar las cosas. Y sí, tengo negocios, pero también sé cuándo el trabajo puede esperar. La vida es para vivirla, no solo para construirla. Me gusta el riesgo, Valentina. Me gusta lo que es auténtico, y tú eres la mujer más auténtica que he conocido en esta ciudad de plástico.

— Mi madre no estaría de acuerdo con eso —dije, y por un momento la sombra de la conversación con Emilia me rozó—. Ella cree que el éxito es el único escudo contra el dolor. Supongo que tiene sus razones… fantasmas del pasado, el supuesto maleficio de la familia…

Jesse me escuchó con atención, sin interrumpir. Cuando terminé, me tomó la mano y entreló sus dedos con los míos.

— Los fantasmas solo tienen poder si los dejas salir de tu armario. Y las maldiciones… las maldiciones solo se rompen cuando alguien se atreve a no creer en ellas. Yo no creo en el destino escrito por otros, Valentina. Yo creo en lo que estamos construyendo nosotros aquí, ahora.

Su seriedad me desarmó. Era más que solo un chico guapo; había una profundidad en él, una vulnerabilidad que me atraía aún más. El sol ya había subido completamente, tiñendo el mar de un azul deslumbrante.

— ¿Sabes? —dijo, rompiendo el silencio—. A veces me gustaría simplemente desaparecer. Dejar los locales, las empresas, las expectativas de mi familia... y perderme en un sitio como este.

— ¿Tu familia es muy exigente? —pregunté, sin imaginar ni por un segundo de quiénes estaba hablando.

— Mi tía... ella es el centro de todo. Es una mujer que no acepta un "no" por respuesta. Me crió para ser un soldado de su ejército, pero yo siempre he preferido ser un desertor. —Se encogió de hombros, restándole importancia—. Pero no hablemos de ellos. Prefiero hablar de nosotros.

Se inclinó hacia mí, su aliento cálido en mi cuello, haciéndome olvidar cualquier pregunta sobre su apellido o su pasado.

— ¿Sabes lo que quiero ahora mismo, Valentina?

— ¿Un segundo desayuno? —pregunté, riendo para ocultar el ritmo acelerado de mi corazón.

— No. —Su mano subió por mi espalda, acariciando la piel desnuda que dejaba ver mi blusa—. Quiero hacer esto.

Y sin más preámbulos, sus labios encontraron los míos. El beso fue lento al principio, una caricia suave que se intensificó con cada segundo. Sus dedos acariciaron mi mejilla, luego subieron por mi cuello hasta enredarse en mis rizos. Mis manos buscaron su nuca, mis dedos enredándose en su cabello suave. La boca de Jesse sabía a café y a promesa, a algo nuevo y excitante que me quemaba la piel.

Él me tumbó suavemente sobre la manta, sin romper el beso. Su cuerpo se acopló al mío, una sinfonía perfecta que me hizo sentir que siempre había estado esperando ese momento. La arena se hundía ligeramente bajo nosotros, el sol nos calentaba la piel y el sonido de las olas se convirtió en la banda sonora de nuestra intimidad. El beso se hizo más ardiente, sus manos explorando cada curva de mi cuerpo, cada punto de mi piel que se erizaba bajo su tacto. No había prisa, solo la urgencia de sentirnos, de devorarnos con los labios, con las caricias.

Me separé apenas unos centímetros, con la respiración entrecortada.

— Jesse… —jadeé, mirándolo a los ojos. Esos ojos de océano que me tenían completamente hipnotizada.

— Valentina… —susurró él, y el sonido de mi nombre en su boca era una caricia más. Volvió a besarme, esta vez con una pasión que me dejó sin aliento. Mi cuerpo se tensó y se relajó bajo el suyo, respondiendo a cada uno de sus movimientos, a cada roce. Era una danza salvaje y tierna a la vez, una exploración mutua de deseo y de algo más profundo que apenas empezábamos a desentrañar.

Nos besamos hasta que el sol estuvo alto en el cielo, hasta que nuestros labios estuvieron hinchados y nuestros cuerpos completamente entrelazados. Cuando finalmente nos sentamos de nuevo, el mundo parecía vibrar a nuestro alrededor.

— No me preguntes cómo lo sé —dijo Jesse, su voz un poco ronca, mientras me ayudaba a apartar la arena de mi cabello—. Pero sé que eres esa mujer. La que estaba esperando toda mi maldita vida. Lo supe desde el momento en que corriste hacia ese auto.

Yo solo pude sonreír. Mi corazón estaba a punto de estallar de la emoción. Era como si cada beso con él me hubiera recargado de energía.

— No te vayas hoy —dijo él, abrazándome con fuerza—. Quédate conmigo.

— Tengo que ir a la hacienda, Jay. La señora Andrews... perdón, la señora Haywood llega pronto y tengo que supervisar el montaje de las habitaciones. Es el contrato más importante de mi vida.

— El trabajo puede esperar, Valentina.

— No este trabajo. Si lo hago bien, Daydream llegará a lo más alto.

Jesse me miró con una expresión extraña, una mezcla de orgullo y algo que no supe descifrar. Me besó una última vez, con una intensidad que se sintió como una despedida, aunque yo pensaba que era solo un "hasta luego".

— Ve entonces. Haz que ese evento sea legendario. Pero recuerda, Valentina... pase lo que pase, lo que sentimos en esta playa es lo único que es real.

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