Mundo de ficçãoIniciar sessãoCuando el amor se compra con cien millones de dólares, ¿el corazón tiene precio? Maxton Vega lo tiene todo: poder, riqueza, una empresa que domina el mercado. Pero cuando su esposa muere en los brazos de su amante, su mundo perfecto se desmorona. Su hija Rubi, de seis años, no puede saber la verdad. Necesita una madre. Y Maxton está dispuesto a pagar lo que sea necesario para dársela. Cien millones de dólares. Ese es el precio de un rostro. Karla Jiménez es una traductora sin futuro, atrapada entre la pobreza y la desesperación por salvar a su padre de la cárcel. Cuando el CEO más poderoso de la ciudad le ofrece una fortuna, cree que es un sueño. Hasta que descubre el costo: debe someterse a cirugía plástica completa para convertirse en el clon de su esposa muerta. Cinco años viviendo como el fantasma de otra mujer. Cinco años siendo madre de una niña que no es suya. Cinco años durmiendo junto a un hombre que la mira con deseo pero la llama por el nombre de otra. La transformación es brutal: meses de cirugías que borran su rostro original, entrenamiento obsesivo para copiar cada gesto, cada palabra, cada suspiro de una mujer que nunca conoció. Karla Jiménez muere lentamente, y en su lugar nace Rebeca Vega. Pero cuando Rubi corre a sus brazos gritando "¡Mamá!" con lágrimas de alegría, cuando Maxton la mira con una hambre que va más allá del contrato, Karla descubre algo aterrador: vendió su rostro por dinero, pero está entregando su corazón sin querer.
Ler maisLa habitación del hotel apestaba a perfume barato y traición. Rebeca había dejado caer su vestido de diseñador sobre la alfombra manchada, mientras sus labios rojos recorrían el torso desnudo de Damián con una desesperación que jamás había mostrado en su propia cama matrimonial. El hombre gimió, enredando sus dedos en el cabello rubio que Maxton había pagado en el salón más exclusivo de la ciudad, mientras ella descendía lentamente, con una sonrisa que prometía absolución para todos sus pecados compartidos.
—Te extrañé tanto —susurró Damián, con la voz quebrada por algo que podría haber sido amor o simplemente adicción.
Rebeca no respondió. Su boca estaba demasiado ocupada cumpliendo promesas que nunca debió hacer.
El teléfono de Maxton vibró a las 11:47 de la noche, interrumpiendo la revisión de contratos que mantenía su mente alejada de la ausencia de su esposa. El mensaje brilló en la pantalla con la frialdad de una sentencia de muerte: "Señor Vega, lamentamos informarle que su esposa ha fallecido inesperadamente. Necesitamos que acuda de inmediato al Hospital General San Rafael para la identificación del cuerpo." Las palabras tardaron tres segundos completos en atravesar la barrera de incredulidad que rodeaba su cerebro. Después, el mundo se inclinó violentamente hacia un lado.
Maxton condujo como un hombre poseído, el Maserati negro atravesando semáforos en rojo mientras las luces de la ciudad se difuminaban en franjas de color. El rugido del motor italiano era lo único que mantenía su mente anclada a la realidad mientras su cerebro se negaba a procesar la información, repitiéndola una y otra vez como un disco rayado: Rebeca. Muerta. Imposible. Rebeca. Muerta. No puede ser.
El hospital olía a desinfectante y desesperanza. Una enfermera de rostro cansado lo guió por pasillos blancos e interminables hasta una sala en el sótano donde el aire era más frío, más pesado, cargado con el peso de todos los finales que había presenciado. La sábana blanca cubría el cuerpo con una precisión casi obscena. Pero lo que detuvo el corazón de Maxton no fue la forma femenina debajo de la tela, sino la mano masculina que aún la sujetaba con fuerza, los dedos entrelazados con los de su esposa en un gesto de intimidad que le atravesó las costillas como un cuchillo al rojo vivo.
—Señor Vega —la voz del Dr. Navarro sonó a sus espaldas, profesional y distante—. Lamento profundamente su pérdida. Soy el médico forense encargado del caso.
Maxton no podía apartar los ojos de esas manos unidas. Incluso en la muerte, Rebeca había elegido a otro. La detective Morales apareció junto al médico, con una carpeta en las manos y una expresión que había perfeccionado tras años de dar malas noticias. Era una mujer de mediana edad, con el cabello recogido en un moño severo y ojos que habían visto demasiado.
—Señor Vega, necesitamos hablar sobre las circunstancias del fallecimiento —dijo ella, abriendo la carpeta—. Los resultados preliminares indican que el hombre junto a su esposa es Damián Cortés, un antiguo conocido de la señora Vega. El señor Cortés enfrentaba cargos por fraude fiscal y malversación de fondos. Según nuestras investigaciones, intentó suicidarse mediante la inhalación de monóxido de carbono en un vehículo cerrado.
Las palabras golpeaban como puños. Cada sílaba era un nuevo nivel de humillación.
—Los registros telefónicos muestran que el señor Cortés contactó a su esposa repetidamente durante las últimas setenta y dos horas —continuó la detective, con la voz deliberadamente neutral—. En su último intercambio de mensajes, él le suplicó que lo viera una última vez antes de... terminar con todo. Su esposa accedió.
El Dr. Navarro carraspeó incómodo antes de añadir: —La autopsia revela que mantuvieron relaciones sexuales antes del deceso. También encontramos restos de ketamina y MDMA en el sistema de la señora Vega. Creemos que el señor Cortés la drogó sin su conocimiento completo, posiblemente con la intención de convencerla de acompañarlo en un pacto suicida. Ella perdió la consciencia y murió por envenenamiento con monóxido de carbono. No sufrió, si eso le sirve de consuelo.
¿Consuelo? Maxton quería reír, pero el sonido se atascó en su garganta como cristal molido. Su esposa lo había traicionado hasta el último aliento, follando con su amante antes de morir en sus brazos. La perfección trágica de todo aquello era casi artística.
La expresión de Maxton mutó lentamente. El dolor inicial —ese puñetazo de incredulidad y agonía— se deslizó como cera derretida, revelando algo más frío debajo. Algo vacío. Una resignación tan profunda que la detective Morales retrocedió instintivamente un paso.
—Entiendo —dijo él finalmente, con una voz que no parecía la suya—. ¿Qué necesitan que firme?
Antes de que pudieran responder, su teléfono vibró nuevamente. La pantalla mostraba el nombre de la maestra Sofía, del preescolar Arcoíris donde estudiaba Rubi. Maxton contestó con manos temblorosas.
—Señor Vega, disculpe que lo moleste a esta hora —la voz de la maestra sonaba preocupada—. Rubi no asistió hoy a clases y no pudimos contactar a la señora Vega en todo el día. ¿Está todo bien?
El mundo se detuvo nuevamente. En medio del tsunami de traición y muerte, había olvidado completamente a su hija.
—Voy para allá ahora mismo —logró articular antes de colgar. Se giró hacia la detective Morales con una urgencia que hizo que la carpeta temblara en sus manos. —Mi hija. Está sola en casa. Tengo que irme.
Marcó rápidamente a Marcos, su asistente personal, mientras salía corriendo del hospital. —Marcos, encárgate de todo. El funeral, los papeles, todo. Mi esposa ha muerto. Necesito llegar a casa ahora.
No esperó respuesta. El Maserati atravesó la ciudad nuevamente, esta vez con un tipo diferente de terror apretándole el pecho. La puerta de su penthouse se abrió con un clic que resonó como un disparo. La sala estaba a oscuras, demasiado silenciosa para una casa donde vivía una niña de seis años. Maxton encendió las luces mientras gritaba: —¡Rubi! ¡Princesa, papá ya llegó!
Un sollozo ahogado llegó desde el dormitorio principal. Corrió hacia allá y encontró la puerta cerrada con llave desde fuera. Sus manos temblaron mientras buscaba la copia de emergencia en su llavero. Cuando finalmente abrió, la escena destrozó lo poco que quedaba de su corazón.
Rubi estaba acurrucada en una esquina, entre la cama y la pared, con su pijama de unicornios manchado de lágrimas. Tenía los ojos hinchados y rojos, el cabello oscuro enredado, y en su regazo sostenía un plato vacío que olía levemente a cereal rancio. Había estado llorando tanto tiempo que apenas podía respirar.
—¡Papi! —gritó la niña antes de lanzarse a sus brazos con una desesperación que le rompió algo fundamental dentro del pecho.
Maxton la alzó y la apretó contra él mientras las lágrimas de Rubi empapaban su camisa de mil dólares. La furia que había mantenido contenida durante toda la noche explotó finalmente, caliente y destructiva. Rebeca la había encerrado. Su propia madre había dejado a su hija de seis años encerrada en un cuarto sin comida, sin agua, sin forma de salir, porque tenía una cita con su amante. Porque una niña estorbaba para follar con un hombre que planeaba matarla.
—¿Dónde está mami? —sollozó Rubi contra su cuello—. No vino en todo el día. Tengo hambre, papi. Intenté abrir la puerta, pero no pude. Tenía mucho miedo.
Maxton cerró los ojos con fuerza mientras la cargaba hacia la cocina, sintiendo cómo cada palabra era un nuevo clavo en el ataúd de su matrimonio fallido.
—Mami tuvo que irse de viaje, princesa —susurró, odiándose por la mentira, pero sin saber qué más decir—. Un viaje muy largo para el trabajo. Pero papá está aquí ahora. Siempre voy a estar aquí.
Mientras preparaba un sándwich con manos mecánicas y veía a su hija devorar la comida con hambre desesperada, una decisión comenzó a solidificarse en su mente. Fría. Clara. Absoluta. Rubi necesitaba una madre. Una madre que la amara, que la cuidara, que nunca jamás la abandonara por un polvo rápido con un criminal desesperado. Si Rebeca no pudo ser esa madre, entonces él encontraría a alguien que sí pudiera. Aunque tuviera que comprarla. Aunque tuviera que crearla desde cero.
Su teléfono vibró con un mensaje de Marcos: "Funeral programado para el viernes. ¿Alguna instrucción especial?" Maxton miró a Rubi, quien finalmente se había quedado dormida en su regazo con las mejillas aún húmedas. Escribió rápidamente: "Funeral privado. Sin fotos de la difunta. Sin prensa. Y encuentra la forma de mantener esto fuera de los medios. La imagen de Vega Industries no puede verse comprometida por las circunstancias... vergonzosas de su muerte."
Luego añadió: "And Marcos... necesito que inicies una búsqueda. Confidencial. Nadie puede saber de esto. Te daré los detalles mañana."
La ciudad brillaba al otro lado del ventanal mientras un plan imposible comenzaba a tomar forma en su mente fracturada. —Te prometo algo, princesa —susurró contra su cabello—. Vas a tener la madre que mereces. Cueste lo que cueste.
La tarde trajo una distracción bienvenida en forma de Elena Martínez y Lucas apareciendo en la puerta del penthouse.Karla había mencionado casualmente durante su última conversación en el parque que los domingos eran días lentos para ellas, y Elena—con esa calidez genuina que Karla había llegado a apreciar—había sugerido una "playdate" improvisada.—Espero que no te importe que nos presentemos sin avisar —dijo Elena mientras Karla las guiaba hacia el interior—. Lucas no ha dejado de hablar de Rubi desde la fiesta de ayer.—Para nada —respondió Karla, genuinamente feliz de ver a alguien que no conocía todos sus secretos—. Rubi estará emocionada.Los niños desaparecieron inmediatamente hacia la habitación de Rubi, dejando a las dos mujeres en la cocina donde Karla preparó café mientras Elena admiraba la vista.—Este lugar es... impresionante —comentó Elena, aunque su tono era más observación que envidia—. Debe ser difícil no sentirse un poco... aislada aquí arriba. Tan lejos de todo.K
El domingo amaneció con una quietud engañosa que Karla había aprendido a desconfiar. Después de la revelación de Marcos el día anterior sobre Diana Salazar y los diez millones de dólares que Maxton había autorizado para comprar su silencio, Karla había pasado la mayor parte del sábado en un estado de vigilancia tensa, esperando que el teléfono sonara de nuevo con amenazas renovadas.Pero no había pasado nada. Ninguna llamada. Ningún mensaje. Ningún sedán negro en el espejo retrovisor cuando Vicente la llevó a recoger a Rubi de una fiesta de cumpleaños en la tarde.El silencio era casi peor que la amenaza directa. Porque significaba que Diana estaba pensando. Calculando. Decidiendo si diez millones de dólares eran suficientes o si podía exprimir más de la situación.Karla estaba en la cocina preparando el desayuno dominical—panqueques con fresas, el favorito de Rubi—cuando escuchó pasos descendiendo las escaleras. Asumió que era la niña, despierta temprano con esa energía inagotable de
La noche cayó sobre el penthouse con una crueldad particular. Karla yacía en su cama, incapaz de dormir, cada sonido amplificado por su estado de hipervigilancia. El zumbido del aire acondicionado. El susurro distante del tráfico. Los crujidos normales de un edificio grande asentándose.Eran las 11:47 PM cuando escuchó la puerta principal abrirse. Pasos en el mármol. Maxton había llegado a casa.Karla se quedó completamente inmóvil, escuchando. ¿Iría a su habitación? ¿Dirían finalmente algo sobre lo que había pasado? ¿O la ignoraría como había estado haciendo durante días?Los pasos se detuvieron. Hubo un silencio largo. Y luego, inesperadamente, se dirigieron hacia su puerta.El corazón de Karla comenzó a latir con una cadencia frenética. Escuchó el pomo girarse suavemente, probándolo. Cerrado con llave. Hubo otra pausa, y luego un golpe suave.—Karla.Su voz. La primera vez que la había llamado por su nombre real desde aquella mañana en la oficina cuando casi había reconocido la ver
El mundo de Karla se detuvo. El teléfono casi se le cae de las manos. Su boca se secó instantáneamente mientras sentía como si alguien le hubiera vaciado los pulmones de aire.—No sé de qué hablas —mintió, pero su voz sonaba hueca incluso para sus propios oídos.Una risa burlona atravesó la línea telefónica como un látigo.—Claro que lo sabes. Karla Jiménez, veintinueve años, traductora independiente, hija del alcohólico Ernesto Jiménez. La mujer que firmó un contrato de cien millones de dólares para convertirse en el fantasma de una esposa muerta. —La voz hizo una pausa deliberada, saboreando cada palabra—. ¿Te suena familiar ahora?Karla se tambaleó hacia atrás hasta que su espalda chocó con el refrigerador de acero inoxidable. Sus piernas amenazaban con ceder bajo su peso mientras el horror la inundaba en oleadas cada vez más intensas.—¿Qué quieres? —logró articular finalmente, su voz apenas un susurro.—De momento, solo que sepas que sé quién eres realmente. Que sé que eres una i
El primer indicio de que algo estaba terriblemente mal llegó un martes por la tarde, tres días después de aquella noche que Karla había estado tratando de no pensar pero que se reproducía en su mente durante cada momento de quietud.Había llevado a Rubi a su clase de ballet—una actividad nueva que la niña había pedido tímidamente y que Karla había inscrito inmediatamente, incapaz de negarle nada que la hiciera feliz. El estudio de danza estaba a quince minutos del penthouse, en un edificio renovado que olía a madera pulida y ambición maternal.Karla esperaba en el estacionamiento, como siempre, observando a través de las ventanas de vidrio mientras Rubi intentaba seguir los movimientos de la instructora con una torpeza encantadora que hacía que algo cálido floreciera en su pecho. La clase duraba una hora, y Karla normalmente usaba ese tiempo para responder emails o simplemente sentarse en silencio, disfrutando de un momento raro de paz.Pero ese martes, mientras verificaba su teléfono
Karla finalmente se retiró a su habitación a las 9:30 PM, exhausta de maneras que iban mucho más allá de lo físico. Se sentó en el borde de su cama—las sábanas ya habían sido cambiadas por Rosa en algún momento durante el día, eliminando toda evidencia física de lo que había ocurrido allí la noche anterior—y miró sus manos.Estas manos habían hecho reír a Rubi hoy. Habían resuelto problemas de matemáticas y trenzado cabello y preparado sándwiches con notas de amor. Habían sostenido los columpios en el parque y limpiado rodillas raspadas y sostenido libros de cuentos hasta que los ojos de Rubi se cerraron en sueño pacífico.Pero también habían firmado un contrato para vivir una mentira. Habían aceptado cien millones de dólares para convertirse en fantasma. Habían permitido que las tocaran, las usaran, las marcaran por un hombre que nunca las vería como realmente eran.El pensamiento devastador que había estado evitando todo el día finalmente se permitió formarse completamente en su men





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