El aire dentro del almacén era denso, impregnado de una humedad salina que se me pegaba a la garganta como el miedo. Frente a mí, Christina Andrews no era más que una carcasa de odio, una sombra deforme de la mujer que una vez reinó en los salones de Miami. Sus cicatrices, rojas y rugosas bajo la luz parpadeante, eran el mapa de su propia autodestrucción, pero sus ojos... sus ojos conservaban una lucidez maníaca que me advertía que cualquier movimiento en falso sería el último.
— Mírate, Emilia