La antigua Hacienda Palacios nunca se había visto tan viva, y a la vez, tan intimidante. El aire, que usualmente olía a tierra seca y a la nostalgia de los tiempos mejores de mi abuela Eloísa, ahora estaba saturado por el aroma del pino recién cortado, gardenias frescas traídas de Holanda y el barniz que los decoradores aplicaban a las estructuras de mesa.
Mila y yo éramos dos generales en un campo de batalla de seda y cristal, coordinando a cincuenta personas mientras el reloj avanzaba implaca