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Capitulo VI - Las piezas del tablero

La antigua Hacienda Palacios nunca se había visto tan viva, y a la vez, tan intimidante. El aire, que usualmente olía a tierra seca y a la nostalgia de los tiempos mejores de mi abuela Eloísa, ahora estaba saturado por el aroma del pino recién cortado, gardenias frescas traídas de Holanda y el barniz que los decoradores aplicaban a las estructuras de mesa.

Mila y yo éramos dos generales en un campo de batalla de seda y cristal, coordinando a cincuenta personas mientras el reloj avanzaba implacable hacia la medianoche. El lugar, que por años había sido un refugio familiar algo descuidado, se estaba transformando en un bosque encantado bajo mis órdenes. Era irónico: estaba usando la herencia de mis antepasados para impresionar a la mujer que, según mi madre, era el mismo demonio.

— Titi, si vuelvo a ver un mantel con una sola arruga, juro que voy a sentarme en esa fuente y a llorar hasta que se inunde el jardín —suspiró Mila, abanicándose con una de las pesadas carpetas de diseño. Su tiara de "novia" seguía puesta, aunque ya un poco ladeada por el ajetreo.

— No llores, que el maquillaje no es a prueba de agua y hoy tienes que estar perfecta cuando llegue Braulio —le respondí, aunque mi propio nivel de estrés estaba por las nubes. Mis manos no dejaban de revisar la lista de tareas en la tablet, buscando cualquier error que Christina pudiera usar en mi contra.

En ese momento, Allan apareció cruzando el jardín principal. Su presencia era un bálsamo; caminaba con una elegancia que desafiaba el calor pegajoso de Miami y la humedad que empezaba a subir desde la costa. Traía dos botellas de agua helada y esa sonrisa cómplice que ya se había convertido en nuestra señal de tregua.

— Mis guerreras favoritas. Tomen, antes de que se deshidraten y Christina me culpe por tener un personal "marchito" en la entrada —dijo Allan, entregándonos las botellas. Su voz era suave, pero sus ojos vigilaban cada rincón con una eficiencia militar.

— Eres un ángel, Allan —Mila le dio un beso rápido en la mejilla—. ¿Cómo va la logística de los invitados? Siento que si llega un coche más sin avisar, voy a colapsar.

— Un caos controlado, mi querida Mila. Los padres de Elara, los señores Haywood, ya están instalados en el ala oeste de la hacienda. Son gente de dinero viejo, de esos que no hacen ruido pero cuya mirada te pesa en la nuca. Pero prepárense —Allan bajó la voz y se acercó más a nosotras, en un gesto de lealtad que ya no era solo profesional—, porque la "avanzada" de los Andrews ya está cruzando el portón. Sophie y Matthew acaban de bajar de sus autos.

— ¿Matthew? —pregunté, sintiendo un cosquilleo de nervios. Era el nombre que Allan había mencionado con más cautela—. ¿El imán de problemas?

— El mismo. Pero escúchame bien, Valentina —Allan me tomó suavemente del antebrazo, su mirada era protectora—. Matthew tiene un radar infalible para las mujeres hermosas y con carácter, y tú hoy, con ese brillo de jefa que traes, estás en su punto de mira. No dejes que su encanto de "niño grande con billetera infinita" te distraiga. Si se pone muy intenso, solo mírame y yo inventaré una crisis de catering que requiera tu presencia inmediata.

— Gracias, Allan. De verdad —le sonreí. En poco tiempo, él se había convertido en el tercer pilar de nuestro equipo. Sentía que podía confiar en él, algo extraño en este mundo de apariencias.

Mientras Mila subía a las habitaciones principales para verificar que las sábanas de hilo tuvieran el aroma a lavanda exacto que exigía el contrato, yo me dirigí hacia la cocina. Al salir por el pasillo que conectaba el patio interior con la biblioteca, me topé de frente con ella.

Era una adolescente de unos diecisiete años. Tenía una melena de rizos oscuros e indomables que me recordó instantáneamente a los míos cuando tenía su edad. Pero lo que me detuvo en seco fueron sus ojos: oscuros, profundos y cargados de una chispa de rebeldía que yo conocía muy bien.

— ¡Oh! Hola —dijo la chica, quitándose los auriculares de diadema—. ¿Tú eres la que está organizando todo este circo? Mi hermano dijo que la organizadora era joven, pero no esperaba que fueras... bueno, genial.

— Valentina Palacios, un gusto. Y sí, soy la responsable de que el "circo" no se incendie —respondí, incapaz de no sonreír ante su franqueza.

— Soy Sophie. —Se cruzó de brazos y me observó con una curiosidad que me resultó casi incómoda—. Me gusta tu estilo. Mi madre vive intentando que me alise el pelo y que use esos vestidos de seda que parecen camisones caros. Pero tú... tú llevas los rizos al aire y parece que vas a comerte el mundo. Es refrescante ver a alguien real en esta familia.

— A veces lo "real" es lo único que nos salva de volvernos locas, Sophie —le guiñé un ojo—. Bienvenida a la Hacienda Palacios. Espero que encuentres algún rincón tranquilo para tus cascos.

En ese momento, Mila bajó las escaleras y se detuvo a medio camino al vernos juntas. Su rostro pasó de la fatiga al asombro absoluto. Sophie se despidió con un gesto perezoso y se alejó hacia el jardín, tarareando alguna canción que seguramente Christina Andrews odiaría.

— Titi... —susurró Mila, acercándose a mí como si hubiera visto un aparecido.

— ¿Qué pasa ahora? ¿Se rompió algo más?

— Valentina, ¿viste a esa niña? —Mila me agarró del brazo, apretando con fuerza—. ¡Es tu miniatura! Tiene tu misma forma de inclinar la cabeza cuando escuchas, tu misma mirada desafiante... hasta la forma de sus manos es igual a la tuya. Si no supiera que Emilia solo tuvo una hija, juraría que esa niña es tu hermana de sangre. Es un parecido que me puso los pelos de punta.

— Estás exagerando, Mila. Es el estrés, el cansancio y esa tiara que te está apretando las ideas —dije, aunque por dentro una extraña inquietud empezó a crecer—. Hay mucha gente con rizos y mal humor en el mundo. No busques novelas donde solo hay clientes.

Pero no tuve tiempo de procesar la extraña observación de mi amiga. Una voz masculina, profunda y envuelta en una seguridad que solo el dinero ilimitado puede comprar, interrumpió la conversación.

— Así que tú eres la famosa Valentina. La mujer que ha puesto a Allan a trabajar más duro que en toda su carrera.

Me giré y me encontré con Matthew Andrews. Era un hombre que rondaba los cuarenta, con un traje de lino azul impecable que resaltaba un bronceado perfecto de quien pasa sus inviernos en yates. Tenía una belleza madura y depredadora, pero suavizada por una sonrisa que parecía prometer diversión constante. Su mirada me recorrió de arriba abajo, deteniéndose en mis ojos con un respeto que se mezclaba peligrosamente con el deseo.

— Matthew Andrews —dijo, tomando mi mano. No la estrechó; la elevó hacia sus labios y depositó un beso suave, casi persistente, en mis nudillos—. He oído que has hecho milagros con esta vieja hacienda. Aunque, viéndote de cerca, el verdadero milagro es que mis padres no te hayan encerrado bajo llave para que nadie más vea este nivel de perfección profesional... y personal.

— Señor Andrews, un placer —respondí, manteniendo mi "máscara de jefa" y retirando mi mano con una elegancia que esperaba que ocultara mis nervios—. Solo hago mi trabajo. La Hacienda Palacios tiene su propia magia, yo solo le quité el polvo.

— Por favor, dime Matthew. "Señor Andrews" suena a mi padre, y créeme, yo soy mucho más propenso a romper las reglas que él —se apoyó contra una de las columnas talladas, bloqueándome ligeramente el paso de una forma que se sentía como un juego—. Dime, Valentina, ¿es cierto que eres tan estricta como dicen? ¿O hay espacio en esa agenda tan apretada para un brindis privado antes de que la matriarca llegue a imponer la ley marcial en esta casa?

— Me temo que mi agenda no permite brindis privados hasta que el último invitado esté servido y satisfecho, Matthew —respondí con una chispa de diversión. Era guapo, era encantador, y sabía cómo jugar sus cartas—. Pero si se porta bien y no interrumpe a los floristas, quizás Allan le deje probar los canapés de prueba.

— Me gustan los desafíos, Valentina —replicó él, arqueando una ceja y dándome una mirada que prometía persistencia—. Y me gusta que no te dejes impresionar por el apellido. Me vas a tener merodeando mucho por aquí. Prepárate.

Se despidió con un guiño y se alejó hacia el bar exterior. Mila se acercó a mi lado, soltando el aire que parecía haber estado reteniendo.

— Oye... el "Príncipe" tiene lo suyo, ¿eh? Si no estuvieras tan perdidamente colada por Jesse, ese hombre sería un problema muy serio para cualquier mujer con pulso.

— Es solo un cliente coqueto, Mila —dije, aunque mi corazón dio un vuelco—. Mi mente está en esa playa con Jesse. Sus ojos de océano son los únicos que me importan. Nada de lo que diga un Andrews va a cambiar lo que siento por él.

Miré mi reloj. Faltaban tres horas para la medianoche. El ambiente en la Hacienda Palacios estaba cargado de una calma tensa, como el momento justo antes de que el rayo toque tierra. Valentina suspiró, sintiéndose segura en su amor secreto por Jesse, sin saber que el hombre que ella creía su refugio estaba en ese mismo momento subiendo a una limusina junto a Christina Andrews, preparándose para entrar en su vida no como un sueño de playa, sino como la peor de sus pesadillas.

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