Mundo ficciónIniciar sesiónChristopher Jones es un genio inalcanzable. Dueño de la empresa de perfumería más poderosa del mundo, ha levantado su imperio entre el lujo y el secreto, un hombre cuya aura de poder es tan embriagadora como sus fragancias. Aura Stone, una periodista con una intuición afilada, recibe el encargo de su vida: obtener una entrevista exclusiva con el esquivo Jones. Su misión es simple: desentrañar al hombre detrás del mito. Sin embargo, desde el primer encuentro, la lógica de ambos mundos explota. A pesar de la relación que Aura ya mantiene con otra persona, la tensión entre ella y Christopher es una chispa que enciende un incendio. La pasión prohibida que surge entre ellos es tan poderosa como peligrosa. Christopher Jones no solo crea perfumes que seducen; él mismo es un aroma embriagador de carisma y peligro latente. Aura debe decidir si el "perfume del villano" es la esencia de un genio incomprendido o la fragancia sutil de una oscuridad que podría destruirla. En este juego de seducción y secretos, ¿podrá Aura desvelar la verdad sin perderse en el aroma irresistible de Christopher Jones?
Leer másAURA.
El pasillo del piso veinte se siente más largo y más estrecho de lo normal, una tubería gris y metálica. El aire acondicionado zumba con una monotonía implacable, pero la atmósfera está densa, cargada del olor a café quemado y el miedo silencioso.
Cada paso que doy en dirección a la oficina del editor jefe es un golpe seco en mi estómago. Sé que es por el reportaje, el que publicamos la semana pasada sobre el congresista violador y la red de silencio que lo protegía. Un trabajo explosivo que ha generado amenazas y, peor aún, una llamada directa del dueño del periódico a la redacción.
Me van a cesar, pienso con la frialdad del pánico.
Justo cuando estoy a punto de girar hacia la zona ejecutiva, Chloe emerge de la sala de archivos, cargada con una pila inestable de viejos volúmenes. Su pelo rubio ceniza, generalmente impecable, amenaza con desbordarse del moño.
— ¡Aura! —Exclama, luchando por mantener el equilibrio.
Me apresuro a ayudarla a sujetar la torre de papel, un alivio momentáneo por posponer mi destino.
— ¿Chloe? ¿Qué haces con la biblioteca entera? —pregunto, sintiendo ya la urgencia del elevador.
— Buscando antecedentes para una nota sobre corrupción municipal. Ya sabes, lo de siempre: tratar de exponer la podredumbre sin ser expuesta en el proceso. —Su risa es un poco demasiado alta.
Llegamos a la pared de espejos donde brillan las puertas de los ascensores. Pulsamos el botón y el indicador numérico sube con lentitud tortuosa.
— ¿Y qué tal va Lyam? —pregunta Chloe, girándose hacia mí. Su voz se vuelve conspirativa, aliviada de cambiar de tema—. ¿Ya te propuso el viaje a las islas?
Suelto un suspiro, recordando la calma predecible de Lyam, mi novio.
— Lyam está bien. Y no, todavía no. Ya sabes, Lyam es la estabilidad, no la espontaneidad.
La puerta del ascensor se desliza con un siseo metálico. Entramos. El habitáculo es pulcro, con un espejo que nos devuelve imágenes distorsionadas de ansiedad. El aroma a desinfectante se mezcla con el perfume barato de Chloe.
— Escucha —digo, volviendo al nudo en mi garganta—. ¿Has visto al jefe? Me llamó a su despacho.
Chloe me mira fijamente en el espejo. Su expresión se congela.
— No lo vi, pero... ¿es por el congresista? Toda la redacción está al límite. El ambiente es como un vidrio a punto de romperse, Aura.
— Es lo que temo —admito, las palabras salen apretadas—. Me va a destituir. Después de la amenaza que lanzaron por el teléfono... Me van a sacar por la puerta de atrás por "exceso de celo profesional". Dicen que he sobrepasado el límite.
La cabeza me da vueltas con las imágenes: el congresista, su sonrisa de víbora, las fuentes aterradas, la verdad que pusimos en primera plana. Violador y mentiroso.
— Pero hicimos lo correcto, Chloe. Teníamos todas las pruebas —murmuro, sintiendo la necesidad desesperada de justificación.
— Lo sé. E hiciste un trabajo magistral. Pero la prensa libre tiene un precio muy alto aquí, Aura. A veces, el costo es tu silla.
El ascensor se detiene. El ding metálico que anuncia mi piso es el sonido de una guillotina. El aire se siente más frío al cruzar la puerta de madera pulida, la entrada al juicio final.
— Deséame suerte —digo a Chloe, sintiendo que en realidad estoy pidiendo un milagro.
— La necesitarás. Y si te cesan... nos vamos por unas margaritas.
Salgo del ascensor. El pasillo ejecutivo, alfombrado y silencioso, ya no huele a café, sino a cuero fino y a un poder tan denso que casi me ahoga. La alfombra gruesa amortigua mis pasos, pero siento el martilleo de mi corazón resonando en mis oídos. El despacho de mi jefe, una puerta de madera oscura y brillante, me espera al final.
Cada paso es una lucha. No puedo permitirme perder este empleo. No ahora.
El sueldo de este medio, a pesar del riesgo constante de extinción profesional, es excepcional. Y lo necesito. No por lujos; mi hermana menor, Lily, depende de este seguro médico de alto nivel y de los constantes tratamientos. Mi trabajo aquí es su única esperanza real.
Mientras avanzo, mi mente se obsesiona con el reportaje: el Congresista Damián Keller. No fue solo un escándalo de corrupción política; fue la exposición de su participación en una red de pedofilia y tráfico de influencias que operaba bajo la fachada de la caridad. Un monstruo. Publicamos la verdad con pruebas irrefutables.
Ahora, Keller ha sido desenmascarado, pero su venganza es como un fantasma que me persigue. No solo ha presionado a los dueños del periódico. Siento escalofríos al recordar la nota anónima de la semana pasada. ¿Y si el jefe no me va a despedir, sino a apartarme para protegerme? ¿O, peor aún, porque Keller lo ha coaccionado para que me cese y así silenciar el tema de forma permanente? El poder de ese hombre es tan profundo como mi miedo.
Llego a la puerta. Inspiro hondo, intentando que mis pulmones absorban algo de la frialdad calmante del pasillo. Mi mano tiembla sobre la madera pulida.
— No lo pierdas. No por él —me digo a mí misma.
Golpeo con dos toques secos. El sonido, en este silencio solemne, parece una explosión.
— Adelante —llega la voz seca de mi jefe desde el interior.
Abro la puerta. La oficina es gigantesca, bañada en luz que viene de los ventanales con vistas panorámicas a la ciudad. Detrás de un escritorio imponente, mi jefe, el señor Hayes, me observa sin expresión.
Sé que estoy a punto de entrar a una guerra donde mi única arma es la verdad que ya he usado.
Me acerco con cautela. Él me indica una de las sillas de cuero frente a su escritorio.
— Siéntate, Aura —Su voz es mesurada, sin emoción, lo que solo acrecienta mi ansiedad—. Gracias por venir de inmediato.
Me siento en el borde de la silla, lista para saltar. El silencio que sigue mientras él revisa unos papeles es insoportable.
Finalmente, levanta la vista.
— Primero, mi felicitación, Aura —dice, y la tensión se resquebraja por un segundo. Inclina ligeramente la cabeza—. Tu trabajo con Keller fue impecable.
La sorpresa me desarma.
— ¿Impecable? —logro articular, mi voz suena pequeña.
— Sí, impecable. Un golpe de reportaje contundente y necesario. Sé que fue una nota tensa, peligrosa, y la reacción del Congreso ha sido histérica, como esperábamos. Pero quiero que sepas que el artículo se sostiene.
La mención de la histeria del Congreso me devuelve a la realidad. Me inclino ligeramente.
— Señor Hayes, si es por eso que me llamó... quiero disculparme por las amenazas que tuvo que recibir. Entiendo que los patrocinadores o, peor aún, los dueños, estén enfadados por la controversia...
Hayes alza una mano, deteniéndome.
— ¿Enfado? ¿Crees que estoy enfadado, Aura? En absoluto. De hecho, hice más que apoyarte. Yo di la orden para que el reportaje saliera en primera plana. Y si tuviéramos que repetirlo, lo haría.
Me quedo sin aliento. Eso es un alivio tan profundo que casi me hace llorar.
— Para eso estamos aquí —continúa Hayes, su mirada es de acero puro—. Los demás medios se doblegan ante la presión corporativa, bailan al son de los anunciantes o responden a los hilos de algún partido político. Pero nosotros, Aura, somos la excepción.
Me recupero un poco la compostura y asiento con firmeza.
— Lo sé. Por eso sigo aquí. Este periódico es el único reducto realmente independiente en esta ciudad. No trabajamos con ninguna entidad, no tenemos deudas con nadie. Solo con la verdad. Y creo que eso es lo que hizo que el golpe a Keller fuera tan efectivo.
Hayes asiente, la esquina de su boca se curva muy levemente.
— Exacto. Y precisamente por esa reputación de integridad y agresividad periodística, necesito asignarte la misión más importante de tu carrera.
Mi corazón, que se había calmado, vuelve a acelerarse. Esto no era un despido. Esto es algo más grande.
Hayes se recuesta en su sillón, entrelazando las manos sobre el escritorio. La formalidad de su postura me advierte que lo que viene es monumental.
— Exacto —reafirma, y su mirada se vuelve intensa—. Y precisamente por esa reputación de integridad y agresividad periodística, necesito asignarte la misión más importante de tu carrera.
Trago saliva, la ansiedad se mezcla con la anticipación.
— ¿De qué se trata, señor?
Hayes no se apresura. Su silencio es una herramienta.
— Te has ganado un nombre, Aura. No solo con Keller, sino con todos los reportajes de alto calibre que has manejado con discreción y ferocidad. Y ahora, vamos a poner esa reputación a prueba con un objetivo mucho más complejo que un político corrupto.
Señala una carpeta de archivo singularmente pulcra que descansa a un lado de su escritorio.
— Te estoy enviando a las ligas mayores. Necesito que consigas lo que nadie ha logrado en la última década. Necesito que penetres el hermetismo y el brillo de la figura más inaccesible y poderosa en el mundo de los negocios.
Mi respiración se acelera. ¿Quién podría ser más difícil de alcanzar que un magnate internacional?
— Vas a obtener una entrevista exclusiva con Christopher Jones.
La mención de ese nombre me deja sin aire. Christopher Jones. El perfumista. El empresario. El hombre que inventó el mercado de las fragancias de lujo y lo domina desde la sombra, dueño de la corporación más influyente del planeta.
— Jones —repito, sintiendo un vértigo inesperado—. Pero... es imposible. Nadie consigue una entrevista con él. Su política es el anonimato total.
— Precisamente por eso te envío a ti. Eres la única que puede persuadirlo de abrirse. Jones tiene un imperio, pero no tiene una narrativa humana. Queremos desvelar al hombre detrás de ese perfume de poder. Es nuestro próximo golpe de efecto, Aura. ¿Puedes hacerlo?
La pregunta no admite dudas. Mi vida, la salud de Lily, mi carrera... todo pende de esta oportunidad.
— Sí, señor Hayes —respondo, la palabra es una promesa.
Hayes me dedica una sonrisa breve, casi un relámpago, que me confirma que he tomado la decisión correcta.
— La dificultad es real, Aura, tienes razón. Jones vive blindado. Sin embargo, su asistente personal ha facilitado un poco las cosas. Ella está al tanto de tu trabajo y tu reputación. Digamos que el estruendo que causaste con Keller ha funcionado como una llamada de atención para ellos.
Señala la carpeta de archivo que aún no he tocado.
— Tu contacto es su asistente: la señorita Verónica Taliaferro. Su relación con nosotros es estrictamente profesional y pública. Ella no acepta llamadas de nadie. Tú solo tienes que comunicarte con ella a través de este número directo —Hayes desliza la carpeta hacia mí—. Verónica te indicará el día, la hora y el lugar exacto donde debes presentarte para el encuentro con el empresario más enigmático de nuestra era.
Cojo la carpeta. La frialdad del cartón contrasta con el calor de mi mano. Dentro hay una única hoja con un número, un correo y el nombre de Verónica Taliaferro.
— No hay margen para errores, Aura. No hay segundas oportunidades. Verónica solo te responderá para darte las coordenadas precisas. Una vez que las tengas, te preparas y vas. ¿Entendido?
— Entendido, señor Hayes. Obtendré esa entrevista.
Me levanto de la silla, sintiendo que he pasado de ser una periodista bajo amenaza de despido a una agente secreta con la misión más compleja del mundo corporativo. El despacho ya no se siente como una guillotina, sino como una sala de operaciones.
— Bien —Hayes me despide con un gesto de la mano—. Ya puedes retirarte y empezar a trabajar. Y Aura... cuidado con Jones.
Salgo del despacho, la carpeta apretada contra mi pecho, el nombre de Christopher Jones tatuado ya en mi mente.
AURA,El silencio de la habitación de hospital me está matando. Camino de un lado a otro, mis pasos resonando en el suelo de linóleo, mientras el corazón me late en la garganta. Miro el reloj cada cinco minutos. Christopher salió de aquí como una exhalación, con una mirada que prometía fuego y cenizas, y el miedo de que cometa una locura que lo mande a la cárcel me tiene los nervios destrozados.—Aura... —la voz de Lili suena débil, sacándome de mis pensamientos.Me detengo en seco y fuerzo una sonrisa, acomodándome el cabello para que no vea la marca de mi mejilla.—¿Qué pasa, pequeña? ¿Te duele algo?—Estás muy nerviosa —dice ella, entrecerrando los ojos por el cansancio—. No dejas de caminar. ¿Pasó algo con Christopher?—No, nada, mi amor. Solo que... él tenía unas reuniones importantes de la empresa y estoy esperando que me avise que llegó bien —miento, acercándome a su cama—. Todo está bien, de verdad.Llega la enfermera con la bandeja de la cena. Es una sopa ligera y algo de gel
CRHIS.Salgo de la habitación como un demonio, con la sangre hirviéndome en las venas y los puños tan apretados que siento que mis propios huesos van a crujir. El eco del golpe que Aura recibió resuena en mi cabeza como si me lo hubieran dado a mí. Ese infeliz. Ese cobarde puso sus manos sobre ella.Escucho los pasos rápidos de Aura detrás de mí, sus súplicas intentando frenar lo inevitable.—¡Christopher, detente! —me grita, alcanzándome en el pasillo—. ¿Qué vas a hacer? Por favor, piensa las cosas.Me detengo en seco y me giro. Al verle la mejilla hinchada bajo la luz fluorescente del hospital, el último rastro de cordura que me quedaba se evapora.—Voy a acabar con ese hijo de puta, Aura. Eso es lo que voy a hacer —le suelto, y mi voz suena como el filo de una navaja.—¡No te metas en más problemas! —me ruega, tomándome del brazo—. Si vas tras él, solo le darás lo que quiere para hundirte.—¿Crees que voy a dejar que te toque y que las cosas se queden así? —la tomo por los hombros,
AURA.El detective Marcus me empuja contra la pared metálica de la salida de emergencia, su mano sigue apretando mi mandíbula con una fuerza que me hace daño. Sus ojos están inyectados en sangre, se nota que la presión de Christopher lo está volviendo loco.—Escúchame bien, niña —sisea Marcus, acercando su rostro al mío—. Si no empiezas a cooperar conmigo y me das algo para hundir a Jones, voy a ir ahora mismo a tu revista. Voy a contarle a tu director cada detalle de cómo te has vendido al hombre que estás investigando. Tu carrera se irá a la mierda en un segundo. Serás la burla de todo el gremio.A pesar del miedo y de que mi corazón late en mis oídos, una chispa de desprecio se enciende en mi pecho. Lo miro directamente a los ojos, sin parpadear.—Que desesperado te ves.—No juego.—Puedes hacer lo que quieras, Marcus —le suelto, y mi voz suena más firme de lo que esperaba—. Ve a la revista, cuéntales lo que te dé la gana. Mi carrera no me importa si tengo que pactar con una rata c
AURA.El doctor se termina de acercar, y aunque su rostro sigue siendo serio, el aire de tragedia inminente se disipa un poco cuando empieza a hablar.—Fue una fractura de cadera —dice, señalando una radiografía mental—. Debido a la fragilidad de sus huesos, el impacto causó una rotura limpia en el cuello del fémur. Tuvimos que intervenir de urgencia para estabilizar la zona con unos pernos de titanio.Siento que vuelvo a respirar, aunque el nudo en mi garganta no desaparece del todo.—¿Va a poder caminar? —pregunto con la voz temblorosa.—Sí, pero el camino es largo —responde el médico con franqueza—. No hubo daño en la médula, lo cual es un milagro, pero va a requerir un reposo absoluto de varias semanas. Después de eso, debe ingresar urgentemente a un programa de terapias intensivas de alta especialidad. Sin esas terapias, corre el riesgo de no recuperar la movilidad completa o de que el hueso no suelde correctamente por su condición. El problema es que son tratamientos muy costoso
AURA.El pánico nos hace volar por el pasillo. Christopher va por delante, con los pies descalzos golpeando el suelo con fuerza. Al llegar a la habitación de invitados, no es a Amaral a quien vemos en el suelo, sino a Lili.El cuadro es desgarrador. Lili está encogida, con el rostro bañado en sudor y lágrimas, soltando alaridos que me parten el alma. Amaral está de rodillas a su lado, hiperventilando, con las manos temblando sin saber qué hacer.—¡Estábamos jugando! —grita Amaral entre sollozos en cuanto nos ve—. Solo eran almohadas, Christopher... se resbaló y cayó de lado. Se oyó un crujido... ¡un crujido horrible!—Me duele... ¡Aura, me duele mucho! —grita Lili, intentando moverse, pero el dolor la paraliza. Por la posición de su cuerpo, me temo lo peor: su cadera o la columna. Con su enfermedad de huesos frágiles, cualquier impacto es una sentencia.Christopher reacciona como un resorte. El hombre apasionado de hace un minuto ha desaparecido; ahora es puro instinto de protección.
AURA.El olor a comida casera llena el aire y las risas de las chicas suavizan la tensión que Christopher y yo traemos de la calle. Lili sigue con nosotros; no ha querido dejarme sola y se ha integrado perfectamente al caos familiar de los Jones.Christopher está sentado en la cabecera, pero su postura es distinta. De vez en cuando, su mano busca la mía por debajo de la mesa o me lanza una mirada que solo yo sé interpretar.—Bueno, ya —suelta Elisa, dejando los cubiertos de lado y mirándonos con ojos entrecerrados—. Están muy raritos ustedes dos. ¿Tienen algo que decirnos? ¿Hay algo entre ustedes?Christopher levanta una ceja, manteniendo esa calma imperturbable, aunque veo un brillo divertido en sus ojos.—¿A ustedes les molestaría si así fuera? —pregunta él, devolviéndoles la pelota.Elisa suelta una carcajada y se recuesta en la silla.—¿Molestarnos? ¡Por favor! —exclama con sorna—. A Christopher le urge una novia a ver si así se le quita ese mal genio de dictador que se carga. A v
Último capítulo