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CAPITULO II — Pacto con el Diablo

Emilia había tenido razón cuando describió a la clienta. Solamente cuando me hicieron subir a una suite privada en el corazón de Brickell, supe que Christina Andrews era de esas personas que no admitiría jamás mezclarse con la plebe y que nos borraría del mapa al mínimo error. Repasé mi apariencia en el espejo del lujoso ascensor. Gracias a Dios había optado por lucir uno de los modelitos de mi abuela Eloísa: un vestido ajustado de corte recto color rosa palo que, junto al blazer blanco y un cinturón nude, me daban un aspecto elegante y profesional. Mi cabello rizado siempre desentona un poco con la rigidez estética de Miami, pero el recogido me daba la presencia necesaria para mis veintiséis años.

Las puertas de la lujosa caja se abrieron dejándome en una estancia que gritaba "dinero antiguo". El mármol pulido brillaba como diamantes y las paredes crema con apliques dorados creaban una atmósfera casi irreal. Pero lo más impresionante era la vista; la última pared había sido reemplazada por enormes ventanales que dejaban la ciudad a mis pies.

— Tú debes ser Valentina Palacios.

Giré mi cuerpo hacia la voz masculina. Un hombre joven, delgado y enfundado en un traje de diseñador, me evaluaba con una curiosidad brillante. Asentí y le tendí la mano en un gesto profesional.

— Así es, buenos días. ¿Usted es el asistente de la señora Andrews?

— Allan Duncan, asistente personal de la señora. —Tomó mi mano y me dedicó una sonrisa de complicidad—. ¿Qué desea tomar? La señora Andrews bajará en un momento. Ponte cómoda.

— Agua está bien, gracias, señor Duncan.

— Querida, llámame Allan. Un consejo: —se acercó, bajando la voz—. No te levantes de tu asiento cuando entre. Déjala hablar primero y ni se te ocurra ofrecerle la mano a menos que ella lo haga primero. A Christina le gusta sentir que el aire que respiras le pertenece por contrato.

Justo cuando iba a preguntarle el porqué, escuchamos el repiqueteo de unos tacones. Una visión que mezclaba la autoridad de Miranda Priestly con una elegancia gélida apareció en lo alto de las escaleras. Christina Andrews debía rondar los cincuenta, pero su piel estaba tan tensa por el botox que parecía una máscara de porcelana; solo su cabellera completamente blanca, cortada con una precisión quirúrgica, delataba su madurez.

Seguí el consejo de Allan. Me limité a hacer contacto visual con la mujer y me mantuve sentada en el sillón frente al ventanal. Ella se acomodaba frente a mí como una reina estudiando a un súbdito.

— Espero que Eloísa esté en lo correcto y estés preparada para esto, Valentina. —Su voz era como el hielo rozando el cristal—. Es de suma importancia que no haya errores. Mi familia no tolera la mediocridad.

— Buen día, señora Andrews. Podría comenzar a parlotear para intentar convencerla, pero prefiero mostrarle hechos. —A pesar de estar aterrada, abrí la carpeta—. He seleccionado salones exclusivos para el evento y un par de propiedades privadas. Incluso incluí la antigua hacienda de mi familia a las afueras; tiene un aura de tradición que encajaría con el apellido Andrews.

Christina ojeó los bocetos con desdén profesional, hasta que sus ojos se detuvieron en la foto de la hacienda. Por un segundo, una sombra de reconocimiento cruzó su mirada, pero desapareció tras su máscara de frialdad.

— Me agrada tu enfoque. —Cerró la carpeta—. La ceremonia es para mi hijo, Sebastián. La pedida de mano oficial con la familia de su prometida será en un mes. Si ese evento sale tal como lo deseamos, el contrato de la boda será suyo. ¿Cree que puede con ello?

— Por supuesto. Cuente con ello.

— Una condición más. —Christina se inclinó hacia adelante—. Dile a Emilia que te quiero a ti personalmente al frente de este proyecto. Debes ser exclusiva. Te pagaré cinco mil dólares a la semana desde hoy hasta el día del evento. Te necesito al cien por ciento concentrada en mi familia.

— Debo hablarlo con mi madre, es su negocio y ella debe aprobarlo...

— De Emilia me encargo yo. —Me interrumpió con una sonrisa gélida—. En cuanto a tu socia... duplicaré la cantidad para ambas. Diez mil dólares semanales para cada una. ¿Qué te parece?

Tragué el nudo en mi garganta. Era una cantidad obscena, pero la oportunidad era demasiado grande para dejarla pasar.

— Está bien, señora Andrews. Tenemos un trato.

Salí del hotel escoltada por Allan, quien resultó ser un tipo encantador de mi edad. En diez minutos supe que era abierta y orgullosamente gay, y que había sido él quien nos recomendó tras asistir a varias bodas organizadas por mi abuela. Me despedí de él encontrándome con Camila en la entrada.

— Tenemos trabajo, Cam. Diez mil dólares a la semana... para cada una. Ahora vamos a domar al dragón Emilia antes de que nos arranque la cabeza.

Pero Camila falló en su predicción. Emilia no estaba domada; estaba en llamas. Nos esperaba en la sala de la casa con el rostro pálido y el ceño fruncido. En cuanto pronuncié el nombre de "Christina Andrews", su vaso de agua estuvo a punto de resbalar de sus manos.

— ¡No! ¡Absolutamente no! —gritó mi madre, levantándose de un salto—. ¡He dicho que no vamos a aceptar ese contrato!

— ¡Mamá, es la oportunidad de expandirnos que siempre quisiste! ¡Es la familia más poderosa de la tecnología!

— ¡Es una locura! —rugió ella, y su voz temblaba de una forma que nunca había visto. En su pánico, sus ojos buscaron una excusa para detenernos—. ¿Cómo voy a confiarle un cliente de este calibre a un par de principiantes como ustedes? Van a arruinar el nombre de la empresa en una semana. No tienen ni idea de dónde se están metiendo, son un par de niñas jugando a ser empresarias.

— ¿Principiantes? —chilló Camila, ofendida por el veneno en las palabras de mi madre—. Tía Emilia, hemos sacado adelante las últimas cinco bodas mientras tú estabas en crisis de nervios. ¡Sabemos lo que hacemos!

— ¡Ustedes no saben nada! —sentenció Emilia, y el dolor me escoció en el pecho—. Valentina, si insistes en esto, quedas fuera de Daydream. No voy a dejar que manches el nombre que por tantos años me ha costado construir solo por tu ambición ciega.

Me quedé boquiabierta. ¿Mi propia madre me estaba echando por buscar el éxito? ¿O era algo más lo que la hacía temblar así? Antes de que el desastre fuera total, la voz de mi abuela Eloísa retumbó en el salón.

— Tú no puedes decidir eso, Emilia. —Eloísa entró mirándonos como a niñas revoltosas—. La empresa no es tuya, ha sido de las Palacios mucho antes de que nacieras. Tú tuviste tu oportunidad cuando nos trajiste a Miami huyendo de tus fantasmas, ¿por qué Valentina no tendría la suya?

— ¡Porque nos dedicamos a las bodas! ¡No a los caprichos de esa mujer!

— Y yo no quería salir de Venezuela, pero lo hice para apoyarte. —La abuela se plantó frente a ella con una autoridad que nos hizo callar a todas—. Vendí mi casa y aposté por ti. Ahora haré lo mismo por mi nieta. Valentina, tienes este evento para demostrarme de qué estás hecha. Yo voy a respaldarlas. —Miró a Camila—. Si tienen éxito, les daré mi porcentaje de Daydream a las dos. Pero si fracasan, le cederé todo a Emilia y ella decidirá su futuro.

Emilia se retiró echando chispas, pero vi en sus ojos algo que no era rabia, era puro terror.

— Esto fue un completo desastre... —me dejé caer en el sofá, enterrando el rostro en mis manos.

— Lo sé, pero todavía podemos ganar. —Camila me tomó de los hombros, tratando de recuperar el ánimo—. Mueve ese culo flaco a la ducha y ponte el vestido más sexy del armario. Braulio viene por nosotras en media hora; todavía debemos ir "de cacería".

— No tengo muchos ánimos, Cam.

— Tonterías. Si no cazamos al marido perfecto, al menos cazaremos una copa para pasar el trago amargo. ¡Mañana empezamos a trabajar para los Andrews y nada nos va a detener!

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