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CAPITULO III — Sombras del Pasado

​El silencio que siguió al portazo de la habitación de Emilia no era un silencio de paz, sino uno cargado de electricidad estática, del tipo que precede a los huracanes en el Caribe. En la planta alta, el eco de los preparativos de Valentina y Camila funcionaba como un metrónomo de la ansiedad: el golpe de un frasco de perfume sobre el tocador, el abrir y cerrar de armarios, y esas risas nerviosas que solo tienen las mujeres cuando saben que están a punto de desafiar al mundo.

​Abajo, en la cocina de azulejos blancos y aroma a lavanda, Emilia Palacios permanecía inmóvil frente al fregadero. Sus manos, las mismas que habían bordado miles de sueños ajenos en encaje y tul, temblaban de forma imperceptible. No estaba lavando nada; simplemente dejaba que el agua fría corriera sobre sus dedos, tratando de apagar el incendio que sentía en la sangre.

​Eloísa entró en la estancia con la parsimonia de quien ha visto caer imperios. No encendió la luz principal; la penumbra del atardecer de Miami era suficiente para lo que tenían que hablar. Se acercó a la tetera y, con movimientos ceremoniosos, comenzó a preparar una infusión de tilo y valeriana.

​— Te va a dar un síncope si no dejas de apretar la mandíbula de esa manera, Emilia —dijo la anciana, su voz era como un hilo de seda: suave pero imposible de romper.

​— ¿Cómo pudiste hacerlo, mamá? —Emilia se giró bruscamente, cerrando el grifo con un movimiento violento—. ¿Cómo pudiste darle alas frente a esa muchacha? Sabes perfectamente quién es esa mujer. ¡Tú estuviste allí cuando todo se derrumbó! ¡Tú me ayudaste a recoger los pedazos!

​Eloísa suspiró, dejando que el vapor del té le acariciara el rostro surcado de arrugas que guardaban más secretos que una confesión.

​— Precisamente porque estuve allí, sé que las jaulas de oro siguen siendo jaulas, Emilia. Valentina tiene veintiséis años. Mírala. Es una mujer brillante, audaz, con una visión que tú y yo ya no tenemos. Ha traído más contratos nuevos a Daydream en los últimos dos años que los que nosotras conseguimos en una década. ¿Hasta cuándo pensabas mantenerla en esta burbuja de mentiras?

​— ¡No es una burbuja, es un búnker! —Emilia bajó la voz a un susurro sibilante, temerosa de que las paredes tuvieran oídos—. Cuando Allan llamó a la oficina, solo mencionó a los Haywood. Dijo que era para la familia de la novia de un magnate. Jamás, ni en mis peores pesadillas, imaginé que terminaría sentada en una suite frente a Christina Andrews. Y que esa mujer la quiera a ella... —Emilia se abrazó a sí misma, un escalofrío recorriéndole la columna—. Me da mala espina. Christina no da un paso sin haber calculado el daño colateral. Es un tiburón que huele la sangre a kilómetros, y mi hija acaba de lanzarse al mar con una herida abierta.

​— Valentina no sabe nada de Arthur —le recordó Eloísa, golpeando suavemente su taza con la cuchara—. Para ella, su padre es ese piloto romántico que murió en un accidente heroico sobre el Atlántico. Es una historia hermosa, Emilia, pero las historias hermosas no resisten el peso de la verdad por siempre.

​— ¡Es que no es solo la verdad! —Emilia comenzó a caminar de un lado a otro por la cocina—. Es que Valentina es… es demasiado parecida a él. Tiene esa misma forma de arquear la ceja cuando está decidida, esa determinación terca que raya en la arrogancia. Si Arthur la ve, si tan solo se cruzan en un pasillo de esa mansión… Dios mío, mamá, Arthur no es tonto. Puede que Christina lo haya mantenido cegado por años, pero la sangre no se puede ocultar con botox ni con dinero.

​Eloísa dejó la taza sobre la mesa y se puso de pie, obligando a su hija a detenerse y mirarla a los ojos.

​— Escúchame bien. Si tratas de prohibirle este contrato, la empujarás más rápido hacia ellos. Valentina es una Palacios, y si algo tenemos las mujeres de esta familia es que cuando nos dicen que el fuego quema, metemos la mano solo para comprobar la temperatura. Si te opones, ella buscará respuestas al porqué de tu odio. ¿Quieres eso? ¿Quieres que empiece a investigar quién era realmente el "piloto" que la engendró?

​Emilia guardó silencio, las lágrimas finalmente asomando en sus ojos. El recuerdo de Christina Andrews presentándose en su apartamento hace veintiséis años, con su propia barriga de embarazo y el pequeño Matthew de la mano, volvió a su mente como una bofetada. Recordó el veneno en sus palabras: "Destruirás a una familia, Emilia. Serás la amante que arruinó al hombre más prometedor de este país. ¿Realmente quieres que tu hija crezca bajo esa sombra?".

​— Esa mujer es la maldad pura vestida de seda —susurró Emilia—. Me ofreció dinero para deshacerme de Valentina. Me llamó "basura hambrienta". Huimos a Venezuela porque tuve miedo de que si Arthur sabía la verdad, ella le haría algo al bebé. Y ahora, después de tanto sacrificio, Valentina camina directo hacia su guarida con una sonrisa en la cara.

​— Entonces deja de actuar como su carcelera y conviértete en su estratega —le espetó Eloísa—. Si no puedes evitar que entre en la boca del lobo, enséñale a afilar los colmillos.

​En ese momento, el sonido de unos tacones altos bajando las escaleras a toda prisa interrumpió la tensa charla. Valentina entró a la cocina como un torbellino de juventud y desafío. Llevaba un vestido de seda negro, corto y minimalista, que contrastaba con su piel canela y sus rizos salvajes que caían sobre sus hombros. Se veía radiante, poderosa, con esa luz que solo tienen quienes creen que son dueños de su destino.

​— Nos vamos, abuela —dijo Valentina, evitando mirar directamente a su madre, aunque la tensión era tan evidente que se podía masticar—. No nos esperen despiertas. Vamos a celebrar que Daydream acaba de entrar en las ligas mayores.

​Detrás de ella, Camila entró luciendo igualmente espectacular, aunque con una expresión de cautela al notar el ambiente en la cocina.

​— Diviértanse, niñas —respondió Eloísa con una sonrisa forzada que no llegaba a sus ojos—. Pero escuchen bien: Miami es una ciudad pequeña para los que tienen mucho que ocultar. No beban de más y mantengan los ojos abiertos. A veces, las luces más brillantes son las que más ciegan.

​Valentina se detuvo en el umbral de la puerta, con la llave del auto en la mano. Miró a su abuela y luego, por un segundo, sus ojos se cruzaron con los de su madre. En la mirada de Valentina había un "te demostraré que te equivocas", mientras que en la de Emilia había un ruego silencioso que no encontraba palabras.

​— Sé cuidarme sola, abuela —respondió Valentina finalmente, dándose la vuelta.

​Camila le lanzó una mirada de disculpa a Emilia antes de salir volando tras su amiga. El motor del auto de Valentina rugió en la entrada y, segundos después, el sonido se desvaneció en la distancia de la calle.

​Emilia se dejó caer en una silla, cubriéndose el rostro con las manos.

​— Se parece tanto a él cuando sonríe... —sollozó—. Arthur solía decirme que el mundo era suyo con esa misma seguridad.

​— El mundo es de quien se atreve a tomarlo, Emilia —concluyó Eloísa, volviendo a su té—. Pero Valentina no sabe que ese mundo ya tiene dueña, y se llama Christina Andrews. Solo podemos esperar que, cuando se encuentren de frente, Valentina haya aprendido lo suficiente de nosotras para no dejarse romper.

​Afuera, la noche de Miami empezaba a encender sus luces de neón, ignorando por completo que, en esa pequeña casa, se acababa de firmar el inicio de una guerra que llevaba veintiséis años esperando su momento para estallar.

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