El portazo de la casa de huéspedes retumbó en mis oídos como el eco de mi propia vida desmoronándose. No me importó el traje de seda ni el protocolo; me dejé caer en el suelo, con la espalda pegada a la madera fría, y escondí la cara entre las rodillas. El llanto no fue elegante. Fue un gemido roto, cargado de la humillación de haberme creído especial, de haber pensado que "Jay" era el hombre que rompería todas mis barreras.
— Titi, abre. Soy yo. —La voz de Mila era un susurro urgente.
Me puse