Mundo ficciónIniciar sesiónAvelyn jamás imaginó que escapar de su antigua vida la llevaría directo al corazón de una manada de lobos. Marcada por un accidente que cambió su cuerpo y su destino, llega a los territorios Shadowfang buscando silencio… y encuentra al Alfa más temido del norte. Rhydan Shadowfang no cree en debilidades. No hasta que una humana lo mira a los ojos y desarma su instinto. Su vínculo con Avelyn lo marca más allá del alma, pero amar a una humana significa exponer su reino, su poder… y su propia naturaleza. Cuando el pasado de Avelyn reaparece con un veneno mortal y un Alfa rival moviendo los hilos desde las sombras, la guerra entre hombres y lobos se desata. Entre cicatrices y promesas, Rhydan deberá decidir si es capaz de controlar la bestia que ruge dentro de él… o si la perderá para siempre. Shadowfang: La llegada de la Luna es el inicio de una saga donde el amor y la fuerza chocan contra la tradición, y donde incluso los corazones más salvajes deben aprender a sanar.
Leer másEl motor se apagó y, por un instante, solo se escuchó el viento entre los árboles.
El camino de tierra se extendía detrás de ella, bordeado por pinos que se alzaban como centinelas silenciosos. Frente a sus ojos se levantaba el pico más grande de la cordillera: Shadowfang. Impresionante, casi intimidante, como si la montaña misma la evaluara. Respiró hondo, apoyando la frente contra el volante. Otra oportunidad, se repitió. Otra vez para empezar de nuevo, para no dejar que el pasado la arrastrara. Abrió la puerta y el aire del bosque la golpeó, fresco y húmedo. Por un instante cerró los ojos y sintió que el suelo bajo sus pies tenía vida propia, ya no estaba en un lugar donde las leyes de la ciencia y la justicia humana dictarán las normas. Una camioneta negra apareció levantando polvo, y un hombre bajó con paso firme, sonrisa franca y mirada directa. Su porte era relajado, pero al mismo tiempo transmitía autoridad, sus casi dos metros de altura intimidaban a cualquiera, para su suerte sabía con certeza que él era solo una fachada aterradora. —Avelyn Kaine, ¿cierto? —dijo, extendiendo la mano—. Jarek Thorne, Beta de la Manada Shadowfang. El Alfa Rhydan Revik me pidió que viniera a recibirte. Ella devolvió la sonrisa, nerviosa pero genuina. —Gracias… espero no haber llegado demasiado tarde. —No te preocupes —respondió él con una risa baja—. El tiempo acá se mueve distinto. Además, siempre es bueno tener sangre nueva… sobre todo si va a trabajar en un proyecto del Alfa. Jarek la ayudó con las valijas hasta una cabaña de madera escondida entre los pinos, con la vista del valle extendiéndose hasta el horizonte. El interior era cálido: el fuego encendido, aroma a madera recién cortada, la sala tenía un espacio perfecto, acogedor y hogareño, el resto de la cabaña de madera tenía el mismo estilo. —La casa es tuya mientras dure el trabajo —explicó—. Todo lo que necesites, pedilo. Y si ves lobos grandes rondando… no te asustes. Algunos prefieren esa forma cuando patrullan. Ella asintió, mezcla de alivio y nervios. —Haré lo posible por no entrar en pánico. Cuando Jarek se marchó, se dejó caer en el borde de la cama. Subió el pantalón de la pierna derecha y dejó que sus dedos recorrieran la prótesis, la fría unión de metal con su piel. Todavía dolía; le recordaba todo lo que había perdido… y todo lo que había sobrevivido. —Estoy bien —susurró para sí misma, aunque sonó más como un ruego que como una afirmación. Más tarde, explorando la cabaña, se acomodó junto a la ventana, observando el bosque teñirse de sombras. Las preguntas sobre Rhydan y su reacción rondaban en su mente. ¿La vería como alguien débil? ¿Como una amenaza? Bueno realmente pensaba más en la primera opción, ya que ella jamás fue una persona de valentía o guerrera, siempre se destacó más en las matemáticas que en los ejercicios físicos y ahora ya no podía dar el cien por ciento de si, ya no estaba completa. Por primera vez en mucho tiempo, sintió que podía respirar. Tal vez podía empezar de nuevo, aunque doliera. Al día siguiente, el aire olía a tierra húmeda y madera recién cortada, con una mezcla de flores y aromas que no lograba identificar del todo. Decidió conocer el centro de la Manada, la zona donde se concentran comercios y vida social. Sabía que los Shadowfang no eran hostiles con humanos, pero tampoco éramos del todo bienvenidos, ya que como en la mayoría de casos los humanos no quisieron ser amigos de los Lobos desde el primer día. Caminó por la calle principal, observando los locales de artesanías, panaderías y cafés. El murmullo de conversaciones se mezclaba con el canto de pájaros y algún aullido lejano. Todo parecía normal… hasta que notó que todos los ojos la seguían. Era imposible ignorarlo. Cada lobo que cruzaba su camino la miraba con curiosidad, y algunas, con intensidad. Se sintió expuesta y decidió refugiarse en una pequeña cafetería de madera, sentándose cerca de la ventana, donde podía ver la plaza central de los territorios. Pidió un café y trató de concentrarse en él, ignorando las miradas. En silencio cayó frente a ella y antes de que se diera cuenta se sentó en la silla. Al levantar la vista, lo vio: Rhydan Revik. El Alfa estaba sentado frente a ella, sin avisar, con una presencia que llenaba el espacio. Sus ojos oscuros no parpadeaban mientras la estudiaban; un escalofrío recorrió su espalda. —Buenos días —dijo con voz grave. La garganta de Avelyn se secó. —Eh… hola —balbuceó, sintiendo que el corazón le latía con fuerza. Rhydan se acomodó, cruzando un brazo sobre la mesa. No sonrió, no hubo amabilidad innecesaria; solo esa mirada que lo decía todo: “esto es mío”, aunque no lo pronunciara. Ella cruzó los brazos, creando una barrera invisible. —Bueno… supongo que puedo acostumbrarme a esto —dijo, intentando ironía. Él ladeó la cabeza, evaluándola. La tensión que emanaba era palpable; no le gustaba que ella estuviera allí, pero tampoco podía apartar la mirada. Y ella, por su parte, quería ver cómo reaccionaría, aunque fuera un instante. El café llegó para ambos, humeante. Avelyn lo sorbió, intentando calmarse. Justo entonces, un cachorro apareció entre las sillas. Curioso, se acercó y, en un parpadeo, se transformó en un niño humano, de unos ocho años, perfectamente vestido. —Hola —dijo Avelyn con una sonrisa—. ¿Estás perdido? El niño respondió tímidamente, sus ojos buscando a sus padres, que lo observaban desde otra mesa. Se relajó y suspiró de alivio, lo único que le faltaba era que el primer día estuviera en la búsqueda de un niño perdido. Al volver la vista, Rhydan seguía allí, firme, observándola con la misma intensidad que al entrar. La cercanía de su cuerpo hizo que su respiración se acelerara ligeramente, aunque intentó mantener la calma. —Supongo que te preguntas… cómo funciona esto —dijo finalmente—. La ropa, me refiero. Avelyn frunció el ceño, sorprendida. —¿La ropa? —Cuando un Lobo cambia de forma, su ropa no se rompe ni desaparece. No es magia común… —hizo una pausa, midiendo su reacción—. Las Hechiceras hicieron un sello especial. Cada transformación se mantiene uniforme, sin dañar lo que llevamos puesto. —Hechiceras —repitió ella, fascinada—. Nunca imaginé algo así. Rhydan aceptó su curiosidad sin perder compostura. —No todos las conocen personalmente. Su trabajo asegura que podamos movernos entre formas sin problemas. Eso es todo lo que necesitas saber. Avelyn asintió lentamente, disfrutando el descubrimiento. —Es… increíble. Fascinante. Él permaneció serio, evaluándola con calma y respeto. La tensión entre ambos llenaba el espacio, pero había un primer entendimiento, silencioso, sin palabras. Estaba a mitad del café cuando un golpe rápido sonó contra la ventana. —¡Avelyn! —gritó Jarek, entrando apresurado—. Necesito llevarme al Alfa, ahora. Rhydan se levantó, dejando la taza intacta. Sin palabras, sin despedida, simplemente se movió con autoridad. Jarek se inclinó hacia ella mientras guiaba a Rhydan afuera: —Adiós, Avelyn. Tranquila, lo cuido. —Gracias —respondió, sonriendo mientras los veía marchar. Quedó sola, su café humeante frente a ella. Observó el lugar: la pareja que vigilaba al niño, el murmullo del café, y dejó escapar un suspiro. Bienvenida a Shadowfang, Avelyn Kaine. Esto va a ser… interesante.La hora de la cena se acercaba, y la Casa Grande comenzaba a llenarse de Lobos de todos los rangos. Avelyn apareció en el comedor, con pasos medidos, observando con atención el bullicio a su alrededor. Las mesas estaban llenas, y solo quedaban unos pocos lugares vacíos. Su mirada se cruzó con algunas delgadas líneas de curiosidad de otros Lobos; se notaba que su presencia allí no pasaba desapercibida.Rhydan apareció detrás de ella casi sin sonido, como si su sombra se hubiera desplazado por el salón. Su mirada la recorrió de arriba abajo y luego se posó en el asiento a su izquierda. Un lugar que llevaba tiempo reservado, sin que nadie más se sentara allí.“No… no puedo” —gruñó internamente Rhydan, su voz resonando con la de Grath—. “Ese es su lugar, mi Luna se sienta ahí. Hazlo ahora.”Grath presionó con fuerza, empujando con su presencia, con ese deseo primitivo de marcar lo que ya era suyo.Rhydan respiró hondo, resistiendo por un momento, midiendo cada movimiento, pero finalmente
El cuarto era más grande de lo que Avelyn había imaginado. Las paredes de madera pulida, la alfombra suave bajo sus pies y las ventanas que daban al bosque la hacían sentir como si estuviera en un refugio… y, al mismo tiempo, atrapada en un lugar demasiado importante para alguien como ella.Se dejó caer sobre la cama, apoyando la cabeza contra la almohada. La adrenalina del incendio todavía vibraba en su pecho, y aunque estaba a salvo, la sensación de vulnerabilidad no desaparecía del todo. Intentó calmarse, respirar profundo, repetirse que estaba protegida… aunque en el fondo sabía que nada de eso la hacía completamente inmune.Un sonido suave la hizo girar la cabeza. Una mujer apareció en el umbral, con una presencia salvaje y segura, que imponía respeto sin necesidad de palabras. Sus ojos brillaban con inteligencia y fuerza, y Avelyn entendió al instante que estaba frente a alguien acostumbrado a que todo a su alrededor respondiera a su voluntad.—Tranq
El café quedó atrás, pero la sensación de su presencia seguía clavada en mi pecho. Avelyn Kaine. Humana. Frágil. Vulnerable. Cada movimiento suyo despertaba algo primitivo dentro de mí, algo que Grath, mi otra mitad, reconocía antes que yo.Mi cuerpo reaccionó antes que mi mente. Grath se tensó bajo mi piel, lobo completo y feroz. Sus sentidos captaban cada sombra, cada sonido. Detectaba la curiosidad y las miradas sobre Avelyn, evaluando la debilidad que ella representaba. La frustración ardía: humanos débiles… y aun así, la deseaba cerca.—¿Qué pasó allí dentro? —pregunté a Jarek mientras salíamos del café, mis pasos firmes resonando sobre el empedrado húmedo.—Nada grave, solo tu… “encanto natural” —dijo Jarek, con esa sonrisa fácil que siempre me irrita—. Solo me aseguré de que salieras a tiempo.Gruñí suavemente, y Grath rugió en mi mente, mostrando su desaprobación por la indiferencia del Beta. La tensión no era solo deseo; era posesión. Y e
El motor se apagó y, por un instante, solo se escuchó el viento entre los árboles. El camino de tierra se extendía detrás de ella, bordeado por pinos que se alzaban como centinelas silenciosos. Frente a sus ojos se levantaba el pico más grande de la cordillera: Shadowfang. Impresionante, casi intimidante, como si la montaña misma la evaluara. Respiró hondo, apoyando la frente contra el volante. Otra oportunidad, se repitió. Otra vez para empezar de nuevo, para no dejar que el pasado la arrastrara. Abrió la puerta y el aire del bosque la golpeó, fresco y húmedo. Por un instante cerró los ojos y sintió que el suelo bajo sus pies tenía vida propia, ya no estaba en un lugar donde las leyes de la ciencia y la justicia humana dictarán las normas. Una camioneta negra apareció levantando polvo, y un hombre bajó con paso firme, sonrisa franca y mirada directa. Su porte era relajado, pero al mismo tiempo transmitía autoridad, sus casi dos
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