La entrada al área de la piscina de la Hacienda Palacios no fue una simple caminata; fue una toma de posesión. El brazo de Matthew Andrews se sentía bajo mi mano como una columna de mármol, dándome la estabilidad que mis propias piernas, debilitadas por el impacto de la traición, no podían garantizar. El vestido rojo carmesí que Allan había seleccionado con tanta saña estratégica se movía a mi alrededor como fuego líquido, capturando la luz de las antorchas y obligando a cada invitado a seguir