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CAPITULO IV - Ojos de océano y promesas nocturnas

El trayecto en el auto fue un torbellino de emociones. Mila (Camila) no paraba de moverse en el asiento del copiloto, ajustándose la tiara de "Novia" que brillaba bajo las luces de neón de Miami. Yo, por el contrario, apretaba el volante con fuerza, sintiendo todavía el ardor de las palabras de mi madre en el pecho.

— Titi, relaja los hombros —dijo Mila suavemente, usando el apodo que solo ella y mi abuela tenían permitido—. Vas a romper el volante y apenas estamos empezando la noche.

— Es que no puedo creer que me llamara principiante, Mila. Después de todo lo que hemos hecho por Daydream. Fue... cruel.

Mila suspiró, buscando las palabras adecuadas. Ella odiaba los conflictos casi tanto como amaba las fiestas.

— Escucha, Titi, sabes que estoy contigo al cien por ciento. Lo que dijo dolió, y estuvo mal, muy mal. Pero... ¿no te pareció raro? Tía Emilia no es así. Estaba pálida, como si hubiera visto un fantasma. Creo que no es que no confíe en ti, es que algo de esa mujer, de la tal Christina, la aterroriza.

— Eso no le da derecho a pisotear mi carrera —respondí con amargura.

— No, no se lo da. Y por eso hoy vamos a brindar por tu independencia. Pero no seas tan dura con ella mañana, ¿vale? Solo está asustada. Ahora, olvida a los Andrews, olvida las telas de encaje y mírame: hoy somos libres.

Camila tenía razón y todo lo que necesitaba era una copa, música y fiesta para animarme. El club que escogió no era el más exclusivo de la ciudad, pero tenía esa vibración eléctrica de los sitios que están a punto de ponerse de moda. La decoración era impecable, con toques de madera náutica y luces tenues, situado justo a la orilla del mar. La brisa salada se mezclaba con el perfume de la gente y la música tenía el volumen perfecto para hacernos vibrar sin necesidad de gritar.

Mila estaba espectacular en su vestido rosa ajustado. Yo había optado por algo que me hiciera sentir yo misma: un conjunto de body manga larga con un escote corazón pronunciado y la espalda totalmente descubierta, unido apenas por unas cadenas brillantes en los hombros que hacían juego con mis sandalias. Los shorts eran cortos, sueltos, dándole un movimiento casi de falda a mis caderas.

— Nena, estás hermosa —me gritó Mila sobre el ritmo de la música mientras caminábamos hacia la barra—. Si no consigues a tu marido esta noche, es que el fulano maleficio ese es más real que la borrachera que me voy a pegar.

— ¡Es tu noche, Mila! Vinimos a celebrar tu compromiso, lo demás no importa.

— ¡Claro que importa! Ya te dije que tendré tantas fiestas antes de casarme que perderemos la cuenta. ¿Ves a ese tipo de la esquina? Tiene cara de querer romper una maldición ahora mismo —bromeó, señalando a un chico que no dejaba de mirarnos.

— ¡Estás loca! Si te ve Braulio, a la que le va a dar un infarto es a Emilia.

Nos reímos y nos acercamos a la barra a pedir nuestras bebidas. Fue en ese preciso momento cuando el mundo se detuvo. Mi respiración se cortó al ver quién estaba del otro lado, atendiendo a un cliente con una agilidad sorprendente. Era él. El tipo misterioso de los ocean eyes. Al verme, su expresión de aburrimiento profesional se transformó en una sonrisa ladeada que hizo que mis piernas se volvieran mantequilla.

— Vamos... pero si es la "roba taxis" que me hizo recorrer media ciudad esta mañana —dijo él, apoyando los brazos en la barra con una confianza exasperante.

Alcé una ceja, cruzándome de brazos. No iba a dejar que me intimidara, por mucho que su mirada me estuviera consumiendo.

— Claro, y tú eres el taxista insufrible que no quería hacer su trabajo. ¿Qué pasa? ¿Te despidieron de la flota y ahora sirves copas?

— ¿Insufrible? —Se rió, y el sonido fue cálido, profundo—. Creo que la pasamos bastante bien en ese auto, señorita "Ensueño". Por cierto, busqué tu perfil. Las fotos no te hacen justicia.

Sentí el pellizco de Mila en mi brazo antes de que pudiera responder. Ella, por supuesto, no iba a dejar pasar la oportunidad.

— Si fuiste tan insufrible esta mañana, deberías compensarlo tomando una copa con nosotras, ¿a que sí, Titi?

— Camila, el hombre está trabajando —protesté, sintiendo mis mejillas arder—. Y de no ser por él no tendríamos el contrato, así que ya compensó su ineficiencia inicial.

— Vaya, gracias por lo que me corresponde —dijo él, soltando una carcajada mientras preparaba nuestras bebidas con una destreza que no era de un novato—. Un mojito de fresas para la jefa y algo con tequila para la novia, supongo.

— Con más razón entonces —insistió Mila, ignorando mis miradas de advertencia—. Te invitamos a una copa para agradecerte el "secuestro" matutino.

— Vale, acepto... —Él dejó los vasos sobre la barra y llamó a otro compañero para que tomara su lugar—. Y solo para tu tranquilidad, no soy el barman. Soy el dueño. Síganme.

Terminamos en el área VIP, en una zona apartada con sofás de cuero blanco frente al océano. Resultó que no era taxista, sino uno de los socios principales de la compañía de transporte; el auto de la mañana era una nueva adquisición que él mismo estaba probando para la flota de lujo. Me sentí morir de vergüenza al recordar cómo lo había tratado, pero él parecía divertirse con cada uno de mis reproches.

Ahí supe su nombre: Jesse Morgan, aunque todos lo conocían como Jay. Me burlé diciendo que casi se llamaba Jesse Joy por el dueto famoso, pero la forma en que me miraba, como si yo fuera lo único interesante en todo Miami, me dijo que ese nombre se quedaría grabado en mi vida por mucho tiempo.

Cuando Braulio apareció, Mila me abandonó para ir a la pista de baile. Me quedé a solas con Rick bajo la luz de la luna que se filtraba por la terraza.

— Y entonces, Tina... ¿Ahora sí vas a darme tu número? —preguntó, inclinándose tanto que podía sentir el calor de su cuerpo—. Solo para que no tengas que asaltar más autos en la calle.

— No lo sé... —respondí, tratando de mantener mi fachada de mujer de negocios—. ¿En base a qué debería? Solo hemos tomado un par de copas.

— Arreglemos eso. —Se levantó y me tendió la mano—. ¿Bailas?

No pude negarme. Mi mano encajó perfectamente en la suya. En la pista, su cuerpo se movió con el mío con una sincronía asustadora. Jay no solo era atractivo; tenía un magnetismo que iba más allá de sus músculos o su cuenta bancaria. Sus manos en mi cintura se sentían seguras, firmes, guiándome en una danza de seducción que me hizo olvidar por completo a mi madre, a los Andrews y al bendito maleficio.

En medio de la música y la penumbra, sus labios buscaron los míos con una delicadeza que no esperaba. Fue un beso lento, que sabía a fresas y a peligro, un baile aparte que nos dejó a ambos sin aliento cuando nos separamos.

— Tina, si no accedes a salir conmigo después de esto, cometeré un crimen —susurró contra mi frente.

— De ninguna manera quiero que un respetado hombre de negocios termine en la cárcel —sonreí, sintiéndome más ligera que nunca—. Así que me sacrificaré.

— Te agradezco el sacrificio. —Me besó brevemente una vez más, con una intensidad que me erizó la piel—. No me preguntes cómo lo sé, solo sé que eres la mujer que he estado esperando toda mi maldita vida. Lo supe desde el momento en que corriste hacia ese auto.

— Pudiste haberme evitado, Rick. ¿Por qué me dejaste entrar?

Él me miró fijamente, con esos ojos de océano brillando en la oscuridad.

— Valentina, yo no te dejé entrar al auto. Te estoy dejando entrar a mi vida.

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