Mundo ficciónIniciar sesiónMara vuelve a casa después de tres años para casarse con Sebastián, el hombre que cree el amor de su vida. Pero una noche lo encuentra en la cama con Hanny, su propia prima. Destrozada, huye a un bar y se emborracha. Ahí aparece Joaquín, el mellizo rebelde de Sebastián. El vago. El que no sirve para nada. El que todos dan por perdido. Entre copas nace un pacto peligroso: un matrimonio falso por venganza. Ella quiere humillar a su ex. Él quiere quitarle la empresa a su hermano. Tres días tiene Joaquín para demostrarle al padre de Mara que puede sostenerla. Si falla, ella se casará con Sebastián para siempre. Pero entre carreras clandestinas, noches de insomnio y abrazos que duran más de la cuenta, la rabia empieza a convertirse en otra cosa. ¿Podrán fingir que no sienten nada? ¿O la venganza se volverá el amor más peligroso de sus vidas? Un pacto. Tres días. Una conexión que ningún contrato puede detener.
Leer másMara había mentido. Les dijo a todos que su vuelo desde Londres llegaba el sábado por la mañana. Pero ella quería darle una sorpresa a Sebastián. Llevaba tres años estudiando Administración en el extranjero. Tres años de llamadas nocturnas, de cartas digitales, de juramentos de amor eterno por videollamada.
Lo extrañaba tanto. Él siempre la llamaba, siempre le decía que la esperaba, que los tres años pasarían volando. Y ella se lo creía. Porque lo amaba. O eso pensaba.
Se graduó con honores. Y lo primero que hizo fue cambiar el vuelo.
Llegó un día antes. Jueves, 9 de la noche. No le avisó a nadie. Ni a sus padres, ni a él. Quería ver su cara cuando abriera la puerta del penthouse y la viera.
Sus padres eran buenos con ella, pero muy diferentes. Su mamá, Doña Elena Rivas, era comprensiva, dulce, siempre dispuesta a escucharla. En cambio, su papá, Don Rivas, era estricto, exigente, de los que creen que la vida se hace obedeciendo reglas. A él no le gustaban los errores. Y Mara sabía que, si algo salía mal, su padre no se lo perdonaría fácilmente.
El anillo de compromiso brillaba en su mano izquierda: un zafiro rodeado de diamantes que Sebastián le había dado el día del compromiso.
Subió en el ascensor privado. Abrió la puerta con la llave que él le había dado antes de irse. Adentro, todo en penumbras. Pero algo olía mal.
Dos copas de cristal sobre la mesa de centro. Una con vino tinto, otra con champán. Zapatos de tacón tirados cerca del sofá. Un abrigo de mujer que no era de ella. Y un perfume que conocía demasiado bien.
—¿Sebastián? —susurró, todavía creyendo que tal vez era una reunión de trabajo, que tal vez él había invitado a alguien de la junta.
Escuchó risas. Risa de ella. Esa risa que conocía desde hacía años. Hanny, su prima, la misma que desde que llegó a casa de su padre la había tratado mal y menospreciado.
Mara caminó en puntas de pie. La puerta del dormitorio estaba entreabierta. Empujó con los nudillos.
Y los vio.
Sebastián estaba recostado en la cama, con la camisa desabotonada y el pantalón en el suelo. Hanny encima de él, en ropa interior, besándole el cuello con pasión.
El tiempo se detuvo.
—¡SEBASTIÁN!
El grito salió de sus entrañas. Todo el orgullo de sus tres años de esfuerzo, toda la ilusión de su regreso, se rompió en esa sílaba.
Hanny, en lugar de esconderse, se levantó. Se cubrió con la sábana, con gesto de vergüenza. Sus ojos se abrieron como platos, fingiendo sorpresa.
—Ay, prima —dijo, con voz dulce y temblorosa—. Tu viaje era el sábado. Si hubiera sabido que venías hoy, no estaría aquí. Tú sabes que yo nunca… yo nunca quise hacerte daño.
Mara sintió que la sangre le hervía. Recordó todo. Las llamadas de Sebastián todas las noches. Los mensajes de buenos días. Las cartas digitales llenas de promesas. "Te voy a esperar", le decía. "No miro a ninguna mujer como te miro a ti". "Tú eres la única".
Y ahora Hanny estaba ahí. Descalza. Con el sostén a medio camino. Y él… él ni siquiera la miraba a ella.
—¿Que no querías hacerme daño? —escupió Mara, con la voz rota—. ¡Zorra! ¡Te voy a matar! ¡Después de todo lo que Papá hizo por ti!
Pero Sebastián fue más rápido. La agarró del brazo con fuerza de hierro. Mara forcejeó, pataleó, trató de soltarse. Él, sin soltarla, le dio una bofetada seca. Un cachetazo que le giró la cara y le hizo llorar del golpe.
—¡¿QUÉ TE PASA?! —le gritó él, como si ella fuera la culpable, como si él no estuviera en paños menores frente a su amante.
Mara se llevó la mano a la mejilla ardiente. Lo miró con los ojos llenos de lágrimas de rabia, no de tristeza. Rabia pura. Fuego.
—¿CÓMO TE ATREVES A PEGARME? —escupió, con la voz rota pero con la dignidad intacta. —Me la van a pagar.
Se giró. Caminó hacia la puerta. Y caminó como la reina que era. Aunque por dentro se estuviera muriendo.
"La Cueva del Lobo" era un antro de mala muerte, pero el único bar abierto a esa hora cerca del penthouse. Mara entró como un huracán de vestido rojo, tacones altos y perfume francés.
El lugar olía a cigarrillo y whiskey barato. Había un par de mesas ocupadas por hombres de traje sucio y mujeres con mirada perdida. En una mesa del fondo, Joaquín jugaba solo con una ficha de póker. Chaqueta de cuero , un arete pequeño en la oreja izquierda. Era la copia exacta de Sebastián… pero con algo más salvaje en los ojos. Algo que decía "yo no tengo nada que perder".
Ella se dejó caer en la silla de al lado sin pedir permiso. Le hizo señas al cantinero con un dedo imperioso.
—Dame lo más fuerte que tengas.
Joaquín la miró de reojo. Arqueó una ceja. Bebió lentamente de su vaso antes de hablar.
—¿En serio vas a beber, princesa? Tú y el alcohol no se llevan bien.
Mara giró la cabeza hacia él. Lo vio reírse. No con crueldad, sino con una diversión oscura. Como si todo esto fuera un espectáculo que llevaba años esperando.
—Tu hermano es un desgraciado —soltó ella, apretando el vaso que el cantinero acababa de servirle.
Joaquín soltó una carcajada. Se recostó en la silla, puso los pies sobre la mesa.
—Jajaja, ¿los viste? ¿Estaban en la cama? ¿Con quién esta vez? Apuesto a que era Hanny, ¿no? Esa perra lo sigue hace años.
Mara apretó los labios. El whisky quemaba su garganta pero no lo suficiente.
—¿Sabías?
Joaquín bebió otro trago de su vaso. La miró fijo. Ya no se reía.
—Obvio. Eres la única que no se daba cuenta, Mara. Todo el mundo sabía que Sebastián te ponía los cuernos desde el primer mes que te fuiste. Hasta el perro del portero lo sabía. ¿De verdad creíste que él te iba a esperar tres años? Ese hombre no espera ni tres minutos por nadie.
Pasó una hora. Tal vez dos. Mara ya no podía hablar sin tartamudear. Joaquín había bebido casi lo mismo que ella, pero él tenía resistencia de piedra.
—Vamos, princesa —dijo él, levantándose y agarrando su chaqueta—. Te voy a llevar a tu casa.
—No —dijo ella, con la lengua espesa—. Nadie sabe que llegué hoy. Creen que vengo mañana. Si mi papá me ve así… si me ve borracha… me deshereda. Lo juro. Ya no soporta mis errores. Y esto… esto sería un error gigante.
Joaquín la miró. Suspiró. Se pasó una mano por el cabello.
—Entonces quédate aquí. El dueño es amigo mío. Te presta la habitación de arriba.
Mara lo agarró de la muñeca. Fuerte. Con las uñas.
—No. No me dejes aquí sola. Por favor, Joaquín. No me dejes aquí. Llévame a tu casa —susurró ella, con los labios pegajosos por el alcohol.
Joaquín negó con la cabeza. Soltó una risa incrédula.
—¿A mi casa? ¿Estás loca?. A mi casa no llevo a nadie. Nunca.
—No me importa —dijo ella, levantándose tambaleándose—. Por favor. No me dejes aquí.
—Mierda —murmuró Joaquín.
Él la sostuvo por la cintura cuando ella casi se cae. La sintió temblar. Olía a whisky, a perfume caro, a dolor.
La llevó hacia la puerta del bar. Afuera, estacionado, estaba su auto: un BMW negro, de esos que rugen como bestias encerradas. Lo había modificado él mismo para las carreras. Era su orgullo. Su escape.
A él le gustaba correr. No solo por la adrenalina. Corría para olvidar. Para ahogar el ruido de su padre diciéndole que no servía para nada. Para callar la voz de Sebastián riéndose de él. Para sentirse libre, aunque fuera por unos minutos. El asfalto era su terapia. La velocidad, su única forma de desahogarse.
La ayudó a subir al auto. Le puso el cinturón. Cerró la puerta.
El motor rugió. Joaquín pisó el acelerador y el auto salió disparado. Las curvas las tomaba pegando el cuerpo de Mara contra la puerta. En las rectas, el velocímetro subía como si no hubiera límite.
La mansión Hidalgo estaba en silencio, roto solo por los sollozos ahogados de Hanny, que aún permanecía arrodillada en el suelo, con las lágrimas rodando por sus mejillas y los hombros temblando. Pero nadie la miraba. Todos los ojos estaban puestos en Don Félix, que se había levantado de su sillón con la ayuda de su bastón y caminaba lentamente hacia el centro del salón. La luz de los candelabros se reflejaba en sus ojos negros, dándoles un brillo que era a la vez sabiduría y determinación. El silencio era tan profundo que se podía escuchar el latido de los corazones y el crepitar de las velas.Don Félix se detuvo frente a todos, apoyándose en su bastón con una dignidad que solo los años y la experiencia podían otorgar. Su mirada recorrió cada rostro presente: el de su hijo Humberto, con el rostro desencajado y los puños apretados; el de Sebastián, pálido y tembloroso; el de Maritza, con una luz de esperanza en los ojos; el de Doña Elena y Don Ricardo, los padres de Mara, que miraban
La mansión Hidalgo seguía sumida en un silencio tenso después de la confesión de Mara. Las palabras aún resonaban en el aire como un eco que no podía silenciarse: la traición de Sebastián, la infidelidad de Hanny, el dolor de años guardado. Doña Elena había apartado la mirada de Hanny, que seguía arrodillada en el suelo, con los hombros temblorosos y las lágrimas rodando por sus mejillas. Sebastián, por su parte, estaba pálido como la cera, con los puños apretados a los costados y la mirada fija en el suelo, incapaz de sostener la mirada de nadie.Pero el momento de mayor tensión aún estaba por llegar.Joaquín dio un paso al frente, y su voz, cuando habló, era firme y clara como el tañido de una campana. Todos los ojos se volvieron hacia él, expectantes, preguntándose qué más podría salir a la luz en una noche que ya estaba llena de revelaciones y secretos.—Abuelo —dijo Joaquín, con la voz firme—. No quiero hablar en el estudio. Quiero que sea aquí. Quiero que todos escuchen lo que t
La mansión Hidalgo estaba sumida en un silencio tenso cuando Joaquín y Mara cruzaron la entrada principal. El eco de sus pasos resonaba en el mármol pulido del vestíbulo, y todos los ojos se volvieron hacia ellos como un solo haz de luz. La luz de los candelabros se reflejaba en sus rostros, acentuando el cansancio y la emoción que aún llevaban consigo después de la carrera y la revelación. Pero también había algo más en sus miradas, una determinación que no se había visto antes, una certeza que los envolvía como un escudo invisible.Don Félix estaba en el centro del salón, con su bastón en una mano y una expresión que mezclaba alivio y enojo. Al ver a su nieto entrar, sintió que una parte del peso que llevaba sobre sus hombros comenzaba a disiparse. Pero también sentía que la tensión en el ambiente se intensificaba, como si todos estuvieran esperando una explosión.—Joaquín —dijo Don Félix, con la voz firme pero cargada de preocupación—. De verdad, ¿hoy llegaste sabiendo que era una
La mansión Hidalgo estaba iluminada con un esplendor que pocas veces se había visto. Las luces de los candelabros de cristal se reflejaban en los pisos de mármol pulido, creando un resplandor cálido que envolvía a los invitados como un abrazo de lujo. La orquesta, ubicada en un balcón de madera tallada, tocaba melodías clásicas que flotaban en el aire como susurros de seda. El aroma a champán y flores frescas se mezclaba con el perfume de las velas que adornaban cada mesa, creando una atmósfera de ensueño que contrastaba con la tormenta que se cernía sobre la familia Hidalgo.Pero a pesar de la belleza del escenario, la tensión en el ambiente era tan palpable que se podía cortar con un cuchillo. Don Félix estaba en el centro del salón, con su bastón en una mano y una expresión de preocupación en el rostro. Su traje oscuro, impecable, le daba un aire de autoridad que solo los años y la sabiduría podían otorgar. Pero en sus ojos negros, brillaba una mezcla de ansiedad y enojo. Llevaba m










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