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Capítulo 4: La carrera

Salieron de la mansión de los Rivas. La puerta principal se cerró detrás de ellos con un golpe seco. Mara caminaba rápido, con los brazos cruzados, el corazón latiéndole en la garganta. Joaquín iba detrás de ella, con las manos en los bolsillos de su chaqueta de cuero.

—¡Tres días! —gritó Mara, girándose hacia él—. ¿Tres días para tener más dinero que Sebastián? ¿Estás loco?

Joaquín sonrió. Esa sonrisa que la desarmaba.

—Completamente. Por eso funciona.

—¡No es gracioso! Mi papá me va a obligar a casarme con tu hermano. ¡No quiero volver con él!

—No vas a volver.

—¿Cómo lo sabes? ¿Cómo vas a conseguir tanto dinero en tres días?

Joaquín miró su reloj. Un cronómetro en la pantalla marcaba una cuenta regresiva.

—Falta poco —murmuró.

—¿Falta poco para qué?

—Para la carrera. Súbete al auto. Te lo explico en el camino.

No esperó respuesta. Abrió la puerta del BMW y se sentó al volante. Mara subió. El motor rugió. Joaquín pisó el acelerador y el auto salió disparado.

Mientras manejaba, Joaquín la miraba de reojo. Ella iba agarrada del asa, los nudillos blancos, el vestido rojo arrugado, el cabello desordenado por el viento. Y él pensó: "Es hermosa. Maldita sea, es hermosa. Y no debería estar pensando esto".

Apartó la mirada. La carretera. Solo la carretera. Pero sus dedos tamborileaban sobre el volante. Nervioso. Él, que nunca se ponía nervioso.

—¿De qué carrera hablas? —preguntó Mara.

—Vas a ver —dijo él.

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Llegaron. Un lugar enorme. Una pista de carreras gigante, rodeada de gradas llenas de gente. Luces de neón. El rugido de los motores llenaba el aire. Varios competidores con sus motos, ajustándose los cascos, revisando sus máquinas.

Mara bajó del auto. Abrió los ojos como platos.

—¿Esto es…?

Joaquín no respondió. Solo caminó hacia la entrada.

Un hombre con overol se acercó corriendo.

—Jefe, todo está listo.

—Bien.

Otro muchacho se inclinó.

—Jefe, ¿quiere revisar la moto?

—Después.

Una mujer con un tablero sonrió.

—Jefe, los apostadores están esperando.

Todos lo llamaban "jefe". Todos le hacían reverencia. Mara lo miraba boquiabierta, sin entender nada. Pero Joaquín no explicaba. Solo seguía caminando.

—Joaquín… —susurró ella, alcanzándolo—. ¿Por qué te dicen así?

—No importa —respondió él—. Ven.

---

La llevó a un vestidor. Abrió un casillero. Sacó un uniforme rosado. Súper bonito. Brillante. Con detalles plateados. Un casco. Guantes.

—Ponte esto —dijo, pasándole la ropa.

—Ahora te digo, confía en mí.

Ella se vistió rápido. El uniforme rosado le quedaba perfecto. Ajustado pero cómodo. Cuando terminó, se miró en el espejo.

Joaquín se giró. La vio. Sus ojos la recorrieron de arriba abajo.

Luego él se puso el traje. Negro. Rojo. Con su nombre bordado en el pecho: Joaquín Hidalgo.

El traje le quedaba perfecto. Ajustado a su cuerpo, marcando sus hombros anchos, su espalda fuerte. Cuando se puso el casco, solo se le veían los ojos. Pero esos ojos… esos ojos la miraban con una intensidad que le cortaba la respiración.

—¿Qué? —preguntó él, notando su mirada.

—Nada —dijo ella, bajando la vista rápido—. Es solo que… el traje te queda bien.

Joaquín sonrió detrás del casco. Ella no lo vio, pero sintió la sonrisa.

---

Caminaron hacia la pista. En medio, una moto. Gigante. Brutal. Negra y roja.

Mara se quedó paralizada.

—¿Te vas a subir a eso?

—Vamos a subirnos —dijo Joaquín—. Tú vas conmigo, recuerda. Eres mi parrillera.

—¡No! ¡Yo no me monto en esa cosa!

Joaquín se acercó a ella. Le tomó las manos. Las apretó con suavidad. Sintió cómo temblaban.

—Mira —dijo, con voz calmada—. Sé que tienes miedo. Es normal. Pero si no te subes, voy a perder la apuesta con tu papá. Y no voy a ganar el dinero que necesito.

Mara lo miró, confundida.

—¿La apuesta? ¿El dinero?

—La apuesta de los tres días —dijo él—. Si no corro contigo, no sumo puntos. Si no sumo puntos, no gano el dinero. Si no gano el dinero… tu papá te casa con mi hermano.

Mara palideció.

—¿Entonces esto es…?

—Esto es lo único que tengo para ganar. Por eso necesito que confíes en mí. Por favor.

Ella lo miró a los ojos. Él sostuvo su mirada. Y en ese momento, Joaquín supo que ya no estaba actuando.

—¿Confías en mí? —preguntó, y su voz salió más ronca de lo que quería.

Ella tragó saliva.

—Confío.

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Montó primero. La moto rugió. Le tendió la mano. Mara se montó detrás de él. Lo abrazó. Al principio, débil. Él le agarró las manos y las apretó contra su abdomen.

—Más fuerte.

Ella apretó más. Su pecho pegó contra su espalda. Sintió el calor de ella a través del traje.

Joaquín cerró los ojos un segundo. El mundo desapareció. Solo existía ella. El calor de ella. El olor de ella. La forma en que sus manos temblaban sobre su pecho.

Algo se movió dentro de él. Algo que no quería sentir. Algo que no podía controlar.

—¿Lista? —preguntó, con la voz más ronca que nunca.

—No —respondió ella, pero lo abrazó más fuerte.

—Yo sí.

La moto arrancó. Salió disparada hacia la pista. Los otros competidores los seguían. El rugido de los motores era ensordecedor.

Joaquín sintió los brazos de Mara temblar alrededor de su cintura. Sintió su miedo. Y algo dentro de él se ablandó.

Con una mano, soltó el manubrio un segundo y le sostuvo la mano. Sus dedos se entrelazaron.

—No tengas miedo —dijo, por encima del rugido—. Estoy contigo.

No era una actuación. Lo dijo de verdad. Y supo que era verdad porque le temblaba la voz.

Mara apretó su mano. Cerró los ojos. Y por un segundo, solo un segundo, Joaquín sintió que la pista desaparecía. Que el ruido desaparecía. Que solo existían ellos dos.

Cruzaron la meta primeros. La gente estalló en aplausos.

Joaquín frenó. Apagó el motor. Se bajó y ayudó a bajar a Mara. Ella estaba pálida, temblando, pero con los ojos brillantes.

—¿Viste? —dijo él, con una sonrisa que le costó mantener—. Te dije que no iba a pasar nada. Y ganamos más puntos por llevarte a ti.

—¿Más puntos?

—Muchos más. Eso significa más dinero.

Mara lo miró. Y en sus ojos, él vio algo. No era miedo. No era gratitud. Era otra cosa.

—¿Y ahora qué? —preguntó ella.

—Ahora —dijo Joaquín—, ahora falta más. Pero vamos por buen camino.

—¿Más carreras?

—Tres días. Tres carreras. Y tu papá va a tener que cumplir su palabra.

Le tendió la mano. Ella la tomó.

Joaquín sintió sus dedos entrelazados con los suyos. Y supo que ya no quería soltarlos.

Pero no dijo nada. Solo caminaron juntos hacia el auto.

La noche caía. La pista se vaciaba. Y él seguía sintiendo el calor de ella en su espalda. El recuerdo de su cuerpo pegado al suyo. La forma en que sus manos temblaban.

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