Mundo ficciónIniciar sesiónEl auto de Joaquín era un BMW negro, de esos que rugen como bestias encerradas. Él manejaba rápido. Demasiado rápido. Tomaba las curvas pegando el cuerpo de Mara contra la puerta, aceleraba en las rectas como si el asfalto fuera suyo. El motor rugía. El viento silbaba. Los árboles pasaban como manchas verdes.
Mara apretó los dientes. Agarró el asa de la puerta con fuerza. Sus nudillos estaban blancos.
—¿Siempre manejas así? —preguntó, con la voz tensa, cortada por el vértigo.
—Siempre —respondió él, sin quitar los ojos de la carretera. Una sonrisa divertida bailaba en sus labios—. La velocidad es mi única religión.
—Vas a matarnos antes de llegar a la mentira.
—Qué forma más poética de morir.
Mara quiso reñirle, pero algo en la forma en que dominaba el volante, con esa seguridad absoluta, con esa calma en medio del peligro, le produjo un cosquilleo en el estómago que no quiso analizar.
Joaquín tomó una curva cerrada. El cuerpo de Mara se inclinó hacia él. Sus hombros se rozaron. Ella sintió el calor de él a través de la tela. Se enderezó rápido, como si hubiera recibido una descarga.
—En nuestra luna de miel —dijo Joaquín, con tono de broma— te voy a llevar a hacer deporte. Te va a encantar.
Mara lo miró con el ceño fruncido.
—¿Luna de miel? —preguntó, incrédula—. ¿Qué luna de miel? Tú dijiste que esto era un matrimonio falso. Que no iba a pasar nada entre nosotros.
Joaquín soltó una carcajada. El auto aceleró aún más.
—Ay, no. Era una broma. Relájate, princesa. No te voy a llevar a ninguna luna de miel. A menos que quieras.
—No quiero.
—Qué lástima.
Mara cruzó los brazos. Se quedó en silencio. Pero por dentro, algo se movía. Algo que no quería sentir.
Llegaron en veinte minutos lo que cualquiera haría en cuarenta. Joaquín aparcó el BMW frente a la mansión de los Rivas-Dávila con un frenazo seco y preciso. El motor se apagó. El silencio fue abrumador después de tanto rugido.
Mara no se movió. Miraba la puerta de la mansión como si fuera la entrada a una cárcel.
—¿Nerviosa? —preguntó Joaquín.
Ella tragó saliva.
—Sí.
—Bien. Es normal. Vamos.
Bajaron del auto. Joaquín rodeó el coche y se paró junto a ella. Le tendió la mano. Mara la miró. Dudó.
—Tienes que acostumbrarte —dijo él—. Somos novios, ¿recuerdas?
Mara tomó su mano. Los dedos de él eran largos, firmes, calientes. Se entrelazaron con los de ella como si ya se conocieran de antes.
Caminaron hacia la puerta. Los tacones de Mara hacían clac, clac contra el adoquín. El corazón le latía en la garganta.
La puerta se abrió antes de que llamaran.
—¡Mara! —La señora Rivas, una mujer elegante de cabello castaño y mirada dulce, abrió los brazos con los ojos brillosos de emoción—. ¡Cariño, llegaste!
—Mamá… te extrañé.
En ese momento, Don Rivas apareció en el marco de la puerta. Alto, bigote canoso, expresión seria. Miró a Mara. Luego miró a Joaquín.
—Sebastián —dijo el padre, extendiendo la mano—. Gracias por recoger a la niña.
Joaquín tomó la mano. La apretó con firmeza.
—No soy Sebastián, señor. Soy Joaquín.
El padre se quedó helado. La madre también.
—¿Joaquín? —dijo el padre, con la voz cortante—. ¿Qué haces aquí? ¿Dónde está Sebastián?
—Pasen —dijo la madre, con la voz temblorosa—. Siéntense.
Entraron a la sala principal. Mara y Joaquín se sentaron juntos en el sofá. La madre se sentó frente a ellos. El padre se quedó de pie, apoyado en la chimenea. Los brazos cruzados. La mirada clavada en Joaquín como si fuera un criminal.
—¿Dónde está Sebastián? —preguntó el padre otra vez, con voz más dura.
Mara respiró hondo.
—Mamá, papá —dijo, con voz firme—. Vine a decirles que quiero cancelar mi compromiso con Sebastián. Quiero casarme con Joaquín.
El silencio fue absoluto. La madre se llevó la mano al pecho. El padre apretó la mandíbula. Su cara se puso roja.
—¿Qué? —dijo el padre, con voz de trueno—. ¿Cancelar? ¿Casarte con él? ¡NO! ¡No se van a casar! Tu compromiso sigue con Sebastián. Así lo acordamos, así es.
—Papá —dijo Mara, levantándose—. Pero yo no lo amo. No me quiero casar con él. Yo quiero a Joaquín.
El padre dio un paso al frente. Su cara era un poema de furia contenida.
—¡NO! —gritó—. ¡Te he dicho que no! ¡Eso no se discute! ¡Las familias están de acuerdo! ¡La fecha está puesta! ¡Tú te casas con Sebastián y punto!
—Pero papá…
—¡CÁLLATE!
Joaquín se puso de pie. Lentamente. Con calma. Enfrentó al padre. Su mirada era fija, segura, sin un ápice de miedo.
—Don Rivas —dijo, con voz calmada pero firme—. ¿Qué tiene Sebastián que no tenga yo?
El padre lo miró con desprecio. Soltó una risa amarga, burlona.
—¿Es en serio? —dijo, alzando la voz—. ¿Me estás preguntando en serio? Tu hermano es un empresario exitoso. Tiene muchos ceros en su cuenta bancaria. Tiene futuro. Tiene estabilidad. Tiene dinero de verdad. Tú… ¿qué tienes tú?
Joaquín sostuvo la mirada. No parpadeó.
—¿Eso es lo que le importa, señor? ¿Los ceros? ¿O la felicidad de su hija?
El padre enmudeció un segundo.
—¡No me importa el amor! —gritó—. En nuestra familia, lo que importa es el dinero. El amor no paga facturas. El amor no mantiene empresas. El amor no asegura el futuro.
—Yo amo a Mara —dijo Joaquín, con la voz más firme que nunca—. Y la haría más feliz que mi hermano. Eso se lo prometo.
—No me importa lo que prometas. Lo único que me importa es que mi hija esté con alguien que pueda darle lo que merece. Y tú no estás a la altura.
Joaquín apretó la mandíbula. Pero no se rindió.
—Hay algo que pueda hacer para ganarme su respeto, señor.
El padre lo miró largamente. Sus ojos se entrecerraron.
—¿De verdad quieres saberlo?
—Sí.
—Te voy a dar tres días. Si en tres días tienes más dinero en tu cuenta bancaria que tu hermano Sebastián… entonces permito que te cases con ella. Si no, será para Sebastián.
—¡No, papá! —gritó Mara, dando un paso al frente—. ¡Yo no quiero casarme con Sebastián! ¡No lo amo! ¡No puedo!
—¡SILENCIO! —rugió el padre—. ¡Ya decidí! ¡Tres días! ¡Y no se hable más!
Mara sintió que el suelo se abría. Las lágrimas quemaban sus ojos. Giró la cabeza hacia Joaquín. Él la estaba mirando.
Se acercó a ella. Le tomó las manos. Con suavidad. Las apretó entre las suyas. Levantó una mano y le acarició el rostro. Su pulgar recorrió su mejilla, despacio, como si fuera de cristal.
Mara dejó de respirar.
Joaquín acercó su rostro al de ella. Sus miradas se encontraron. El mundo desapareció.
—Amor —dijo él, con voz baja, ronca, solo para ella—. ¿No confías en mí?
Mara sintió un vuelco en el estómago. Todo su cuerpo temblaba. Joaquín actuaba tan bien que ella hasta se creyó.
—Sí —susurró ella, con los labios temblando—. Confío.
Joaquín sonrió. Una sonrisa pequeña, segura, que le iluminó la cara.
—Entonces no te preocupes
Joaquín soltó a Mara. Se giró hacia el padre. Le tendió la mano.
—Es un trato, don Rivas.
El padre lo miró. Dudó. Luego tomó su mano. La apretó con fuerza.







