La mansión Hidalgo se había sumido en un silencio pesado y denso. Los sirvientes se habían retirado a sus habitaciones, y el eco de los pasos del abuelo Félix se desvaneció en la escalera mientras subía a su cuarto. Maritza se quedó sola en la sala, con la luz tenue de la lámpara iluminando su rostro, sintiendo que el corazón aún le latía con fuerza después de la conversación que había cambiado su vida.
El abuelo Félix se detuvo en el rellano de la escalera y la miró con una sonrisa cálida y ca