Mundo ficciónIniciar sesiónLlegaron al departamento de Joaquín a trompicones. Ella colgada de su cuello, él tratando de sostenerla mientras abría la puerta con huella digital. El ascensor privado los había dejado directamente en el vestíbulo de su penthouse.
El departamento era impresionante. Paredes de concreto pulido, pisos de madera oscura, ventanales enormes que dejaban ver toda la ciudad iluminada. Una chimenea apagada. Un sofá de cuero negro impecable. Una biblioteca flotante con libros ordenados por color. La cocina era de acero inoxidable y mármol blanco, sin un solo plato sucio. Todo en su lugar.
Joaquín la sostuvo por la cintura. La guió hasta el fondo, donde estaba el dormitorio principal. Una cama enorme, con sábanas de algodón egipcio en tonos grises. Cabecera de terciopelo. Lámparas de diseño. Una foto en blanco y negro de él en una moto antigua.
La sentó en el borde de la cama. Ella cayó hacia atrás, boca arriba, con los brazos abiertos y el vestido rojo subido hasta los muslos.
—Duerme —dijo él, con voz firme, y se dio la vuelta para irse.
Mara levantó la cabeza con esfuerzo. El alcohol le nublaba todo, pero su boca aún funcionaba.
—Ayúdame a cambiar la ropa.
Joaquín se detuvo. Giró lentamente la cabeza hacia ella. Arqueó una ceja.
—¿Estás loca? No voy a ayudarte. Después dirás que me quise aprovechar de ti. Estás borracha.
Mara hizo un puchero exagerado.
—De verdad no puedo dormir así. Este vestido me aprieta. Tengo las costuras marcadas en la piel.
Joaquín cerró los ojos. Suspiró. Fue a un clóset empotrado, enorme, con puertas de espejo. Abrió un cajón y sacó una camisa de vestir blanca, de algodón italiano, suave como la seda. Nunca usada. Se la lanzó con precisión. La camisa cayó sobre la cara de Mara.
—Póntela —dijo, girándose hacia la pared. Sus manos se cruzaron detrás de la nuca, en señal de espera respetuosa.
Mara se sentó, tambaleante. Se quitó el vestido rojo a duras penas. Se puso la camisa. Le quedaba enorme, casi como un vestido corto. Los botones apenas llegaban a mitad de sus muslos.
—Ya —dijo ella.
Joaquín se dio la vuelta. La vio sentada en el borde de la cama con su camisa blanca, el cabello suelto, las piernas cruzadas. Por un segundo, algo se movió en su pecho. Pero lo apartó.
—Duerme. Mañana hablamos si quieres.
Se giró para irse. Pero Mara, con un resto de energía borracha, se paró como pudo. Fue hacia él. Lo agarró de la muñeca con fuerza inesperada.
—Siéntate aquí —dijo, arrastrándolo hacia la cama.
Joaquín, más por sorpresa que por obediencia, se sentó en el borde. Ella se dejó caer a su lado, mucho más cerca de lo necesario.
—Sabes… tu hermano es un desgraciado —murmuró ella, mirando al frente.
—Lo sé.
—Ummmm —hizo ella, como si una idea brillante le estuviera naciendo entre las neuronas empapadas de alcohol—. Tengo una idea. Cásate conmigo.
Joaquín giró el cuello hacia ella tan rápido que casi se lo disloca, se paró de golpe.
—¿Estás loca? —dijo, con la voz cortante—. ¿Tú estás loca? ¿Crees que me voy a casar contigo? ¿Con una mimada consentida? ¡Ni loco!
Mara ni se inmutó. Lo miró fijo, con los ojos brillosos de alcohol pero la voz firme.
—En serio —insistió—. Si unimos fuerzas, vamos a hundir a tu hermano. Piénsalo. Tu te quedas con la empresa que él tanto quiere y yo me vengo.
Joaquín soltó una risa seca, incrédula.
—¿Pensarlo? ¿Estás borracha o sin neuronas?
—Solo la primera —respondió ella, sin pestañear—. Pero tengo razón.
—Estás loca. Buenas noches.
Y salió.
Al día siguiente, la luz entraba por los ventanales con cortinas automáticas que se abrieron lentamente al detectar el amanecer. Un sistema silencioso, elegante.
Mara abrió los ojos. El techo era alto, con vigas de madera tratada. Una lámpara de diseño colgaba sobre la cama. Todo era limpio, ordenado, caro.
Se incorporó. La camisa blanca seguía puesta. Su vestido rojo estaba doblado en una silla, como si alguien lo hubiera colocado con cuidado. Sus tacones, alineados al pie de la cama. Una botella de agua y dos aspirinas en la mesita de noche.
—¿Qué…? —murmuró.
El dolor de cabeza le golpeó las sienes. Y entonces lo recordó todo. El bar. Joaquín. La cachetada de Sebastián. Hanny besándolo. Y luego… luego ella pidiéndole a Joaquín que la llevara a su casa. Y después…
Las imágenes llegaron en fragmentos borrosos. Ella agarrando a Joaquín de la muñeca. Sentándolo en la cama. Y después… después no recordaba nada más. Pero su cuerpo desnudo bajo la camisa blanca le puso a volar la imaginación.
—No —susurró, llevándose las manos a la cara—. ¿Qué hice? ¿Qué clase de borracha soy?
El pánico le subió por la espalda como un escalofrío. Se llevó la mano al cuello. No tenía marcas. Pero eso no significaba nada. O tal vez sí. No lo sabía. Y no quería quedarse a averiguarlo.
Se levantó de un salto. Fue al baño privado. Mármol blanco, grifería de oro mate, una ducha con luces LED. Se miró al espejo. Era Mara. Heredera. Millonaria. La mujer que nunca mendiga.
Y tampoco la mujer que se queda a enfrentar sus errores borrachos.
Se vistió rápidamente.
Atravesó el pasillo. Pasó junto a la biblioteca flotante, el sofá de cuero negro, la chimenea apagada. La puerta principal estaba a unos metros. Libre. Salvada.
Pero justo cuando extendió la mano hacia el pomo, una voz grave y divertida sonó a su espalda.
—Buenos días, fugitiva.
Mara se congeló. Cerró los ojos. Deseó que el suelo se la tragara.
Joaquín estaba recostado en el marco de la cocina, con los brazos cruzados y una sonrisa que le llegaba hasta las orejas. Usaba unos jeans negros y una camiseta blanca ajustada. El cabello todavía húmedo. Olía a jabón caro y a café recién hecho.
Mara, sin darse la vuelta, levantó su bolso y se tapó la cara con él. Como si eso fuera a esconderla. Como si fuera invisible.
Mara apretó el bolso contra su rostro. Sentía las mejillas arder. La vergüenza le quemaba hasta las orejas.
—No quiero hablar —murmuró.
Joaquín se apartó de la cocina. Caminó hacia ella con paso lento, seguro. Cuando estuvo a un paso de distancia, le bajó el bolso con una mano.
—Ven acá —dijo, y la agarró por la muñeca.
Mara levantó la cara. Sus ojos se encontraron. Él estaba demasiado cerca. Tanto que podía verle una pequeña cicatriz en la ceja, el brillo travieso de sus ojos, la curva de sus labios.
Y entonces Joaquín inclinó la cabeza. Acercó su boca a la de ella. Mara sintió su aliento caliente en los labios. Cerró los ojos. Su corazón se le fue a las mil.
—Dame un beso —susurró él, con voz grave—. Así apasionado como anoche.
El mundo se detuvo. Mara abrió los ojos de par en par. Sintió el pánico real. La sangre se le fue de la cara.
—¡Joaquín! —gritó, y lo empujó con tanta fuerza que él tuvo que dar un paso atrás para no caerse.
Y entonces él estalló en risa. Una carcajada enorme, franca, que le iluminó toda la cara. Se dobló un poco, agarrándose el estómago.
—¡Jajajaja! ¡Te la creíste! —dijo entre risas—. ¡Pensaste que yo iba a besarte! ¡Ni loco!.
Mara se quedó paralizada. Sus mejillas pasaron de rojas a moradas. El alivio y la indignación se peleaban en su pecho.
—¿Entonces tú y yo anoche…? —preguntó, con voz temblorosa—. ¿No…?
Joaquín levantó una ceja. La miró con una sonrisa pícara.
—¿No qué? ¿Que nos acostamos? ¿Eso creías?
Mara asintió, sin poder articular palabra.
Él se acercó de nuevo, pero esta vez sin invadir su espacio. Se cruzó de brazos, apoyó un hombro en la pared, y la miró de arriba abajo con una diversión enorme.
—En serio, ¿No recuerdas nada?. Llegaste, te pusiste mi camisa, te acosté en la cama, y te dormiste. Roncaste. Feo. Parecías un camión en bajada. Yo me fui a la habitación de invitados y aquí estamos. Ni un solo beso. Ni una sola caricia. Lo siento por arruinar tu imaginación erótica.
Mara quiso morirse. Quiso que un agujero negro la absorbiera justo en ese momento.
—Yo… yo pensé… —tartamudeó.
—Pensaste mal —la interrumpió él, divertidísimo—. Yo no me acuesto con borrachas que ni pueden tenerse de pie. Tengo estándares, mujer.
—Eres un imbécil —dijo.







