Mundo ficciónIniciar sesiónSolo hacía falta una noche para que la vida de Estefanía se convirtiera en un infierno. Lo que comenzó como un acto de desesperación —vender su virginidad al mejor postor— terminó siendo su sentencia de muerte. Sacar a su hermanito del orfanato era su único objetivo, pero el destino la arrojó directamente a las garras de un monstruo. Cristian Sterling domina la ciudad desde las sombras. Es un abogado brillante que no conoce la derrota; sin embargo, su moral es tan oscura y retorcida como su inexistente alma. En este juego de poder, su cuerpo es la única moneda de cambio y él piensa exigir hasta el último centavo.
Leer más—¿Estás seguro de que es virgen?
—Lo es. Dos personas intercambiaron dinero en ese instante. La joven, cuya presencia parecía no tener la menor importancia para ellos, observó con atención cómo era vendida por una noche. Luego le arrojaron una prenda diminuta de color blanco que no debería ni siquiera ser considerada ropa. Lo que vino después fue una sucesión de actividades. Lavaron su cuerpo, lo perfumaron y la revistieron en aquel babydoll que no dejaba nada a la imaginación. Estefanía observó su reflejo en el espejo. No se podía reconocer. Su rostro empolvado, sus labios pintados de un escandaloso color rojo. Jamás había usado maquillaje antes. —¡Está lista! —anunciaron. Poco después fue arrastrada a un auto. Solo llevaba encima un abrigo. Su cuerpo se sentía entumecido y no era por el frío de la noche. Sus piernas temblaban sin control, llevándose la valentía que con gran esfuerzo había logrado reunir. Los ojos se le llenaron de lágrimas mientras observaba el recorrido por la ventanilla, repitiéndose una y otra vez que esto lo hacía por su hermanito. «Javier, te lo prometo, te sacaré de aquí», le había dicho ella antes de marcharse de ese orfanato. Había pasado solo una semana desde que cumplió la mayoría de edad y abandonó el lugar donde vivió los momentos más duros de su infancia. Una semana desde que, sin querer, escuchó los planes macabros que el director del orfanato tenía para con su hermano. «Los muchachos están listos. Con un poco de entrenamiento, servirán para cualquier trabajo». Y luego de entregarle su planilla de egreso, con esa falsa actitud afable, vino aquel consejo no solicitado: —Estefanía, sé lo mucho que quieres a tu hermano, pero debes ser realista. Deja que Javier encuentre una familia que lo adopte y le dé las posibilidades de superarse que tú no puedes ofrecerle ahora mismo. De hecho, estoy hablando con unas personas muy importantes... es muy probable que lo adopten el próximo mes. Estará en buenas manos, te lo aseguro. El auto se detuvo y ella se limpió las lágrimas rápidamente, tratando de serenarse. «¿Adoptar?», bufó dentro de sí. Sabía bien que aquello no era más que una pantalla de humo. Necesitaba sacarlo de allí antes de que fuera demasiado tarde. Y estaba dispuesta a hacer cualquier cosa para conseguirlo. Así fue como terminó en medio de aquel departamento. El abrigo ya no estaba sobre su cuerpo. Solo era ella con esa prenda diminuta, esperando que la puerta se abriera, contando mentalmente los segundos. De repente se escuchó el clic de la cerradura. Los ejercicios de respiración que había hecho durante varios minutos quedaron en el olvido. Sentía un pánico tremendo que no lograba combatir. La silueta de un hombre apareció frente a sí, sin darle tiempo a reaccionar del todo. Las luces del lugar seguían apagadas y ella solo tenía una frase para decir: —Feliz cumpleaños… —balbuceó con voz trémula, demasiado bajo, demasiado lamentable para poder ser oída por el recién llegado. Sin embargo, él lo hizo. La escuchó. —¿Quién eres? La pregunta la alcanzó justo en el instante en que las luces se encendían, dándole la sensación de estar en medio de un juicio. El individuo la observó durante un par de segundos sin expresión, chasqueó la lengua con hastío y lanzó al sofá el maletín que llevaba en la mano. Dándole la espalda, sacó su teléfono y marcó un número. —¿Es en serio? ¿Esta es la sorpresa de la que hablabas? Ella solo alcanzó a descifrar la palabra “disfruta” en forma de burla proveniente del otro lado de la línea. El hombre habló entonces sin mirarla. —Vístete. La orden fue firme, sin derecho a réplica. Se estremeció ante la sorpresa. El poder que desprendía aquella voz la dejó paralizada. —¿Estás sorda? —gruñó él, mirándola de reojo con una expresión feroz. Sus ojos marrones desprendían una furia que parecía difícil de contener. Nadie la había preparado para el rechazo. Ella llevaba horas devanándose los sesos sobre cómo comportarse al momento del acto y ahora se daba cuenta de que simplemente no sucedería. Pero necesitaba que sucediera. Ya había agotado todas las opciones. La policía no la escuchó. Nadie creyó sus acusaciones contra el director del orfanato. Esa noche era su último recurso. El hombre que tenía enfrente perdió la paciencia al ver que no se movía. Se giró y caminó hacia ella con grandes zancadas, tomándola del brazo para arrastrarla sin piedad hacia la puerta. —No he pedido los servicios de ninguna prostituta. ¡Lárgate de aquí! El insulto fue un golpe directo a su pecho. Sentía que se asfixiaba. Las lágrimas le nublaban la vista. Prostituta. A eso se había reducido. Sin embargo, no tuvo más opción que decir: —Por favor, déjeme cumplir con mi trabajo. Sabía bien que esto podía ser aún peor. Su amiga Carolina ya se lo había advertido: «Con suerte no te tocará un tipo viejo y gordo». Fue ella precisamente quien le dio la idea de vender su virginidad por una buena suma de dinero. Tuvo suerte en medio de su desgracia. Este hombre no era ni viejo ni gordo. Mucho menos feo, aunque su aura la intimidaba de una manera que apenas podía soportar. —Por favor… —se aferró a su brazo firme y musculoso, mientras elevaba la mirada hacia él. El hombre no se inmutó. Su desprecio era absoluto, observándola como si le diera asco. Ella no era más que una prostituta a sus ojos.Desde la muerte de sus padres, sus noches estuvieron plagadas de pesadillas.Estefanía deseaba que este momento fuera uno de esos, donde bastaba con abrir los ojos para regresar a la realidad.Las pesadillas eran crueles, dolorosas, pero se esfumaban con el despertar.Esto, en cambio…Cerró los ojos con fuerza, echándose hacia atrás hasta quedar sentada en el piso de la oficina.Lágrimas de la más profunda tristeza corrían por sus mejillas, mientras los segundos transcurrían uno a uno, en un silencio asfixiante.Sentía como si manos fuertes apretaran su cuello, llevándola directamente a una muerte lenta y dolorosa.La muerte en manos del hombre que amaba.Eso no era precisamente conmovedor.Al final su vida había sido eso: una desgracia tras otra. Solo dolor.—Cristian, yo no… —balbuceó, abriendo los ojos para observar al hombre que no había dejado de mirarla ni un segundo.Sus ojos eran tan fríos. Ni siquiera podía decir que estaba enojado. El sentimiento parecía ir un poco más allá.
Solo existían unas manos que su cuerpo aceptaba completamente.Aquellas manos no eran precisamente las más suaves; a veces el toque era rudo, pesado, demandante.Pero era un toque que la hacía sentir viva.Esto, en cambio…Estefanía empujó con todas sus fuerzas al hombre que tenía delante.Él retrocedió tan solo un paso con una sonrisa divertida en los labios.Luego, sacó un fajo de billetes de su cartera.Eran muchos.Una suma por la que cualquiera se pensaría las cosas dos veces.Quizás, si ella siguiera siendo aquella chica desesperada que anhelaba salvar a su hermano, hubiera aceptado el dinero sin dudarlo.Ahora, en cambio, no lo necesitaba.De un solo manotón hizo caer los billetes al suelo, quedando desparramados en la pequeña sala de descanso.El hombre no se inmutó ante su rechazo; su sonrisa se amplió.—Te has vuelto una perrita codiciosa, ¿eh? ¿Quieres más? —hizo el ademán de sacar más dinero.—¡No quiero nada que provenga de usted! ¡Y quítese de mi camino o gritaré! —habló
En el consultorio ginecológico, la enfermera acababa de tirar la jeringa usada al contenedor de desechos biológicos.Justo en ese momento, el teléfono de Cristian vibró con una llamada.Estefanía observó cómo el hombre tomaba el celular de inmediato, revisaba la pantalla y hacía una seña rápida al doctor antes de cruzar el umbral hacia el pasillo.Y así, se quedó a solas con el médico.Sus piernas se balancearon sobre la camilla mientras pensaba en la mejor manera de hacer la pregunta que tenía en la punta de la lengua.—Doctor… —lo llamó con cierta timidez, haciendo que el médico apartara la vista del expediente que estaba revisando.—Dime, Estefanía.—¿Qué tan segura es esta inyección? —preguntó ella. No pudo evitar mirar hacia la puerta por donde había desaparecido Cristian, una y otra vez, con nerviosismo—. O sea, ¿hay alguna probabilidad de que falle?El hombre mayor sonrió con suavidad, restándole peso al asunto con un ademán de mano.—Ningún método anticonceptivo es cien por ci
Estefanía durmió esa noche en la cama de Cristian. Como de costumbre, se acurrucó como un gatito perezoso junto a él. El hombre no la rechazó. Acarició su cabeza un par de veces hasta que se quedó dormida por el cansancio. Al despertar, la cama estaba vacía y ella seguía desnuda entre sábanas revueltas que olían a él y a sexo. No pudo evitar recordar lo que habían hecho. Sintió un calorcito extraño encenderse en aquella parte concreta de su anatomía al rememorar la forma en la que él la había tomado. Cuando decidió vender su virginidad, ella no tenía ningún tipo de expectativa respecto al sexo. Solo sabía que la primera vez dolía y lo normal era sangrar; mas no se imaginaba lo adictivo que podría llegar a ser. Justo ahora, no concebía un día en el que aquel hombre no estuviera follándole los sesos. Pero el sexo no solo era disfrute. Si no se tomaban las precauciones necesarias, también podría dar como resultado un bebé. Y ya Cristian le había dejado en claro que no quería hi
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