Mundo ficciónIniciar sesiónÉl no me pidió mi corazón, solo mi sumisión... ⛓️🖤 ― ⚜ ― Solo hacía falta una noche para que la vida de Estefanía se convirtiera en un infierno. Lo que comenzó como un acto de desesperación —vender su virginidad al mejor postor— terminó siendo su sentencia de muerte. Sacar a su hermanito del orfanato era su único objetivo, pero el destino la arrojó directamente a las garras de un monstruo. Cristian Sterling domina la ciudad desde las sombras. Es un abogado brillante que no conoce la derrota; sin embargo, su moral es tan oscura y retorcida como su inexistente alma. En este juego de poder, su cuerpo es la única moneda de cambio y él piensa exigir hasta el último centavo.
Leer más—¿Estás seguro de que es virgen?
—Lo es. Dos personas intercambiaron dinero en ese instante. La joven, cuya presencia parecía no tener la menor importancia para ellos, observó con atención cómo era vendida por una noche. Luego le arrojaron una prenda diminuta de color blanco que no debería ni siquiera ser considerada ropa. Lo que vino después fue una sucesión de actividades. Lavaron su cuerpo, lo perfumaron y la revistieron en aquel babydoll que no dejaba nada a la imaginación. Estefanía observó su reflejo en el espejo. No se podía reconocer. Su rostro empolvado, sus labios pintados de un escandaloso color rojo. Jamás había usado maquillaje antes. —¡Está lista! —anunciaron. Poco después fue arrastrada a un auto. Solo llevaba encima un abrigo. Su cuerpo se sentía entumecido y no era por el frío de la noche. Sus piernas temblaban sin control, llevándose la valentía que con gran esfuerzo había logrado reunir. Los ojos se le llenaron de lágrimas mientras observaba el recorrido por la ventanilla, repitiéndose una y otra vez que esto lo hacía por su hermanito. «Javier, te lo prometo, te sacaré de aquí», le había dicho ella antes de marcharse de ese orfanato. Había pasado solo una semana desde que cumplió la mayoría de edad y abandonó el lugar donde vivió los momentos más duros de su infancia. Una semana desde que, sin querer, escuchó los planes macabros que el director del orfanato tenía para con su hermano. «Los muchachos están listos. Con un poco de entrenamiento, servirán para cualquier trabajo». Y luego de entregarle su planilla de egreso, con esa falsa actitud afable, vino aquel consejo no solicitado: —Estefanía, sé lo mucho que quieres a tu hermano, pero debes ser realista. Deja que Javier encuentre una familia que lo adopte y le dé las posibilidades de superarse que tú no puedes ofrecerle ahora mismo. De hecho, estoy hablando con unas personas muy importantes... es muy probable que lo adopten el próximo mes. Estará en buenas manos, te lo aseguro. El auto se detuvo y ella se limpió las lágrimas rápidamente, tratando de serenarse. «¿Adoptar?», bufó dentro de sí. Sabía bien que aquello no era más que una pantalla de humo. Necesitaba sacarlo de allí antes de que fuera demasiado tarde. Y estaba dispuesta a hacer cualquier cosa para conseguirlo. Así fue como terminó en medio de aquel departamento. El abrigo ya no estaba sobre su cuerpo. Solo era ella con esa prenda diminuta, esperando que la puerta se abriera, contando mentalmente los segundos. De repente se escuchó el clic de la cerradura. Los ejercicios de respiración que había hecho durante varios minutos quedaron en el olvido. Sentía un pánico tremendo que no lograba combatir. La silueta de un hombre apareció frente a sí, sin darle tiempo a reaccionar del todo. Las luces del lugar seguían apagadas y ella solo tenía una frase para decir: —Feliz cumpleaños… —balbuceó con voz trémula, demasiado bajo, demasiado lamentable para poder ser oída por el recién llegado. Sin embargo, él lo hizo. La escuchó. —¿Quién eres? La pregunta la alcanzó justo en el instante en que las luces se encendían, dándole la sensación de estar en medio de un juicio. El individuo la observó durante un par de segundos sin expresión, chasqueó la lengua con hastío y lanzó al sofá el maletín que llevaba en la mano. Dándole la espalda, sacó su teléfono y marcó un número. —¿Es en serio? ¿Esta es la sorpresa de la que hablabas? Ella solo alcanzó a descifrar la palabra “disfruta” en forma de burla proveniente del otro lado de la línea. El hombre habló entonces sin mirarla. —Vístete. La orden fue firme, sin derecho a réplica. Se estremeció ante la sorpresa. El poder que desprendía aquella voz la dejó paralizada. —¿Estás sorda? —gruñó él, mirándola de reojo con una expresión feroz. Sus ojos marrones desprendían una furia que parecía difícil de contener. Nadie la había preparado para el rechazo. Ella llevaba horas devanándose los sesos sobre cómo comportarse al momento del acto y ahora se daba cuenta de que simplemente no sucedería. Pero necesitaba que sucediera. Ya había agotado todas las opciones. La policía no la escuchó. Nadie creyó sus acusaciones contra el director del orfanato. Esa noche era su último recurso. El hombre que tenía enfrente perdió la paciencia al ver que no se movía. Se giró y caminó hacia ella con grandes zancadas, tomándola del brazo para arrastrarla sin piedad hacia la puerta. —No he pedido los servicios de ninguna prostituta. ¡Lárgate de aquí! El insulto fue un golpe directo a su pecho. Sentía que se asfixiaba. Las lágrimas le nublaban la vista. Prostituta. A eso se había reducido. Sin embargo, no tuvo más opción que decir: —Por favor, déjeme cumplir con mi trabajo. Sabía bien que esto podía ser aún peor. Su amiga Carolina ya se lo había advertido: «Con suerte no te tocará un tipo viejo y gordo». Fue ella precisamente quien le dio la idea de vender su virginidad por una buena suma de dinero. Tuvo suerte en medio de su desgracia. Este hombre no era ni viejo ni gordo. Mucho menos feo, aunque su aura la intimidaba de una manera que apenas podía soportar. —Por favor… —se aferró a su brazo firme y musculoso, mientras elevaba la mirada hacia él. El hombre no se inmutó. Su desprecio era absoluto, observándola como si le diera asco. Ella no era más que una prostituta a sus ojos.Cristian Sterling miró fijamente a su mejor amigo.—Eres un imbécil —su puño se apretó sin ser consciente—. No necesitabas decirle nada a esa gente.—Es lo mínimo que se merece —respondió Rodrigo, encogiéndose de hombros con indiferencia y caminando hacia el ventanal de la oficina—. Nos estafó.—En todo caso es tu culpa —soltó entre dientes—. ¿Quién te pidió que contrataras a una prostituta?—Me lo pidió esa actitud tuya —lo señaló con la barbilla—. Mírate. Parece que siempre estás al borde de un infarto. ¿Desde cuándo no tenías sexo? Agradéceme.Su mandíbula se tensó.—Mi vida sexual no es de tu incumbencia.—Lo sé —suspiró con resignación—. Te juro que no vuelvo a meterme.—Más te vale —advirtió con hastío. —¿Cuánto te costó? —Hizo el ademán de sacar su billetera y pagarle.—¡Oye, te dije que fue un regalo!—¿Entonces por qué quieres que regrese el dinero?—Ya te dije que es lo mínimo que debe hacer por mentir.—De igual forma nos acostamos.—¡Relájate, Cristian! De esto me encargo
—Adelante. Estefanía abrió la puerta con cuidado. El lugar, lejos de parecerle una oficina, se sentía como si estuviera ingresando a una cueva oscura y tenebrosa; pero bien sabía ella que solo eran imaginaciones suyas. En realidad, ese despacho era como cualquier otro: estantes, libros y un escritorio con una computadora donde aquel sujeto revisaba con atención unos documentos. Él no alzó la mirada, aunque seguramente la había sentido entrar. Y entonces se quedó de pie, esperando cualquier indicación de su parte. Un «siéntate» hubiera estado bien, pero no llegó. Ni siquiera cuando aquellos ojos desprovistos de emoción se alzaron minutos después. El vacío en su mirada le hizo sentir un escalofrío en todo el cuerpo. Quiso encogerse en su lugar y desaparecer junto con el suelo. —¿De verdad crees que puedes pagar los honorarios de mi gente con tu cuerpo? La pregunta fue un golpe directo. —Yo no… no iba a hacer eso —balbuceó con dificultad ante un juicio tan despiadado.
—¿Necesitas algo? —una voz masculina e imprevista la sacó de sus pensamientos.Estefanía se giró con sorpresa. Se encontraba de pie en medio de aquel bufete, sin saber qué decir o a dónde dirigirse.—Yo… —tragó saliva, aferrándose con más fuerza a su bolso—. Busco un abogado.—Bueno, estás de suerte —bromeó el recién llegado con una risa jovial, metiéndose una mano en el bolsillo del pantalón e inclinándose ligeramente hacia ella—. Porque resulta que acabas de cruzarte con el mejor abogado de todo este lugar.—¡¿De verdad?!Sus ojos se iluminaron. Sintió que esta era una señal del cielo.—Por supuesto. Ven, pasa a mi oficina —la guio con seguridad por los pasillos.Ella comenzó a respirar con más alivio. Este hombre parecía ser buena persona. Seguramente la ayudaría con su caso.Él cerró las puertas tras de sí y la invitó a sentarse. No pudo evitar asombrarse con el sitio. Era similar a una caja de cristal, donde todo se veía.—Ahora, señorita… —el abogado dejó la frase en el aire, de
—No me acuesto con prostitutas. De nuevo esa palabra. Estefanía sentía que su corazón se hundía en un abismo de desolación. Prostituta. Prostituta. Estaba segura de que sus padres no hubieran querido que se convirtiera en eso. Cerró los ojos conteniendo las lágrimas. Llegó a este departamento sin preparación. Ella no sabía cómo seducir a un hombre. Pensó que su aspecto bastaría, pero estaba equivocada. Lo miró de nuevo. Esta era su mejor oportunidad. Él estaba muy cerca. Demasiado. Solo necesitaba estirar los dedos y... El hombre no se inmutó, aunque alzó una mano temblorosa hacia él, acariciando su mejilla antes de pararse de puntillas. Rozó los labios masculinos. Ese era su primer beso. Ella no sabía qué más hacer. Él no mostró respuesta, y ella se quedó allí, suspendida. Sintiendo que su corazón estaba a punto de salir de su pecho. Pasaron los segundos y nada. Se alejó cabizbaja. Todo se había arruinado. Asintió y quiso soltarse p
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