Inicio / Romance / De la rabia al altar / Capítulo 5: La noche del pañuelo
Capítulo 5: La noche del pañuelo

La casa estaba en silencio. La luna entraba por los ventanales del penthouse, dibujando sombras en el piso de madera oscura. Joaquín no podía dormir. No podía dejar de pensar en ella. En el calor de su cuerpo pegado al suyo en la moto. En la forma en que sus manos temblaban.

Se levantó de la cama. Tenía la costumbre de tomar un vaso de leche fría cuando no podía dormir. Desde niño. Era lo único que lo calmaba.

Caminó descalzo hacia la cocina. Solo con un pantalón de dormir gris, suelto, sin camisa. La luz de la nevera iluminó su pecho musculoso, sus brazos marcados, las sombras de sus abdominales.

Sirvió la leche. Bebió despacio.

Y entonces la escuchó.

Un ruido. Pequeño. Ahogado. Venía del cuarto de invitados.

Joaquín se quedó quieto. El vaso en la mano. Aguzó el oído.

Otro ruido. Un sollozo. Estaba llorando.

Se quedó indeciso. No quería invadir su espacio. No quería que pensara que se estaba aprovechando. Pero algo dentro de él lo empujaba. Algo que no podía controlar.

Dejó el vaso en la encimera. Caminó hacia la puerta del cuarto de invitados. Levantó la mano. Dudó. La bajó. La volvió a levantar.

Tocó.

—¿Mara? —dijo, en voz baja.

Silencio.

—¿Mara? —repitió—. ¿Estás bien?

—Sí —respondió ella, pero su voz estaba rota. Moqueaba. Él conocía esa voz. Era la voz de alguien que ha estado llorando mucho rato.

—Estás mintiendo —dijo Joaquín.

Silencio.

—Voy a entrar —dijo él—. Voy a contar hasta 5 para que te alistes. ¿Listo? Uno… dos… tres… cuatro… cinco.

Abrió la puerta.

Mara estaba en la cama, encogida, abrazada a una almohada. Las sábanas enredadas. El cabello revuelto. Los ojos rojos. Las mejillas brillantes de lágrimas.

Joaquín sintió algo en el pecho. Algo que le apretó. No era lástima. Era otra cosa.

Se sentó en el borde de la cama. El colchón se hundió ligeramente bajo su peso.

—¿Qué pasa? —preguntó, con voz suave.

Mara no respondió. Solo lloraba.

—¿Es por él? —preguntó Joaquín.

Ella asintió, sin levantar la vista.

—No es fácil —dijo Mara, con la voz entrecortada—. Todo esto… enterarme de que me engañó… y con Hanny… yo la quería mucho, Joaquín. Ella era como mi hermana. Y ahora no sé qué hacer. No puedo decirle nada a mis papás porque ellos la aman. La criaron como a una hija. Si les digo la verdad, los voy a destrozar.

Joaquín la miró. Sus ojos verdes brillaban con las lágrimas. Nunca la había visto tan vulnerable.

—Y lo peor —continuó ella, con un hilo de voz— es que yo sí lo amaba. De verdad. Yo creí que íbamos a casarnos. Que íbamos a ser felices. Y ahora… ahora todo es una mentira.

Joaquín sintió que algo se rompía dentro de él. No era el pacto. No era la venganza. Era ella. Verla así, rota, llorando por otro hombre, le partía el corazón. Y eso no debería pasar. Porque era solo un trato. Solo un trato.

Pero lo sentía.

—No te preocupes —dijo, con voz ronca—. Todo esto va a pasar. Lo vas a superar.

—¿Cómo lo sabes? —preguntó ella, levantando la vista—. ¿Tú has llegado a enamorarte alguna vez?

Joaquín agachó la cabeza. Se quedó en silencio. Sus manos se cerraron sobre las sábanas.

—Eso no importa —dijo al fin.

Abrió el cajón de la mesita de noche. Adentro había un pañuelo blanco, de lino, bordado con sus iniciales. Lo sacó. Con suavidad, le limpió las lágrimas a Mara. Le pasó el pañuelo por las mejillas, por debajo de los ojos, por la barbilla.

—No te preocupes —dijo, con voz baja—. Todo está bien.

Ella lo miró. Sus ojos se encontraron. La cercanía era inmensa.

Joaquín dejó el pañuelo a un lado.

—Ven —dijo, abriendo los brazos—. Yo te doy un abrazo.

Mara dudó. Se quedó quieta, mirándolo. Él la vio indecisa.

—Ay, deja la pena —dijo Joaquín, con una sonrisa pequeña—. Deja la pena. Ven.

Ella se acercó. Él la envolvió con sus brazos. La apretó contra su pecho.

Y entonces ella lo sintió.

El pecho desnudo de él. Los pectorales firmes, duros, calientes. La piel suave. El calor de su cuerpo. El latido de su corazón contra el de ella.

Mara dejó de respirar.

Sus manos, que al principio estaban sobre las sábanas, subieron despacio. Tocaron su espalda. Sus músculos. Sus omóplatos. La piel era cálida, tersa. Ella nunca había tocado a un hombre así.

Sus dedos recorrieron su espalda sin querer. Subieron por sus hombros. Bajaron por sus brazos. Sintió cada fibra de su cuerpo.

Joaquín se quedó quieto. No se movió. Solo la sostuvo.

Ella siguió tocando. Sus manos temblaban. Ya no podía parar.

Entonces él bajó la cabeza. Acercó sus labios a su oído.

—¿Te gusta? —susurró.

Mara abrió los ojos de par en par. Lo empujó. Se apartó de un salto.

—¡Joaquín!

Él soltó una risa baja, ronca.

—Es broma —dijo—. Tranquila.

Pero en sus ojos había algo más. Algo que ninguno de los dos quería nombrar.

Se levantó de la cama. Caminó hacia la puerta. Antes de salir, se detuvo.

—Duerme —dijo—. Mañana será otro día.

Y cerró la puerta.

---

Mara se quedó sola. El pecho le latía con fuerza. Apretó las manos contra su propio pecho. Aún sentía el calor de él. Aún sentía sus músculos bajo sus dedos.

—Qué haces —se dijo a sí misma—. Es solo un pacto.

Pero su corazón no le hizo caso.

---

Al día siguiente, Mara despertó con el olor a café recién hecho. Se levantó. Se puso una bata blanca que encontró en el clóset. Salió a la cocina.

Y se quedó paralizada.

La mesa estaba puesta. Mantel blanco de lino. Platos de porcelana. Cubiertos de plata. Flores frescas en un jarrón de cristal. Frutas. Jugos. Tostadas. Mermeladas. Y en el centro, una bandeja con huevos benedictinos, perfectamente presentados.

Joaquín estaba detrás de la isla, con una camiseta blanca ajustada y jeans negros. El cabello peinado hacia atrás. Una sonrisa pequeña en los labios.

—Buenos días —dijo.

—¿Esto… esto es para nosotros? —preguntó Mara, sin salir de su asombro.

—¿Ves a alguien más? —respondió él—. Siéntate.

Mara se sentó. Lo miró por un segundo, sus ojos se encontraron. Ambos recordaron la noche anterior. El abrazo. Las manos de ella recorriendo su espalda. La broma. El calor.

Ella bajó la vista. Cortó un trozo de huevo. Lo llevó a su boca.

Estaba delicioso.

—Está increíble —murmuró.

—Lo sé —dijo él, con esa sonrisa pícara que la desarmaba.

Comieron en silencio. Pero no era un silencio incómodo. Era un silencio de algo que empezaba a crecer entre ellos. Algo que ninguno de los dos estaba listo para nombrar.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
capítulo anteriorcapítulo siguiente
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP