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De la rabia al altar
De la rabia al altar
Por: R. Vivas
Capítulo 1. La sorpresa que no debió dar

Mara había mentido. Les dijo a todos que su vuelo desde Londres llegaba el sábado por la mañana. Pero ella quería darle una sorpresa a Sebastián. Llevaba tres años estudiando Administración en el extranjero. Tres años de llamadas nocturnas, de cartas digitales, de juramentos de amor eterno por videollamada.

Lo extrañaba tanto. Él siempre la llamaba, siempre le decía que la esperaba, que los tres años pasarían volando. Y ella se lo creía. Porque lo amaba. O eso pensaba.

Se graduó con honores. Y lo primero que hizo fue cambiar el vuelo.

Llegó un día antes. Jueves, 9 de la noche. No le avisó a nadie. Ni a sus padres, ni a él. Quería ver su cara cuando abriera la puerta del penthouse y la viera.

Sus padres eran buenos con ella, pero muy diferentes. Su mamá, Doña Elena Rivas, era comprensiva, dulce, siempre dispuesta a escucharla. En cambio, su papá, Don Rivas, era estricto, exigente, de los que creen que la vida se hace obedeciendo reglas. A él no le gustaban los errores. Y Mara sabía que, si algo salía mal, su padre no se lo perdonaría fácilmente.

El anillo de compromiso brillaba en su mano izquierda: un zafiro rodeado de diamantes que Sebastián le había dado el día del compromiso.

Subió en el ascensor privado. Abrió la puerta con la llave que él le había dado antes de irse. Adentro, todo en penumbras. Pero algo olía mal.

Dos copas de cristal sobre la mesa de centro. Una con vino tinto, otra con champán. Zapatos de tacón tirados cerca del sofá. Un abrigo de mujer que no era de ella. Y un perfume que conocía demasiado bien.

—¿Sebastián? —susurró, todavía creyendo que tal vez era una reunión de trabajo, que tal vez él había invitado a alguien de la junta.

Escuchó risas. Risa de ella. Esa risa que conocía desde hacía años. Hanny, su prima, la misma que desde que llegó a casa de su padre la había tratado mal y menospreciado.

Mara caminó en puntas de pie. La puerta del dormitorio estaba entreabierta. Empujó con los nudillos.

Y los vio.

Sebastián estaba recostado en la cama, con la camisa desabotonada y el pantalón en el suelo. Hanny encima de él, en ropa interior, besándole el cuello con pasión.

El tiempo se detuvo.

—¡SEBASTIÁN!

El grito salió de sus entrañas. Todo el orgullo de sus tres años de esfuerzo, toda la ilusión de su regreso, se rompió en esa sílaba.

Hanny, en lugar de esconderse, se levantó. Se cubrió con la sábana, con gesto de vergüenza. Sus ojos se abrieron como platos, fingiendo sorpresa.

—Ay, prima —dijo, con voz dulce y temblorosa—. Tu viaje era el sábado. Si hubiera sabido que venías hoy, no estaría aquí. Tú sabes que yo nunca… yo nunca quise hacerte daño.

Mara sintió que la sangre le hervía. Recordó todo. Las llamadas de Sebastián todas las noches. Los mensajes de buenos días. Las cartas digitales llenas de promesas. "Te voy a esperar", le decía. "No miro a ninguna mujer como te miro a ti". "Tú eres la única".

Y ahora Hanny estaba ahí. Descalza. Con el sostén a medio camino. Y él… él ni siquiera la miraba a ella.

—¿Que no querías hacerme daño? —escupió Mara, con la voz rota—. ¡Zorra! ¡Te voy a matar! ¡Después de todo lo que Papá hizo por ti!

Pero Sebastián fue más rápido. La agarró del brazo con fuerza de hierro. Mara forcejeó, pataleó, trató de soltarse. Él, sin soltarla, le dio una bofetada seca. Un cachetazo que le giró la cara y le hizo llorar del golpe.

—¡¿QUÉ TE PASA?! —le gritó él, como si ella fuera la culpable, como si él no estuviera en paños menores frente a su amante.

Mara se llevó la mano a la mejilla ardiente. Lo miró con los ojos llenos de lágrimas de rabia, no de tristeza. Rabia pura. Fuego.

—¿CÓMO TE ATREVES A PEGARME? —escupió, con la voz rota pero con la dignidad intacta. —Me la van a pagar.

Se giró. Caminó hacia la puerta. Y caminó como la reina que era. Aunque por dentro se estuviera muriendo.

"La Cueva del Lobo" era un antro de mala muerte, pero el único bar abierto a esa hora cerca del penthouse. Mara entró como un huracán de vestido rojo, tacones altos y perfume francés. 

El lugar olía a cigarrillo y whiskey barato. Había un par de mesas ocupadas por hombres de traje sucio y mujeres con mirada perdida. En una mesa del fondo, Joaquín jugaba solo con una ficha de póker. Chaqueta de cuero , un arete pequeño en la oreja izquierda. Era la copia exacta de Sebastián… pero con algo más salvaje en los ojos. Algo que decía "yo no tengo nada que perder".

Ella se dejó caer en la silla de al lado sin pedir permiso. Le hizo señas al cantinero con un dedo imperioso.

—Dame lo más fuerte que tengas.

Joaquín la miró de reojo. Arqueó una ceja. Bebió lentamente de su vaso antes de hablar.

—¿En serio vas a beber, princesa? Tú y el alcohol no se llevan bien. 

Mara giró la cabeza hacia él. Lo vio reírse. No con crueldad, sino con una diversión oscura. Como si todo esto fuera un espectáculo que llevaba años esperando.

—Tu hermano es un desgraciado —soltó ella, apretando el vaso que el cantinero acababa de servirle.

Joaquín soltó una carcajada. Se recostó en la silla, puso los pies sobre la mesa.

—Jajaja, ¿los viste? ¿Estaban en la cama? ¿Con quién esta vez? Apuesto a que era Hanny, ¿no? Esa perra lo sigue hace años. 

Mara apretó los labios. El whisky quemaba su garganta pero no lo suficiente.

—¿Sabías?

Joaquín bebió otro trago de su vaso. La miró fijo. Ya no se reía.

—Obvio. Eres la única que no se daba cuenta, Mara. Todo el mundo sabía que Sebastián te ponía los cuernos desde el primer mes que te fuiste. Hasta el perro del portero lo sabía. ¿De verdad creíste que él te iba a esperar tres años? Ese hombre no espera ni tres minutos por nadie. 

Pasó una hora. Tal vez dos. Mara ya no podía hablar sin tartamudear. Joaquín había bebido casi lo mismo que ella, pero él tenía resistencia de piedra.

—Vamos, princesa —dijo él, levantándose y agarrando su chaqueta—. Te voy a llevar a tu casa.

—No —dijo ella, con la lengua espesa—. Nadie sabe que llegué hoy. Creen que vengo mañana. Si mi papá me ve así… si me ve borracha… me deshereda. Lo juro. Ya no soporta mis errores. Y esto… esto sería un error gigante.

Joaquín la miró. Suspiró. Se pasó una mano por el cabello.

—Entonces quédate aquí. El dueño es amigo mío. Te presta la habitación de arriba.

Mara lo agarró de la muñeca. Fuerte. Con las uñas.

—No. No me dejes aquí sola. Por favor, Joaquín. No me dejes aquí. Llévame a tu casa —susurró ella, con los labios pegajosos por el alcohol.

Joaquín negó con la cabeza. Soltó una risa incrédula.

—¿A mi casa? ¿Estás loca?. A mi casa no llevo a nadie. Nunca.

—No me importa —dijo ella, levantándose tambaleándose—. Por favor. No me dejes aquí.

—Mierda —murmuró Joaquín.

Él la sostuvo por la cintura cuando ella casi se cae. La sintió temblar. Olía a whisky, a perfume caro, a dolor. 

La llevó hacia la puerta del bar. Afuera, estacionado, estaba su auto: un BMW negro, de esos que rugen como bestias encerradas. Lo había modificado él mismo para las carreras. Era su orgullo. Su escape.

A él le gustaba correr. No solo por la adrenalina. Corría para olvidar. Para ahogar el ruido de su padre diciéndole que no servía para nada. Para callar la voz de Sebastián riéndose de él. Para sentirse libre, aunque fuera por unos minutos. El asfalto era su terapia. La velocidad, su única forma de desahogarse.

La ayudó a subir al auto. Le puso el cinturón. Cerró la puerta.

El motor rugió. Joaquín pisó el acelerador y el auto salió disparado. Las curvas las tomaba pegando el cuerpo de Mara contra la puerta. En las rectas, el velocímetro subía como si no hubiera límite.

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