La mansión Hidalgo amaneció con un silencio pesado, como si las paredes mismas estuvieran procesando los eventos de la noche anterior. La luz del sol se filtraba a través de las cortinas de seda color marfil, iluminando el polvo que bailaba en el aire como pequeños fantasmas del pasado. El aroma a café recién hecho se mezclaba con el olor a madera encerada y a libros antiguos, creando una atmósfera que era a la vez familiar y opresiva. El abuelo Félix estaba despierto desde temprano, sentado en