Mundo ficciónIniciar sesiónIraida Hale siempre supo que ser una híbrida de lobo y vampiro la condenaria a vivir entre dos mundos, pero nunca esperó la humillación pública: ser rechazada por su primer compañero, el Rey Alfa Alaric Vance, quien no tolera su naturaleza impura. Con la dignidad intacta y el corazón blindado, Iraida acepta el rechazo y se marcha en ese mismo momento, decidida a no pertenecer a nadie. Sin embargo, el destino tiene otros planes. En su huida, se cruza con el Rey Vampiro, su segunda alma gemela. Él es un soberano oscuro que ha renunciado al amor; ella es una mujer herida que no piensa volver a confiar. Ninguno busca un vínculo, pero la sangre no miente: la pasión y el deseo que estallan entre ambos son tan violentos como inevitables. En un peligroso juego de amor, odio y seducción, Iraida y el Rey se verán atrapados en una guerra de voluntades. Entre el fuego que los consume y la negativa a ser vulnerables, solo queda una pregunta: ¿Quién dará primero el brazo a torcer?.
Leer másEl eco de mis pasos resuena en el pasillo que lleva a la sala de reuniones, un sonido pesado y seco que se mezcla con el latido furioso y doloroso de mi propio pecho. El olor a sangre de Nora aún impregna mi ropa, un recordatorio constante de mi propia estupidez y del abismo al que me arrojó mi ceguera. Pero en este instante, el hedor a muerte de la que creía mi reina es secundario. Mi mente, mi cuerpo y lo que queda de mi alma solo pueden enfocarse en una cosa: Iraida.Cuando Freya nos indicó dónde estarían, sentí que las piernas me fallaron. No pude evitarlo. Necesito verla, necesito hablar con ella a solas y suplicar por una oportunidad. Sé que suena absurdo. Sé que después de todo lo que hice, después de haberla humillado y rechazado por una fantasía de pureza que resultó ser el peor de los engaños, no tengo derecho a pedir nada. Pero la desesperación de mi lobo, que aúlla en lo más profundo de mi mente pidiendo a gritos a su luna, me ha quitado cualquier rastro de orgullo.Llego
El aire en el Gran Salón está tan cargado que casi se puede cortar con una espada. Desde mi posición, a un lado del estrado, mis ojos no pueden apartarse de la primera fila. Ahí están. Iraida y uno de los reyes vampiros, sentados juntos. Ver a mi amiga de esta manera me llena de un alivio profundo. En mi interior, siempre supe que la Diosa Luna no permitiría que su propia hija sufriera eternamente por los prejuicios de un Alfa ciego. La naturaleza, en su infinita sabiduría, le otorgó una segunda oportunidad a través de su linaje vampírico, uniendo su destino al del rey vampiro. Verla sonreír con una seguridad y una paz que nunca tuvo en este territorio me hace sonreír por dentro, a pesar de la tormenta que se está a punto de desatar.Sin embargo, el contraste a mi lado es asfixiante. Nora está radiante, pero es una máscara de cristal que amenaza con romperse. Su arrogancia se desborda, cree que ha ganado la partida y que el trono es suyo. Pero sus ojos (aquellos que se supo
El peso del aire en mi propia alcoba se siente como plomo fundido. Estoy sentado al borde de la cama, observando la silueta de Nora mientras duerme. Hace apenas una semana, la sola idea de estar aquí me habría parecido natural, pero ahora, cada segundo que paso cerca de ella es una tortura que me desgarra por dentro.El hedor a azufre y oscuridad que emana de su piel, antes camuflado por mi propia ceguera, ahora me resulta insoportable. Mi lobo, en el fondo de mi mente, se retuerce, arañando las paredes de mi conciencia para salir y destrozarla. Quiere arrancarle la garganta, exponer el monstruo que lleva dentro y terminar con esta farsa. Pero recuerdo las palabras de Freya: Hacerla caer requerirá estrategia, no solo rabia.Me obligo a respirar hondo, llenando mis pulmones con un aire que me sabe a ceniza. Nora se mueve entre las sábanas, estirándose con una gracia antinatural. Abre los ojos y me dedica esa sonrisa melosa, la misma que durante meses me hizo creer que yo era el hombre
El barro del campo de entrenamiento no sabe de linajes, ni de títulos nobiliarios, ni de la sangre real que corre por las venas de una vampiresa. Para el suelo, todos somos iguales: carne, hueso y una voluntad que se quiebra o se fortalece._¡Levántate, Valerius!_. La voz de Callum retumbó, fría y cortante como un látigo, mientras yo observó desde un par de pasos más atrás, mis brazos cruzados sobre el pecho.Valerius esta en el suelo, con el pecho subiendo y bajando con una violencia que delata su agotamiento extremo. Sus rodillas estan raspadas, el cabello revuelto y el sudor le pega las hebras a la frente. Ha caído por quinta vez en la última hora, incapaz de mantener el equilibrio después de que Callum la desestabilizara con un golpe seco en las costillas. Pero, a pesar de que el dolor es evidente en sus ojos, no hay lágrimas. Hay algo más. Hay una necedad indomable que me recuerda, irónicamente, a la mía propia._La piedad es un lujo que la muerte no te concede, Valerius_. Dije y
Último capítulo