El eco de mis pasos resuena en el pasillo que lleva a la sala de reuniones, un sonido pesado y seco que se mezcla con el latido furioso y doloroso de mi propio pecho. El olor a sangre de Nora aún impregna mi ropa, un recordatorio constante de mi propia estupidez y del abismo al que me arrojó mi ceguera. Pero en este instante, el hedor a muerte de la que creía mi reina es secundario. Mi mente, mi cuerpo y lo que queda de mi alma solo pueden enfocarse en una cosa: Iraida.
Cuando Freya nos indicó