Mundo de ficçãoIniciar sessãoLas cuatro pruebas no fueron diseñadas para que alguien sobreviviera; fueron diseñadas para que los "impuros" fracasaran. El Consejo de Ancianos, en su infinita y arcaica sabiduría, creyó que enviarme a los rincones más hostiles del mundo sobrenatural sería mi tumba. Se equivocaron.
Recuerdo el frío cortante de la manada Luna Menguante, donde tuve que sobrevivir un mes en los picos helados sin mi piel de lobo, usando solo los hilos de magia de mi herencia materna para no congelarme. Recuerdo el laberinto de espejos de la manada Luna Llena, donde mis propios miedos intentaron despedazarme. En la manada Luna de Sangre, luché contra guerreros que doblaban mi tamaño, y en la manada Luna Creciente (donde ahora me encuentro), superé la prueba de lealtad absoluta bajo una presión psicológica que habría quebrado a cualquier Alfa menor. Soy Freya Rose. Hija de un Alfa que amó a una Maga, y portadora de una corona de espinas que yo misma transformé en oro. Cuando el Consejo me entregó el sello de Beta, supe que no es un premio. Es una misión divina. La Diosa Luna se me había manifestado en un sueño "Hija del equilibrio, ve a la manada del Rey Alfa del sur. El orden se ha roto. Mi elegida ha sido despreciada, y donde hubo bendición, ahora crecerá la maleza. Si no aprenden por el amor de Iraida, aprenderán por el rigor de tu vara". Al cruzar la frontera de la manada, el ambiente me produjo náuseas. Por fuera, las calles de la aldea principal estan adornadas. Hay hogueras y olor a carne asada. Los lobos rien, brindando por la "limpieza" de su linaje. Pero mis ojos, bendecidos por la magia, ven la verdad: el cielo esta tiñéndose de un gris antinatural. El bosque guarda silencio, las presas se alejan y un aura de decadencia empieza a pudrir las raíces de los árboles sagrados. La Diosa esta triste. Y una Diosa triste es una Diosa peligrosa. Cada lágrima que Iraida Hale derramó al ser rechazada se estaba convirtiendo en una gota de veneno para esta tierra. Caminé hacia la mansión del Alfa con la cabeza en alto, ignorando las miradas de desprecio de los guardias. Alex, el Delta, me recibió con una mezcla de lástima y miedo. Sabe que lo que viene no será agradable. "El Alfa está... de mal humor". Advirtió Alex mientras subimos las escaleras. "El Alfa es un necio". Respondí secamente. "Y los necios suelen estar de mal humor cuando el mundo no se dobla ante sus caprichos". Cuando entré al despacho, el olor a whisky y a ego herido es asfixiante. Alaric Vance esta sentado tras su escritorio como un dios caído. Es imponente, sí, pero su aura esta fracturada. En cuanto me quite la capucha y vio quién era yo, supe que la batalla empezó. "¿Una mujer?". Escupió con una furia que pretendía ser dominante. "¿Y otra híbrida? Alex, saca a esta mujer de mi vista. No aceptaré a otra aberración en mi círculo íntimo. Ya tuve suficiente con una híbrida que creía que podía ser Luna. No necesito a otra que juegue a ser guerrera". Sentí la presión de su voz de Alfa golpeándome como una ola. Cualquier otro lobo habría bajado la cabeza. Yo solo sentí lástima. Pobre rey, creyendo que su voz podía encadenar a alguien que ya ha caminado por el fuego. Di un paso al frente, golpeando la madera de su escritorio con firmeza. Mis ojos azules destellaron con la electricidad de mi magia. "Escúchame bien, Alaric Vance". Le solté, dejando que mi voz resonara con el peso de las cuatro pruebas superadas. "He superado las pruebas de las cuatro grandes manadas, he sobrevivido a emboscadas que habrían matado a tus mejores guerreros y tengo el sello del Consejo de Ancianos. Soy hija de un Alfa y de una Suma Sacerdotisa de los Magos. Si crees que puedes menospreciarme por lo que hay en mi sangre o por lo que tengo entre las piernas, estás más ciego de lo que dicen los rumores". Él rugió, sus ojos volviéndose dorados, intentando intimidarme con la fuerza bruta de su rango. "¡Te atreves a hablarme así en mi propio territorio!" "Me atrevo porque no soy tu sumisa ni tu mascota". No retrocedí ni un milímetro. Se que si cedo ahora, la misión de la Diosa fracasaría. "Sé lo que hiciste anoche. Sé que rechazaste a tu alma gemela solo por tus prejuicios estúpidos. Y ahora estás aquí, ahogándote en tu propia bilis, tratando de pagar tu frustración conmigo". Veo cómo sus pupilas se dilatan. Estoy tocando una herida abierta. "Iraida Hale es demasiado buena para este lugar, y tú lo sabes". Continué, bajando la voz pero cargándola de veneno. "Has desafiado a la Diosa Luna por orgullo, y eso te costará muy caro, Rey Alfa. No dejes que tu odio por lo que no entiendes te haga perder al único apoyo que te queda. He venido a ser tu Beta, no tu saco de boxeo. Si quieres un Beta que sea un perro faldero, busca a otro. Si quieres a alguien que mantenga tu reino en pie mientras tú te desmoronas por haber perdido a tu Luna, entonces siéntate y empieza a trabajar". Alaric se quedó lívido. Puedo oler su confusión. Su lobo sabe que yo digo la verdad, pero su orgullo de Alfa todavía se aferra a la idea de que los híbridos somos menos. No entiende que Iraida era el puente que mantenía esta manada a salvo de la ira divina. Al rechazarla, él mismo ha prendido la mecha de su propia destrucción. "Tienes tres días para demostrar que vales algo, híbrida". Sentenció finalmente, con los dientes apretados. "Si fallas en una sola orden, te cortaré la cabeza yo mismo". Sonreí. No era una sonrisa de alegría, sino la de un guerrero que acepta un desafío que ya sabe que ganará. "Eso espero, Alaric. Porque si yo no fallo, el único que quedará como un estúpido frente a toda la nación sobrenatural serás tú". Salí del despacho sin esperar su permiso. Al cerrar la puerta, sentí el peso de la responsabilidad sobre mis hombros. El cielo fuera se oscurece más, aunque todavía es temprano. La Diosa Luna no quiere extinguirlos; ella ama a sus hijos, incluso a los testarudos como Alaric. Pero el amor de una madre también incluye la disciplina. Si Alaric no aprende a valorar lo que la Diosa le envia, si no aprende a ver la fuerza en la diversidad de la sangre, entonces él será el último de su estirpe. Yo estoy aquí para supervisar el cambio, o para enterrar al Rey que se negó a ver la luz. Caminé por el pasillo sintiendo el hormigueo de mi magia. La cacería apenas comienza, y el Rey Alfa no tiene idea de que su verdadera prueba no soy yo, sino el vacío que dejó la mujer que ahora, en algún lugar del mundo, esta despertando a su verdadera naturaleza.






