El peso del aire en mi propia alcoba se siente como plomo fundido. Estoy sentado al borde de la cama, observando la silueta de Nora mientras duerme. Hace apenas una semana, la sola idea de estar aquí me habría parecido natural, pero ahora, cada segundo que paso cerca de ella es una tortura que me desgarra por dentro.
El hedor a azufre y oscuridad que emana de su piel, antes camuflado por mi propia ceguera, ahora me resulta insoportable. Mi lobo, en el fondo de mi mente, se retuerce, arañando la