Mundo ficciónIniciar sesión—Me elegiste porque me necesitabas —susurra Valentina. —Te elegí porque eres la hija del hombre que me dejó en la calle —responde Sebastián mientras la acorrala contra la pared—. Y voy a cobrarme cada lágrima de mi madre con cada uno de tus suspiros. Para el mundo, son la pareja perfecta. Para Sebastián, Valentina es el instrumento de su venganza final contra los Cruz. Él la reclama bajo un contrato de sumisión y lujo, mientras destruye su mundo pieza por pieza. Pero cuando el deseo se vuelve real y la traición sale a la luz, Valentina huye de las cenizas de su vida, sin saber que el peligro real no es solo el hombre que la engañó, sino el padre que creía muerto y una enemiga oculta que se infiltra en lo más sagrado: su hogar.
Leer másValentina Cruz observó los rascacielos desde la pared de vidrio del ascensor que la llevó hasta el piso veintitrés del edificio corporativo donde trabajaba.
Se aferró con fuerza a la bandeja de plata, haciendo equilibrio para que no se cayeran las tazas de café que su jefe le había pedido que preparara.
“Un café con leche, un Mocha con crema, uno frío y uno amargo sin azúcar” Memorizó con amargura. No le pagaban para esto, se suponía que era la secretaria del CEO. Pero se había convertido en la esclava favorita de su jefe.
—Permiso— Murmuró empujando la puerta con su cadera voluminosa.
Solo tenía que entregar las tazas y escapar antes de que su jefe la humillara una vez más frente a sus socios.
Estuvo a punto de lograrlo, cuando su voz desagradable tenzó su espalda.
—Valentina, querida —dijo detrás de ella—. ¿No vas a sonreír para nuestros invitados?
Se giró despacio y se encontró con los ojos de ese viejo recorriéndola con descaro. Odiaba tener que usar una falda ajustada por encima de las rodillas y una camisa blanca transparente que debaja muy poco a la imaginación. Pero era parte del protocolo de la empresa. (O los deseos perversos de su jefe)
Valentina tensó los labios y sonrió. Había aprendido a hacerlo sin que se notara el asco.
“Recuerda porqué haces esto”
—Por supuesto, señor Ferrer. Buenos días, Señores. Mi nombre es Valentina Cruz.
Valentina se aferró a la bandeja de plata mientras los hombres de trajes caros, relojes brillantes y perfumes importados hablaban de cifras que jamás podría ver en su vida, ignorándola completamente.
Ella se movía entre los asientos, entregando los cafés.
—Esa falda te queda cada vez mejor —susurró Ferrer cuando pasó demasiado cerca—. Deberías usarla más seguido… especialmente cuando trabajamos hasta tarde.
Valentina apretó la bandeja vacía contra su cuerpo, tratando de taparlo de esos ojos hambrientos. Necesitaba ese trabajo. Cada peso. Cada hora extra. Pensó en Lucas, el amor de su vida. Pensó en su piel pálida, en los frascos de pastillas sobre la mesa de luz y en lo caro que eran sus tratamientos.
—Gracias —respondió, con voz neutra.
En ese momento, Valentina se sintió fuertemente observada. Cuando alzó la vista, se encontró con una mirada que la inquietó.
Era el hombre que había pedido el café amargo. No lo había escuchado hablar, ni tampoco lo había visto sonreír. Estaba ligeramente inclinado en su silla, con las manos en los bolsillos del pantalón negro. Su traje oscuro parecía absorber la luz. Tenía el cabello negro peinado hacia atrás y unos ojos verdes que contrastaban con la dureza de su expresión.
No era curiosidad lo que había en esos ojos. Era algo más inquietante. Como si la conociera. Como si estuviera midiendo cada uno de sus gestos.
—Si te portas bien, quizás te elija.— Dijo Ferrer a su oído, burlándose de ella.
Valentina desvió la mirada, incómoda. Odiaba a los hombres poderosos. Y odiaba aún más ese mundo donde todo parecía negociable. Ella no era un pedazo de carne, era mucho más que eso. Había estudiado para esa carrera, y sólo Dios sabía cuánto le había costado, sin dinero, sin familia, sin nada. Pero también sabía a dónde pertenecía, por lo que asintió con la cabeza y se disculpó antes de escapar.
El departamento olía a medicamentos y humedad cuando abrió la puerta.
—¿Lucas? Llegué —susurró entrando a la habitación.
Él estaba sentado en la cama, envuelto en una manta, con ojeras profundas y la mirada apagada.
—Llegaste tarde, te extrañé…
—Había conferencia —respondió ella, quitándose los incómodos zapatos—. ¿Cómo te sientes hoy?
Lucas bajó la mirada.
Algo andaba mal.
—¿Qué pasa amor?
— El tratamiento no funcionó.
El mundo se le comprimió en el pecho ante esas palabras—¿Qué? ¿Qué querés decir?— El corazón de Valentina latió con fuerza y sus ojos se humedecieron.
—El médico dice que mi cuerpo no respondió como esperaban—
—No puede ser ¡Te habían dicho que había casi un cien por ciento de que funcione!—Protestó furiosa— Tiene que haber algo más, no podemos rendirnos sin más—
—Hay otro tratamiento… Pero es nuevo, aún lo están probando…
—No importa, debemos intentarlo.
—Es muy caro, Valen.
Ella no dudó. No importaba que no pudieran darse ningún gusto. No importaba que apenas llegaran a fin de mes. No le importaba hacer horas extras hasta tarde junto a su jefe si eso significaba encontrar la cura para su amado. —No importa.
—No quiero que te endeudes más.
—Yo puedo con esto.—Dijo inflando el pecho— Porque te amo, Lucas, y moriría si algo te pasara.
Valentina abrió su cartera y sacó sus tarjetas, colocándolas en la mano de Lucas.
—Comprá los medicamentos y pagá la consulta. Todo lo que haga falta. ¿Está bien?
Él la miró con una mezcla de culpa y alivio. Una sonrisa cansada se dibujó en su rostro y la besó con fuerza —No sé qué haría sin tí.
Las horas extras se extendieron hasta que el edificio quedó vacío.
“Voy a llegar muy tarde. No me esperes despierto. Te amo” le escribió a Lucas.
No hubo respuesta. “De seguro quedó agotado por el tratamiento” Pensó con tristeza. Si él podía soportar los desagradables y dolorosos tratamientos, entonces ella podía con su trabajo.
Cuando regresó a su escritorio, encontró a Ferrer apoyado en el marco de la puerta. Con tan solo ver su mirada oscura, sus rodillas se aflojaron.
—Somos los últimos —dijo, cerrando la puerta detrás de sí— ¿Qué tal un Whisky?
—Muy amable señor Ferrer… pero necesito terminar unos informes antes de la medianoche.
—Oh vamos cariño… es solo un trago… No voy a quitarte mucho de tu preciado tiempo.
Valentina retrocedió cuando comenzó a acercarse. Parecía un animal hambriento acechando a su presa.
—Después de todo lo que hice por tí… Un poco de agradecimiento no vendría mal.— La mano de Ferrer se apoyó en su cintura.
Valentina dio un paso atrás. Pero su cuerpo chocó contra el escritorio. Estaba atrapada, nadie iba a salvarla, todos los demás se habían ido a sus casas. Aunque gritara, nadie iba a escucharla.
—Sáqueme la mano de encima. Por favor— Suplicó con los ojos temblorosos.
—No seas exagerada.—
Su jefe la presionó con fuerza contra el escritorio que se clavó en su espalda. Sin darle tiempo a reaccionar, se subió encima de ella y sus labios secos, rasposos y con sabor a whisky mezclado con habano, presionaron sus labios. Su lengua húmeda intentó entrar en su boca.
—¡No! — Chilló asustada.
Todo pasó muy rápido. El miedo de que ese hombre la hiciera suya la aterrorizó.
Su cuerpo reaccionó por sí solo.
El sonido de un fuerte cachetazo hizo eco en todo el edificio.
—Si vuelve a tocarme, lo denuncio.— Exclamó con el rostro mojado por sus lágrimas y el cuerpo temblando con fuerza.
El silencio fue pesado.
Ferrer sonrió, pero ya no había calidez en su rostro.
—Estás despedida.
—¿Qué?
—Recogé tus cosas y vete ahora mismo…
—P-Pero señor…—
De repente, la desesperación la invadió. Si perdía el trabajo ¿Cómo iba a pagar el tratamiento de Lucas?
—¡Lo siento señor Ferrer! Yo… no sé por qué reaccioné así— Sonrió nerviosa. — Tiene razón… usted hizo mucho por mí… déjeme agradecerle…
—O te vas solita, o llamo a seguridad… Tu eliges.
Valentina sintió que todo su mundo se derrumbaba frente a sus ojos.
Llegó al departamento arrastrando los pies. ¿Qué le iba a decir a Lucas? ¿Que por su culpa no iba a poder curarse? Si tan solo hubiese cumplido las asquerosas fantasías de ese viejo, ahora no estaría desempleada.
Cuando llegó a su piso, notó que la puerta estaba entreabierta.
—¿Lucas? —llamó en la oscuridad del departamento.
El sonido de risas apagadas respondió. Una sensación extraña la invadió mientras avanzaba hacia el dormitorio iluminado.
Lucas estaba en la cama, como siempre.
Pero no estaba solo.
Estaba con una mujer.
Y lo peor de todo era que no sabía dónde empezaba el cuerpo de su novio y dónde terminaba el de ella.
Estaban completamente desnudos, sobre su cama, sobre sus sábanas.
La mujer se giró sobresaltada y Lucas palideció al verla en el marco de la puerta.
—Valentina… yo puedo explicarlo… No es lo que parece…
Valentina no pudo evitar mirar otra vez el fajo de billetes.Seguía allí, sobre la mesa, como una provocación obscena. Demasiado dinero para un café. Demasiado dinero para un desconocido. Demasiado dinero para no esconder una intención sucia detrás de eso. El corazón le latía con fuerza mientras apartaba la mirada, como si temiera que, si lo observaba demasiado, aquel dinero pudiera devorarla.—No —dijo, con la voz baja pero firme—. No hago eso.El hombre frente a ella no se sorprendió. No frunció el ceño. No sonrió. Solo la observó con la misma calma inquietante de antes, como si ya hubiera previsto esta reacción. —No es lo que usted cree —respondió.Valentina alzó la cabeza con brusquedad.—¿Ah, no? —escupió—. Porque, sinceramente, no se me ocurre otra razón para que un hombre desconocido saque tanto dinero en un bar miserable y me lo ofrezca así.El silencio se tensó entre ellos.El hombre entrelazó los dedos sobre la mesa y se inclinó hacia adelante. Instintivamente, Valentina s
Valentina caminaba sin rumbo, abrazándose a sí misma, sintiendo cómo el mundo se le había derrumbado en una sola noche. El bolso colgaba de su hombro como un peso muerto. Cada paso era más lento que el anterior, no porque estuviera cansada, sino porque no sabía hacia dónde ir.Y, lo peor de todo, ya no tenía fe en nada.La lluvia cayó de repente, sin aviso. Gotas gruesas, pesadas, que empaparon el asfalto en segundos. Valentina intentó correr, pero resbaló con el piso mojado. Sus zapatillas gastadas no encontraron agarre y cayó de rodillas, hundiéndose en un charco oscuro de suciedad y barro. El barro le manchó las manos, el pantalón y el orgullo.Se quedó ahí unos segundos, respirando agitadamente, con el pelo rubio pegado al rostro, sintiendo el agua mezclarse con sus lágrimas.—Levántate… —se susurró—. No es momento de rendirse. Se puso de pie como pudo y siguió caminando bajo la lluvia, empapada, temblando de frío y deseando una ayuda, una respuesta, una señal, algo. Entonces e
El aire dentro del departamento era espeso, no solo por la tensión de los presentes, sino por el olor y el calor de esos cuerpos desnudos que se habían estado amando desenfrenadamente en su cuarto, en su cama, en su colchón. Valentina permanecía de pie en el umbral del dormitorio, con las manos temblando y la garganta cerrada, incapaz de procesar lo que tenía delante de los ojos. La escena era grotesca. La mujer seguía desnuda y sentada sobre su hombre también desnudo. Apenas estaba cubriéndose con las sábanas que Valentina había lavado esa misma mañana, dejando al descubierto su cuerpo despampanante, de curvas imposibles, para nada naturales. En su rostro se dibujaba una sonrisa divertida. Lucas se incorporó, desnudo, sin rastro alguno de vergüenza.—No es lo que parece… —repitió él, con un tono que sonaba más fastidiado que culpable.Valentina soltó una risa quebrada.—¿No es lo que parece?. Estás desnudo. En mi cama. Con otra mujer. Dime, Lucas… ¿Qué es lo que debería parecer?—
El edificio Montenegro Group se alzaba como un monumento en medio de la ciudad oscura. Sebastián Montenegro observaba la ciudad desde su oficina del último piso como si fuera un tablero de ajedrez.Todo le pertenecía. Todos lo respetaban. Todos le temían. Estaba de pie, con las manos apoyadas en el respaldo de su silla, el saco desabrochado y la mirada fija en el horizonte, pensando qué sería lo próximo que iba a adquirir para su colección de propiedades. La puerta se abrió sin que nadie anunciara la visita. Muy pocos se atrevían a hacer eso, podía contarlos con los dedos de una sola mano. Cuando escuchó el ruido de unos tacos europeos golpear lentamente su piso de mármol y supo quien era al instante. —Siempre tan dramático —dijo una voz femenina, conocida y venenosa—. Como si el mundo fuera a derrumbarse si dejás de mirarlo un segundo.Sebastián no se giró, pero la observó desde el reflejo del ventanal. Aunque en el vidrio era una figura borrosa, aún podía notar su hermosa figu
Valentina Cruz observó los rascacielos desde la pared de vidrio del ascensor que la llevó hasta el piso veintitrés del edificio corporativo donde trabajaba. Se aferró con fuerza a la bandeja de plata, haciendo equilibrio para que no se cayeran las tazas de café que su jefe le había pedido que preparara. “Un café con leche, un Mocha con crema, uno frío y uno amargo sin azúcar” Memorizó con amargura. No le pagaban para esto, se suponía que era la secretaria del CEO. Pero se había convertido en la esclava favorita de su jefe. —Permiso— Murmuró empujando la puerta con su cadera voluminosa. Solo tenía que entregar las tazas y escapar antes de que su jefe la humillara una vez más frente a sus socios. Estuvo a punto de lograrlo, cuando su voz desagradable tenzó su espalda. —Valentina, querida —dijo detrás de ella—. ¿No vas a sonreír para nuestros invitados?Se giró despacio y se encontró con los ojos de ese viejo recorriéndola con descaro. Odiaba tener que usar una falda ajustada por
Último capítulo