—Tifanny no es quien dice ser.
Valentina sintió que el mundo se inclinaba. Una punzada feroz le atravesó el pecho, directa al corazón. Su instinto maternal se activó como una alarma brutal, como si algo invisible estuviera intentando arrancarle a su hijo de los brazos. El aire le faltó. Las piernas le temblaron.
—¿Qué…? —apenas logró susurrar.
Antes de que pudiera reaccionar, Agustina apareció desde el salón principal, con una sonrisa profesional dibujada en el rostro.
—Valen, ya estamos por a